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EL PAÍS

El 74% cree que la UE beneficia a España


España, tan polarizada en muchos terrenos, expresa una valoración rotunda respecto a las ventajas que ofrece la Unión Europea. Un 74,4% de los votantes considera que la pertenencia al bloque comunitario ha resultado beneficiosa, según la pregunta directa formulada en la encuesta preelectoral que ha realizado para EL PAÍS la empresa 40dB. Aunque el grado de satisfacción varía en función de la ideología de los votantes, incluso el más bajo, el que se da entre los votantes de Ahora Repúblicas (Esquerra, Bildu y BNG), supera el 63%.

Los votantes del PP son los que expresan mayor adhesión a la idea de España como miembro de la UE. Un 88,7% de quienes eligen a este partido, que gobernaba España cuando entró en vigor el euro, en 2002, cree beneficiosos los efectos de integrar el club comunitario. Un porcentaje similar (87,9%) se da entre quienes apoyan al PSOE, el partido en el poder cuando España ingresó en la UE, en 1986. Ciudadanos, que desde su nacimiento ha exhibido credenciales europeístas, obtiene resultados similares. Un 86,5% de sus votantes defiende la pertenencia a la familia europea.

El 74% cree que la UE beneficia a España



Aunque el porcentaje es también mayoritario, los partidarios de Unidas Podemos muestran más diversidad. Un 69,8% respalda sin ambages el proyecto europeo, pero el 15% muestra dudas (el porcentaje más alto en esa casilla). Tanto Podemos, que obtuvo sus primeros representantes políticos en el Parlamento Europeo en 2014, como Izquierda Unida, que integra la coalición, han mostrado una visión crítica de la integración europea, especialmente a raíz de las crisis de los últimos años: la del euro y la migratoria. Hoy la lectura de que los sacrificios exigidos a los países del sur durante la Gran Recesión fueron excesivos es compartida por más fuerzas (también la socialdemocracia europea).

Paradójicamente, los votantes deVox, una fuerza escéptica con muchos aspectos de las políticas comunitarias, muestran mayor grado de aprobación: un 74,4% defiende la pertenencia española, porcentaje idéntico a la media. La formación, con poca tradición de discurso europeo, se ha esforzado en las últimas semanas por defender iniciativas como la política agraria común, pero dejando clara su oposición a ceder más competencias a Bruselas.

El 74% cree que la UE beneficia a España



El apoyo también es elevado (78,4%) entre los votantes de Junts, la candidatura que encabeza Carles Puigdemont. Más resistencia muestran los que eligen la papeleta de los partidos que conforman la candidatura Ahora Repúblicas. Un 23,3% de ellos señala que pertenecer a la UE no ha beneficiado a España. Otro 13,3% no sabe o no contesta. La experiencia del procés —ningún país o institución europeos ha avalado al movimiento independentista, aunque sí ha habido respaldo de algunos sectores en diferentes países europeos— puede haber condicionado estos resultados.
Más allá de la experiencia pasada, la encuesta pregunta a los votantes sobre el futuro. Aunque ningún partido plantea en España cambios respecto a la pertenencia al club comunitario, 40dB pregunta si el país debería seguir en el euro y en la UE. El 71% considera que habría que continuar con los dos proyectos, aunque un 13% aboga por abandonar la moneda única y continuar solo en el bloque europeo (no hay ningún país de la UE que haya salido de la moneda única).

Las tendencias son similares a las expresadas en la pregunta sobre la pertenencia, con los votantes del PP, del PSOE y de Ciudadanos como los más entusiastas. En las opciones de futuro, Unidas Podemos manifiesta las mayores dudas sobre el statu quo, aunque un 64,2% respalda continuar en Europa y con el euro como divisa.

Paraguas protector

El 74% cree que la UE beneficia a España



Menos contundente —aunque también mayoritaria— es la percepción de cuánto protege la UE frente a una crisis mundial. Con la reciente experiencia de la Gran Recesión, que desde 2008 afectó a buena parte del mundo y se agudizó en la zona euro a partir de 2012, los ciudadanos confían menos en el paraguas protector de la UE. Pese a todo, casi dos de cada tres encuestados consideran que pertenecer a esta organización protege mucho (18,2%) o bastante (45,9%) de las sacudidas mundiales. De nuevo, los más convencidos son los votantes del PP, Ciudadanos y PSOE y los más críticos, los que votan a Esquerra, a Unidas Podemos y a Puigdemont.

Los datos de esta encuesta corroboran que el sentimiento favorable a la UE es bastante transversal y que constituye uno de los escasos consensos que se dan en la política española. El apego a la UE se ha resentido menos que el de otros vecinos comunitarios con el paso de la crisis. Italia, un país menos golpeado, arroja respuestas más críticas. Uno de cada cuatro italianos rechazó la frase de que los europeos tienen más cosas en común de las que los separan en un Eurobarómetro divulgado el pasado abril.

Una aceptación superior a la media del club comunitario

El Eurobarómetro, la encuesta que realizan periódicamente las instituciones europeas para conocer el estado de ánimo de los ciudadanos sobre diversas cuestiones, también sondea la pertenencia de los Estados miembros al club comunitario. La última vez que se lanzó esta pregunta directa, hace un año, el 68% de los españoles la consideró positiva para el país. La media europea apuntaba a un 60%. En cambio, solo el 26% de los españoles (el 32% en la media) consideraba que las cosas iban “en la dirección correcta”.

El resultado difiere enormemente cuando las preguntas sobre la adhesión a la UE se formulan de modo distinto. Preguntados el pasado abril sobre si los europeos tenían más elementos en común de los que los separaban, un abrumador 80% dijo que lo que los unía era superior (en España, el 81%).

El enorme grado de adhesión que muestra España hacia la UE contrasta con la baja participación en las elecciones. Aunque la encuesta de 40dB solo cifra en el 3,9% de los entrevistados la intención de abstenerse, la experiencia indica que el porcentaje está infravalorado. En 2014 votó el 43,8% del censo en España. La coincidencia en esta ocasión con municipales y algunas autonómicas hace presagiar una mayor participación.



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EL PAÍS

La tensión sexual no resuelta (o sí) en ‘las películas de colegas’


Dos personas incompatibles que, por circunstancias de la vida, se ven obligadas a pasar tiempo juntas acabarán aprendiendo a tolerarse, a apreciarse y a hacerse mejores personas la una a la otra. Cuando son un hombre y una mujer se le llama comedia romántica. Cuando son dos hombres, buddy movie (película de colegas). Y todos son hijos de Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Unos jóvenes Matt Damon y Ben Affleck, recogiendo el Oscar al mejor guion por ‘El indomable Will Hunting’ (1997).


Unos jóvenes Matt Damon y Ben Affleck, recogiendo el Oscar al mejor guion por ‘El indomable Will Hunting’ (1997). Foto: Getty

La primera mitad del siglo XX, la de Laurel y Hardy o Dean Martin y Jerry Lewis, presentó las parejas masculinas como escapismo (ante la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial), pero los setenta les dieron por fin un propósito: dinamitar el sistema con una detonación controlada que saciase el ansia del público por ver el orden caer. La excusa para juntarlos era el movimiento social (Cowboy de medianoche), literal (Easy rider) o en huida hacia adelante (Dos hombres y un destino). Y entre el público masculino está mucho mejor visto emocionarse con una amistad entre dos tíos que con un romance entre un hombre y una mujer.

Con la buddy movie interracial, los ochenta reintegraron el subgénero en el sistema: trabajar juntos para mejorarlo, tal y como pedía amablemente el presidente Reagan, era una misión más importante que sus diferencias de clase (Entre pillos anda el juego), de metodología (Límite: 48 horas), de capacidades (No me chilles que no te veo) o de valores (Arma letal). Thelma y Louise consolidó una diversidad que ha acabado retrasando tres décadas la existencia de una buddy movie con Leonardo DiCaprio y Brad Pitt (en la reciente Érase una vez en… Hollywod, de Quentin Tarantino).

Robert Redford y Paul Newman, en plan elegantes forajidos de leyenda en ‘Dos hombres y un destino’ (1969).


Robert Redford y Paul Newman, en plan elegantes forajidos de leyenda en ‘Dos hombres y un destino’ (1969).

Porque ellos llegaron a un Hollywood donde si dos protagonistas blancos, de sexo masculino y de la misma edad compartían póster, el público asumiría que eran idiotas (Dos tontos muy tontos, Wayne’s world, Beavis & Butthead), dibujos animados (Toy story, Shrek, Monstruos S.A.) o enamorados sin saberlo (Le llaman Bodhi, Entrevista con el vampiro, Matt Damon y Ben Affleck recogiendo su Oscar). Porque la buddy movie de los noventa requería sensibilidad (Cadena perpetua), diferencias reconciliables (Hombres de negro), mentoría (Seven), choque cultural (Hora punta) y diversidad racial (todas las anteriores).

Y justo cuando la comedia romántica tradicional pasó de moda con el cambio de siglo, surgieron las comedias brománticas (bromance: dícese del amor no romántico entre dos hombres). En Te quiero, tío, Paul Rudd está a punto de casarse, pero de quien se queda prendado, con quien construye un espacio donde pasar tiempo juntos y discute, se separa y finalmente se reconcilia es con Jason Segel, su mejor amigo.

Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en una fiesta de 1995. Tarantino los ha juntado 24 años después.


Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en una fiesta de 1995. Tarantino los ha juntado 24 años después. Foto: Getty

La comedia bromántica derriba tabúes sociales sobre la intimidad entre hombres y sus protagonistas tienen menos reparos a pedir perdón, aprender lecciones, madurar y poner su felicidad en manos de otro si ese otro es su colega, porque no sentirán que su vulnerabilidad les está castrando. Si Superfumados estuviese protagonizada por un chico y una chica, el 100% de sus espectadores asumiría desde la primera escena que acabarían juntos.

Porque los buddies están hechos el uno para el otro. La tensión sexual no resuelta, que Santiago Segura resumió mejor que nadie en Torrente, el brazo tonto de la ley en esa escena con Javier Cámara (“¿Nos hacemos unas pajillas?”, “sin mariconadas ¿eh?”), ha cancaneado en la buddy movie desde que Laurel y Hardy hacían la cucharita para dormir. Y eso lo sabe Quentin Tarantino, uno de los primeros en proponer que Top gun es, en realidad, una historia de amor no asimilado entre Tom Cruise y Val Kilmer.

Érase una vez en… Hollywood es también la primera buddy movie de Tarantino con dos blancos (tras Pulp Fiction y Django desencadenado) y ha tenido que ambientarla en la última década donde esa combinación no levantó cejas, los setenta, con un tipo que literalmente se juega la vida por su mejor amigo. La estrella de cine de tercera Rock Dalton (DiCaprio) y su doble en las escenas de acción, Cliff Booth (Pitt), escribirán una nueva página, atestada de diálogos chispeantes, en un subgénero que no pasará de moda mientras siga existiendo una crispación social que conciliar.

La última ganadora del Oscar, Green book, conectaba a los dos polos más opuestos posibles: un artista negro homosexual y un obrero blanco heterosexual. Quizá la única forma de revitalizar el género sea poner a dos tíos que están tan de acuerdo en todo que no se soportan. Claro que para eso ya está la vida real.

Jim Carrey y Jeff Daniels, ‘Dos tontos muy tontos’ (1994) por la gracia de los hermanos Farrelly.


Jim Carrey y Jeff Daniels, ‘Dos tontos muy tontos’ (1994) por la gracia de los hermanos Farrelly.

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EL PAÍS

El estratega Kárpov (XXV)




Un peón en h6, en lugar de en h7, es suficiente para que el excampeón monte un ataque demoledor



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EL PAÍS

Peor que malos: son maletas



Todo lo que podía salir mal salió peor. Hace un mes volví a México luego de pasar varios meses fuera por cuestiones profesionales. Volé con una reputada aerolínea, que forma parte de una no menos reputada alianza internacional. El viaje fue un desastre. El primer vuelo de mi trayecto se demoró cuarenta minutos, que eran cruciales para hacer una escala. Así que, ante la falta de alternativas, mi viaje se aplazó, de golpe, 24 horas. Allí estuvo el problema. Mi maleta, que fue documentada en el mostrador y bajó por la consabida banda de equipaje antes de que el personal de tierra se diera cuenta del retraso, desapareció del mapa.

Ya que saldríamos con 24 horas de retraso, me mandaron a reclamar a la oficina de equipaje extraviado del aeropuerto, puesto que, me dijeron, la línea ya no tenía acceso a la maleta. Tuve que formarme una hora y llenar un formulario descriptivo (pese a que llevaba conmigo la contraseña con las claves de etiquetado). Se me aseguró que esa misma tarde recibiría el equipaje en la dirección temporal en que me alojaría. Ya lo adivina usted: eso no llegó a suceder. Solo recibí un correo en que se me indicaba que, ya que la maleta no podría ser entregada a tiempo, sería remitida a mi dirección en México y entregada en la puerta de mi casa.

La maleta llegó al final, sí: un mes después. Y no a casa, sino al aeropuerto de mi ciudad. Un empleado de una aerolínea aliada con la mía tuvo la gentileza de enviar un correo para informarme que un equipaje con mi código había llegado a su bodega y que, si quería, pasara a ver. Lo llamé por teléfono. “¿No se suponía que entregarían la maleta en mi puerta?”, reclamé. “No tengo esa orden, amigazo”, respondió el hombre. ¿Qué sucedió durante ese mes de zozobras? Pues que sostuve una estrecha y asfixiante relación epistolar con la aerolínea, una sucesión de mensajes de queja que ellos respondían con amabilidad… y mentiras. Tres veces, durante ese periodo, me anunciaron que antes de 24 horas la maleta sería entregada. Y tres veces fallaron. Pedí cartearme con un supervisor. “Tienen que pasar 21 días para que pueda reportar el equipaje como perdido en la web de la empresa”, me comunicaron. A los 21 días reporté. Tuve que explicar de nuevo, punto por punto, el caso. “Le responderemos antes de 15 días hábiles”, replicó un mensaje automático. Era tanto tiempo que la maleta llegó antes de que el plazo se cumpliera. La pobre maleta. Ahí estaba, sí, en el aeropuerto de mi ciudad, al fondo de un estante en la oficina del hombre que me escribió. Sus cierres estaban rotos y había sido parchada con cinta canela para que las cosas no se le salieran. En su interior faltaban, desde luego, varias pertenencias. “A veces nos han dicho que la aduana desaparece objetos”, susurró el empleado de la compañía aliada de la mía como si me hiciera una gran revelación…

En 2018 se extraviaron en el mundo 24,8 millones de maletas. Europa, donde se perdió originalmente la mía, carga con el récord negativo: poco más de 7 de cada 1.000 piezas de equipaje no llegan a su destino, mucho más que las 2,85 que se pierden en América del Norte (suena a poco pero si pensamos en los millones de pasajeros diarios de la región, tenemos miles de afectados cada jornada). No, mi caso no es extraordinario. La aviación es un negocio que deja damnificados continuos por retrasos, sobreventas, malos tratos, por negligencia, pérdidas y robos. Un negocio que calcina el medio ambiente (la huella de carbono de cada vuelo es tremenda), nos cuesta carísimo y nos trata pésimamente. Mientras yo pasaba por este calvario, un colega periodista, el argentino Diego Fonseca, desataba una campaña en redes sociales para denunciar el extravío del equipaje de sus padres en un vuelo hacia Barcelona y la pésima gestión de la aerolínea que lo perdió. Se produjeron cientos de tuits y respuestas. Varios medios del mundo publicaron notas al respecto. ¿Y qué pasó? Nada. Que a Fonseca le fue peor que a mí. La maleta de sus padres nunca apareció, ni siquiera parchada y saqueada como la mía. Ambos andamos, ahora, perdiendo el tiempo con la esperanza de indemnizaciones que muy probablemente no lleguen a concretarse.

¿Cuál es la moraleja de la historia? Una muy sencilla. Que las aerolíneas nos toman el pelo. Y que, también en la manera en que viajamos, queda claro que el modelo económico en que vivimos es sádico, ineficaz e insostenible.

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