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EL PAÍS

El PSOE pide a CS negociar la presidencia de la Comunidad y reclama que se vote la investidura de Gabilondo



Ángel Gabilondo, candidato del PSOE a la presidencia de la Comunidad de Madrid y ganador de las elecciones, ha enviado una carta a Ignacio Aguado, su homólogo en Ciudadanos, convocándole a una reunión para negociar la formación de un gobierno en la región. Los socialistas responden así a la crisis abierta por las exigencias de Vox, que dificultan el acuerdo de derechas entre este partido, el PP y CS. Esa es la principal conclusión de la reunión que han mantenido este jueves Gabilondo e Íñigo Errejón, de Más Madrid, tras escuchar ayer que Aguado tendía la mano a las fuerzas que quieren un gobierno de progreso.

“Ganamos las elecciones”, ha recordado Gabilondo. “Seguimos creyendo que Madrid necesita un cambio tras 24 años de políticas conservadoras”, ha seguido. “Por tanto, seguimos buscando alianzas para cambiar”, ha añadido. “No vemos, según la información que tenemos, ninguna propuesta que tenga garantizada una mayoría suficiente para echarse a andar”, ha recordado sobre las dificultades que están encontrando PP, CS y Vox para alcanzar un acuerdo. “Ciudadanos debe sentarse a hablar con la fuerza que ha ganado las elecciones”. Y ha subrayado: “Me propongo como candidato a la presidencia”.

“Frente a esta situación de bloqueo hacía falta dar pasos adelante. Hoy damos el primer paso para el desbloqueo, ofrecemos una salida”, ha continuado Errejón, que ha consensuado un documento programático de base para un posible Gobierno. “Hemos acordado presentar una propuesta de gobierno alternativa al proceso de investidura, encabezada por el señor Gabilondo”, ha seguido. “Queremos avanzar en un acuerdo que sea suficiente (al sumar a Ciudadanos)”, ha añadido, sin mencionar en ningún momento a Podemos (7 diputados) como parte de esa mayoría alternativa.

La suma de PSOE, Más Madrid y Podemos resultaría en 64 votos favorables a la investidura de Gabilondo. Frente al bloque de izquierdas, el PP y Cs solo llegan a 56 votos sin el apoyo de Vox, que con sus 12 diputados tendría la llave para la mayoría absoluta (67). Como el partido de Rocío Monasterio se ha descolgado exigiendo que un hipotético programa de gobierno de las derechas recoja propuestas radicales en emigración y derechos LGTBI, Gabilondo y Errejón intentan abrir la puerta a que Aguado se abstenga y permita un gobierno de izquierdas.

No obstante, el líder de Ciudadanos siempre ha sido taxativo en su veto al del PSOE. De hecho, Aguado no entiende las presiones de Vox como una excusa para negociar con la izquierda, si no como un argumento para convencer al PSOE y a Más Madrid de que se abstengan y permitan un gobierno de coalición de PP y CS, evitando así que la formación de extrema derecha sea decisiva.

Juan Trinidad, el presidente de la Asamblea, ha convocado una ronda de contacto con los líderes de la Asamblea, a celebrarse el lunes 1 y el martes 2 de julio. Esas citas deben resultar en la selección de un candidato para la investidura, que se votaría el 11 de julio como tarde. Gabilondo quiere presentarse. Díaz Ayuso, también. Ahora mismo, ninguno tiene los votos suficientes, y Trinidad tiene la opción de convocar un pleno sin aspirante para que empiece a contar el plazo de dos meses tras el que será obligatorio convocar elecciones si no hay presidente.

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EL PAÍS

La incertidumbre, única seguridad



A principios de julio, superado el ciclo electoral y en tiempo de negociación de gobiernos, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sancionaba en uno de sus estudios que la clase política española se consolidaba como el segundo problema de la ciudadanía patria, por detrás del paro y por delante de la corrupción. El estudio del CIS revalidaba lo que barómetros precedentes venían anunciando desde meses antes. En diciembre de 2018, el 31,1 por cien de los encuestados ya ponía en la diana a los políticos; decimales arriba o abajo, la tónica sociológica se ha robustecido desde entonces, alimentada por el dúo Pimpinela en que han devenido Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, reforzados ambos en las bandas por sus respectivos corifeos.

Este lunes se abre en el Congreso de los Diputados el Debate de Investidura con el discurso de Sánchez como candidato presidencial. Si alguien, respetado lector, le dice saber qué va a suceder, tenga por seguro que o le miente o va de farol. La escalada de declaraciones incendiarias protagonizadas por dirigentes del PSOE y de Unidas Podemos en las fechas previas al debate han hecho de la incertidumbre la única seguridad.

A Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se la trufan los datos del CIS, la opinión de los ciudadanos y el hartazgo que se palpa en el ambiente. Y si ellos no lo palpan, mejor que se dediquen a otro negocio antes de que una turba de chalecos amarillos, emulando a los vecinos franceses, empiece a tomar forma en las calles y plazas del país azuzada por la inestabilidad y el bloqueo político, y con las llagas de la larga crisis económica todavía supurando en millones de hogares.

La primera votación del debate de investidura se celebrará el martes, 23 de julio. Si Sánchez no logra la mayoría absoluta -176 votos a favor-, se convocará una segunda votación para el día 25 en la que el aspirante presidencial solo precisará obtener más síes que noes. En caso de que tampoco se alcance tal objetivo, se abrirá un plazo de 60 días para pactar la investidura, periodo que expirará el 23 de septiembre. Si, para ese momento, no se ha alcanzado ningún acuerdo, se procederá a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de una nueva cita electoral que tendría lugar el 10 de noviembre, domingo. Esos son los vencimientos y fechas claves.

Pendientes de ese calendario permanecen asuntos, menores, al parecer, en la deferencia de nuestros representantes, como las reformas de los sistemas de pensiones, fiscal, educativo y energético, la reforma de la ley electoral o un nuevo modelo de financiación autonómica que saque a la Comunidad Valenciana de la pobreza sistémica en que se hayan sus arcas públicas.

Hasta el pasado viernes, desde el hastío más infinito, pensaba que íbamos a una nueva convocatoria electoral, en contra de lo que había venido manteniendo públicamente durante las primeras semanas de tanteos entre PSOE y Unidas Podemos. Confiada que es una. Pedro no quiere a Pablo sentado en la mesa del Consejo de Ministros; Pablo aspiraba, por encima de todo, a ello. La partida estaba en tablas hasta que hace 48 horas Iglesias renunciaba a su máximo anhelo. Solo cabe esperar que en las horas que restan hasta las votaciones el otro macho alfa, Sánchez, mueva ficha en la dirección que se espera. Una salvedad: aprecio en el dirigente socialista una mayor ductilidad que en su partenaire. También pienso que Sánchez ha desaprovechado el momento complejo que vivimos para proponer un gobierno de emergencia nacional consagrado a las reformas ya citadas y sujeto al compromiso de convocar nuevas elecciones a la mayor brevedad, cuando las circunstancias -reformas en marcha y asunto catalán encauzado- lo hubiesen permitido.

Por si acaso, los partidos valencianos ya están tomando posiciones ante la posibilidad de volver a concursar electoralmente. Los más adelantados, los de Compromís. Si el día 10 de noviembre hay que volver a votar, barajan la posibilidad de que el exeurodiputado Jordi Sebastià releve a Joan Baldoví al frente de la lista por Valencia. Efectos colaterales.



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EL PAÍS

13 películas que has visto pero no sabías que cambiaron el final (a pesar de la negativa de directores y actores)


Orson Scott Card, el autor de El juego de Ender, decía que lo contrario a un final feliz no es un final triste sino un final insatisfactorio. En Hollywood saben que en la escena final de una película el espectador decide si recomendarla o no el lunes en la oficina. Cinema Paradiso, El sexto sentido o Bohemian rhapsody fueron fenómenos sociales gracias a sus últimos minutos. Por eso, antes del estreno de una película, se proyecta ante un público seleccionado que al salir rellenará una encuesta. Y siempre se tienen en cuenta sus opiniones, con ilustres excepciones como cuando tras el pase de prueba de El mago de Oz todos los asistentes coincidieron en que Somewhere over the rainbow era aburrida y ralentizaba la trama.

Estas 13 películas provocaron estrés entre los productores, furia entre los directores y frustración entre los actores cuando se decidió, a escasas semanas del estreno, rodar un final radicalmente distinto. ¿Fueron estos cambios a mejor o a peor? En algunos casos, se puede comprobar porque el final alternativo está disponible.

– ‘Atracción fatal’ (Adrian Lyne, 1987)

El final que conocemos. Alex (Glenn Close), la amante despechada, se cuela en la casa de Dan (Michael Douglas), el marido infiel, con un cuchillo de cocina. Él la ahoga en la bañera, pero queda un último susto: la maniaca salta de la bañera ansiosa por rajar caras y al final tiene que ser la mujer engañada (Anne Archer) la que arregle el desaguisado de su marido rematando a la amante de un disparo. Fueron felices, se supone, y comieron perdices, pero a ver cómo remontan ese matrimonio.

¿Cómo acababa originalmente? Alex (Glenn Close) se suicidaba abriéndose el cuello con un cuchillo, no sin antes enviar una cinta a la policía en la que incriminaba de asesinato a su examante, Dan (Michael Douglas), que acababa en la cárcel.

¿Por qué lo cambiaron? En los seis pases de prueba distintos, el público consideró el suicidio un desenlace demasiado compasivo para Alex. Nadie la entendió como una enferma mental, humillada por las manipulaciones de un hombre sin escrúpulos sino como la enésima loca y, por lo tanto, “querían que esa zorra fuese exterminada”, según recuerda el productor que dijo el público al que se proyectó la película antes del estreno. Glenn Close luchó sin éxito por mantener el desenlace original y tanto ella como Anne Archer lloraron tras rodar el nuevo final. “En las tragedias griegas, después del caos, el orden solo puede restablecerse mediante un derramamiento de sangre. Fue catártico para el público”, recuerda hoy Close.

El personaje de Glen Close se suicidaba en la versión primigenia de 'Atracción fatal'. Pero se cambió, a pesar de que la actriz luchó contra los productores para que mantuviesen la idea original.


El personaje de Glen Close se suicidaba en la versión primigenia de ‘Atracción fatal’. Pero se cambió, a pesar de que la actriz luchó contra los productores para que mantuviesen la idea original.

– ‘Cadena perpetua’ (Frank Darabont, 1994)

El final que conocemos. Red (Morgan Freeman) viola su libertad condicional (porque a quién le va a importar la huida de un viejo que ya ha pagado su deuda) para reunirse con su amigo Andy (Tim Robbins) en la playa de Zihuatanejo, México.

¿Cómo acababa originalmente? En la penúltima escena, con Red (Morgan Freeman) montado en un autobús describiéndose en la narración como “un hombre al principio de un largo viaje cuyo destino es incierto”. La voz en off despedía la película con un final abierto: “Espero poder cruzar la frontera, espero ver a mi amigo y estrechar su mano, espero que el Pacífico sea tan azul como en mis sueños, espero…”.

¿Por qué lo cambiaron? La productora Liz Glozer convenció al director de rodar un final feliz que confirmase que Red (Morgan Freeman) efectivamente conseguía reencontrarse con su compañero. Y lo hizo con una frase que Darabont no pudo rebatir: “Los espectadores ya han sufrido bastante: se merecen este final”.

– ‘Acorralado’ (Ted Kotcheff, 1982)

El final que conocemos. Tras ser asediado por la policía durante horas, el veterano de Vietnam John Rambo (Sylvester Stallone) se refugia en una tienda y acaba derrumbándose y siendo arrestado entre lágrimas.

¿Cómo acababa originalmente? Con un suicidio. Rambo le pedía al coronel Trautman (Richard Crenna) que le matase y, ante su negativa, empuñaba la pistola contra su estómago y la disparaba. Acorralado era una denuncia de cómo la sociedad americana abandonó a sus soldados traumatizados por la guerra y muchos de ellos acabaron suicidándose.

¿Por qué lo cambiaron? El director y Sylvester Stallone se dieron cuenta de que a lo largo de la película ya queda clara esa denuncia. “Rambo ya ha sufrido bastante: la policía abusa de él, atraviesa aguas heladas, le disparan en un brazo y tiene que curarse él solo. ¿Y además íbamos a matarlo?”, recuerda Stallone. Gracias a este cambio de última hora este año veremos una última aventura, Rambo V, con Oscar Jaenada y Paz Vega.

Este final de ‘Acorralado’ que no se vio.

– ‘Clerks’ (Kevin Smith, 1994)

El final que conocemos. Dante (Brian O’Halloran), el cajero de un ultramarinos que “ni siquiera tenía que venir a trabajar” aquel día, decide intentar hacer algo productivo con su vida empezando por disculparse con las dos chicas a las que ha faltado al respeto durante la película. Cierra la tienda. Fundido a negro.

¿Cómo acababa originalmente? Tras el cierre, un tipo entraba en el local, disparaba a Dante y vaciaba la caja registradora. Este final evocaba la teoría del propio Dante de que El imperio contraataca es la mejor película de Star Wars porque “los finales de bajón son mejores”.

¿Por qué lo cambiaron? El director reconoció que no tenía ni idea de cómo terminarla, así que se inspiró en la estructura de Haz lo que debas, de Spike Lee: un día corriente que termina en tragedia. John Pierson, el mentor de Kevin Smith (director de Clerks), le sugirió que solo porque fuese una película indie no tenía por qué acabar con un final siniestro.

‘Clerks’ fue concebida con este final.

– ‘Casablanca’ (Michael Curtiz, 1942)

El final que conocemos. Rick (Humphrey Bogart) sacrifica la gran historia de amor de su vida y convence a Ilsa (Ingrid Bergman) de que se suba a ese avión, porque si no se arrepentirá (“quizá hoy no, tampoco mañana, pero sí pronto y para el resto de tu vida”) de quedarse con él en Casablanca.

¿Cómo acababa originalmente? No tenía final. A diferencia de la mayoría de películas, esta se rodó en orden cronológico porque los guionistas iban escribiéndola sobre la marcha. Hoy Casablanca se usa como ejemplo de cómo construir un guion perfecto, pero lo cierto es que en ningún momento los guionistas lo escribieron sabiendo si Ilsa y Rick acabarían juntos o no al final.

¿Por qué lo cambiaron? La despedida final quedó tan agridulce (“siempre nos quedará París”) que una vez terminada la película se añadió en el doblaje la icónica frase de “Louis, creo que este es el principio de una hermosa amistad” para culminar con cierta sorna optimista y mirando hacia el futuro. La frase alternativa que barajaron los guionistas, expertos ya en improvisar diálogos para la posteridad, fue “Louis, debí saber que mezclarías tu condición de patriota con la de ladrón”. Casi es igual de buena.

– ‘Seven’ (David Fincher, 1995)

El final que conocemos. El asesino en serie John Doe (Kevin Spacey) cita a los detectives Mills (Brad Pitt) y Somerset (Morgan Freeman) en un campo para culminar su opus macabro con los dos pecados capitales que el faltan: la envidia (ha matado a la esposa de Mills y ha metido su cabeza en una caja) y la ira (Mills dispara a Doe cuando descubre lo que hay en la caja).

¿Cómo acababa originalmente? Este es el caso inverso: la cabeza en la caja era el final original, pero el estudio trató de cambiarlo por todos los medios. Sugirieron que la cabeza fuese la del perro de Mills, que este salvase a su esposa (Gwyneth Paltrow) en el último momento y se enzarzase en una persecución callejera o que detuviese al asesino en una iglesia, por aquello de hacer metáforas cristianas que entendiese todo el mundo.

¿Por qué (no) lo cambiaron? Brad Pitt, harto de que Hollywood le vacilase, le exigió a su abogado que incluyese una cláusula en su contrato para proteger el final: “Diles que la cabeza se queda en la puta caja”. El director, David Fincher, recuerda que en el primer pase el público, al que habían prometido “un thriller con Brad Pitt (Leyendas de pasión) y Morgan Freeman (Paseando a Miss Daisy)”, la gente salió de la proyección “sintiendo que les habían violado en grupo”. Uno de los espectadores escribió en su opinión que “la gente que ha hecho esta película debería ser ejecutada”. Ese final traumatizó a toda una generación, que sigue recordando Seven 24 años después a diferencia del resto de thrillers genéricos de la época.

Brad Pitt, Kevin Spacey y Morgan Friedman en 'Seven'.


Brad Pitt, Kevin Spacey y Morgan Friedman en ‘Seven’.

– ‘Soy leyenda’ (Francis Lawrence, 2007)

El final que conocemos. Acorralado por los zombis, Robert Neville (Will Smith) le da la cura para el virus a Anna (Alice Braga) y a continuación detona una granada para fulminar a las criaturas y permitir que Anna escape. Neville muere en la explosión y es recordado como una leyenda que salvó a la humanidad.

¿Cómo acababa originalmente? Neville (Will Smith) se daba cuenta de que los zombis tenían sentimientos y que de hecho él había sido su “hombre del saco” durante toda la película, así que le entregaba el antídoto al líder de los zombis y se iba a un campamento de supervivientes junto a Anna y el hijo de esta. En este caso, Neville resulta ser una “leyenda” porque ejercía como el monstruo para la sociedad de zombis, que vivían aterrorizados por él.

¿Por qué lo cambiaron? Porque el estudio prefirió que Will Smith quedase como un héroe que sacrificaba su vida a que se convirtiese en el villano de los zombis. Este final heroico, sin embargo, cambia radicalmente la existencia de los zombis y hace incomprensibles varios momentos de la película en los que se percibe que las criaturas eran sensibles, organizados e inteligentes.

El final de ‘Yo soy leyenda’ se cambió.

– ‘El resplandor’ (Stanley Kubrick, 1980)

El final que conocemos. Tras la huida de su mujer y su hijo, el asesino enajenado Jack (Jack Nicholson) se congela de frío, presumiblemente hasta la muerte, mientras la cámara se adentra por última vez en el hotel Overlook para mostrarnos una perturbadora fotografía de una fiesta de 1921 en la que Jack fue uno de los invitados.

¿Cómo acababa originalmente? Entre el plano de la nieve y el de la foto enmarcada había una escena de la familia de Jack, Wendy (Shelley Duvall) y Danny (Danny Lloyd), explicándole a la policía en un hospital lo sucedido. El gerente del hotel aparecía para negar su versión sobrenatural de los hechos, pero le daba al chaval la pelota amarilla que le había atraído hacia la infame habitación 237.

¿Por qué lo cambiaron? Este es un caso tan extremo como la propia película: Stanley Kubrick, el director, eliminó la escena del hospital con la película ya estrenada. “Cuando vi las reacciones del público, exaltados durante el clímax, me di cuenta de que esa escena era innecesaria y superflua”, explicó. La solución fue enviar a sus asistentes a cada cine donde se proyectaba, coger el rollo de película, cortar los fotogramas de la escena y volver a ponerlo en el proyector. Todas las copias de esa escena fueron destruidas, pero los personajes de “Policía” y “Enfermera” siguen apareciendo en los créditos finales.

Lo mires por donde lo mires, Jack Nicholson siempre da miedo en 'El resplandor'.


Lo mires por donde lo mires, Jack Nicholson siempre da miedo en ‘El resplandor’.

– ‘El efecto mariposa’ (Eric Bress y John Mackye Gruber, 2004)

El final que conocemos. Evan (Ashton Kutcher), un chaval capaz de viajar en el tiempo, se da cuenta de que cada vez que intenta cambiar algo del pasado acaba arruinando la vida de algún ser querido. Así que decide proteger a su novia viajando al instante en el que se conocieron y rechazándola. Pero en esta nueva línea temporal, Evan conoce a la chica igualmente como adultos y la invita a un café, sugiriendo que estaban destinados a enamorarse o que los seres humanos somos unos testarudos y preferimos enamorarnos aunque nos vaya a traer la ruina.

¿Cómo acababa originalmente? Evan se daba cuenta de que no había solución posible y que él era el culpable de todos los males de las personas que le rodeaban, así que viajaba en el tiempo al útero de su madre y se suicidaba asfixiándose con el cordón umbilical.

¿Por qué lo cambiaron? Porque era una película concebida para convertir a Ashton Kutcher en una estrella y, para ello, necesitaba atraer al público joven con un final feliz. Funcionó: la película se convirtió en un improbable fenómeno de culto entre los adolescentes.

‘El efecto mariposa’ y su final alternativo.

– ‘Rocky’ (Roger G. Avildsen, 1976)

El final que todos conocemos. Rocky Balboa (Sylvester Stallone) pierde el combate contra Apollo Creed, pero se lo pone tan difícil que el público le celebra como a un ganador moral. La cara ensangrentada de Stallone gritando el nombre de su chica (“¡Adrian!”) aparece en todas las listas de los finales más conmovedores de la historia del cine.

¿Cómo acababa originalmente? Cero épica. Puro realismo. Rocky aceptaba un soborno para dejarse ganar por Creed y le daba el dinero a Adrian para que abriese una tienda de mascotas. En realidad, este desenlace estaba mucho más en sintonía con el resto de la película, una fábula social sobre lo mal que lo tiene la clase obrera para llegar a algo en la vida.

¿Por qué lo cambiaron? Porque tras la crisis de valores que sufrió Estados Unidos con el Watergate, la guerra de Vietnam y la crisis del petróleo la nación necesitaba un cuento de hadas sobre la superación, la resistencia y la dignidad de no tirar la toalla bajo ningún concepto. Y así es como pasó Rocky a la historia.

– ‘El crepúsculo de los dioses’ (Billy Wilder, 1950)

El final que todos conocemos. En este caso, el principio: el cadáver de Joe Gillis (William Holden) yace flotando en la piscina de una mansión mientras él mismo narra lo sucedido, “siempre había querido tener una piscina”, y comienza a contar la historia de cómo ha llegado hasta ahí.

¿Cómo empezaba originalmente? Con el cadáver de Gillis, en la morgue, contándole sus aventuras al resto de muertos.

¿Por qué lo cambiaron? Porque el público de los pases de prueba se reía tan histéricamente con este arranque que se pasaba el resto de la película confundido: ¿era un drama o una comedia? Billy Wilder, el director, abochornado, abandonó la sala y se cruzó con una espectadora que salía a mitad de la película. “No he visto un montón de mierda peor en toda mi vida”, se quejó la señora. El director rodó un nuevo comienzo, sarcástico pero dramático, que sí sentaba las bases del estado de ánimo del resto de la película. El recurso de un narrador muerto fascinó a crítica y público y ha sido homenajeado en películas como American beauty.

– ‘Terminator 2’ (James Cameron, 1991)

El final que todos conocemos. Tras la autoinmolación del T-800, Sarah Connor (Linda Hamilton) y su hijo John (Edward Furlong) conducen hacia el horizonte con esperanza en el futuro, pero incertidumbre. “Porque si una máquina, un terminator, puede aprender el valor de la vida humana quizá nosotros también podamos”.

¿Cómo acababa originalmente? Con una escena ambientada en 2029 en la que una anciana Sarah Connor observaba a su hijo y a su nieto, en el mismo parque donde había presenciado una profecía del holocausto al principio de la película, y nos explicaba que al final John Connor había conseguido mejorar el mundo de la forma menos violenta posible: metiéndose en política y ejerciendo como senador de los Estados Unidos.

¿Por qué lo cambiaron? Porque el maquillaje de la anciana no resultaba creíble, porque presentaba un futuro demasiado bucólico (según James Cameron, el director, las máquinas no dejarían de existir incluso aunque perdieran la guerra) y porque el tono sentimental de un parque infantil rompía con el espíritu fatalista, industrial y arrebatado del resto de la película. Gracias al final abierto, este año veremos el regreso de Linda Hamilton como Sarah Connor en Terminator: Destino oscuro.

‘Terminator 2’: otra película que se cambió para adaptarla a los gustos de la mayoría.

– ‘Pretty woman’ (Garry Marshall, 1990)

El final que conocemos. El caballero/tiburón de los negocios (Richard Gere) aparece en un caballo/limusina blanca para rescatar a la princesa/prostituta (Julia Roberts) de su torre/apartamento compartido. “¿Y qué ocurre después de que el caballero salve a la princesa?”, le pregunta. “Que ella le salva a él”, responde ella.

¿Cómo acababa originalmente? El acuerdo al que llegaban Edward (Richard Gere) y Vivian (Julia Roberts) es que ella debía pasar una semana sin drogarse. Cuando Vivian recaía, él la tiraba de la limusina en marcha y le arrojaba el dinero a la cara. Así que ella se iba a Disneylandia para fundirse la pasta con su compañera de esquina, Kit de Luca (Laura San Giacomo). En aquel momento, la película se titulaba 3000$, la cantidad que él le paga por sus servicios.

¿Por qué lo cambiaron? A Disney, distribuidora de la película, no le hizo ninguna gracia la idea de acabar con dos prostitutas entrando en su parque temático. El director reescribió el guion entero para convertir un drama social “espeluznante” (según describió Roberts) en un cuento de hadas sobre el capitalismo que acabaría convirtiéndose en la comedia romántica más famosa del planeta. Ese sí que es un final feliz. Sobre todo para los inversores de Disney.

'Pretty woman' no tenía el final tan feliz que todos conocemos.


‘Pretty woman’ no tenía el final tan feliz que todos conocemos.

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EL PAÍS

Trump, la raza y la caja de los truenos



El bulo nació prácticamente el mismo día que su carrera a la Casa Blanca. Barack Obama no habría nacido en Hawái, según decía su biografía y su pasaporte, sino en Kenia, así que no era estadounidense ni podía ser presidente. Las teorías conspirativas sobre el que iba a ser el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos datan desde al menos 2008, alentadas por el grupo ultraconservador Tea Party, pero en 2011 llegaron a un nivel tan irrespirable —cada vez más gente respondía en las encuestas que era natural de otro país— que se sintió obligado a mostrar su partida de nacimiento: Barack Hussein Obama nació el 4 de agosto de 1961 en Honolulu. A la cabeza de aquella campaña estaba de un famoso empresario de Nueva York que barajaba entrar en política: Donald Trump.

La carrera política del republicano se halla íntimamente ligada a las polémicas raciales y racistas desde su génesis. Presentó su candidatura en 2015 agitando las tensiones migratorias, vinculando extranjeros sin papeles con crimen, y a lo largo de la presidencia los incendios han ido brotando de forma intermitente. El domingo pasado, en su cuenta de Twitter, cruzó una especie de nueva línea roja al invitar a cuatro congresistas estadounidenses de minorías étnicas a “volver” a sus países.

“Qué interesante ver a las congresistas demócratas ‘progresistas’, que proceden de países cuyos Gobiernos son una completa y total catástrofe, y los peores, los más corruptos e ineptos del mundo (ni siquiera funcionan), decir en voz alta y con desprecio al pueblo de Estados Unidos, la nación más grande y poderosa sobre la Tierra, cómo llevar el Gobierno”, publicó en su cuenta de Twitter. “¿Por qué no vuelven y les ayudan a arreglar esos lugares, que están totalmente rotos e infestados de crímenes? Entonces que vuelvan aquí y nos digan cómo se hace”, remató.

Las aludidas eran Alexandria Ocasio-Cortez, neoyorquina de cuna, de origen puertorriqueño; la afroamericana Ayanna Pressley, nacida en Cincinatti y criada en Chicago; Rashida Tlaib, natural de Detroit de padres palestinos; e Ihlan Omar, que llegó a EE UU de niña procedente de Somalia y se naturalizó estadounidense en la adolescencia.

Este es un país hecho de inmigrantes, el 13% de los actuales legisladores es hijo de uno, el 5% ha nacido en otro país y ampliando el foco a dos o tres generaciones atrás se vería la historia de los descendientes de millones de italianos, irlandeses, alemanes o cubanos que vinieron a este trozo de América buscando una vida mejor. Sin embargo, la convivencia entre razas sigue bajo tensión: seis de cada 10 estadounidenses creen que la relación no es buena, según un estudio de Pew Research del pasado abril, y casi la misma proporción cree que el presidente ha empeorado la situación.

Pero esa percepción sobre Trump se encuentra tremendamente polarizada entre demócratas y republicanos. Según una encuesta de Ipsos/USA Today de esta misma semana, el 57% de los republicanos está de acuerdo con los mensajes que el mandatario publicó la semana pasada. El miércoles, en su primer mitin tras la polémica, el público se lanzó a corear: “Envíala de vuelta, envíala de vuelta”, es referencia a Omar. Musulmana, muy crítica con Israel y la política exterior de EE UU, es carne de cañón para los conservadores y la más atacada por Trump. La imagen de todo un público —por las imágenes, mayoritariamente blanco— pidiendo su expulsión resultó lo bastante perturbadora como para que el republicano, que esa noche calló, se desmarcara de los gritos al día siguiente. Trump apela, como en 2016, al estadounidense que se siente agraviado respecto a la llegada de la inmigración, menos predominante en una demografía cada vez más diversa. Trump juega con cerillas en un clima de especial polarización política.

Muchos analistas han coincidido esta semana también en calificar la arremetida contra las legisladoras como una maniobra de distracción, unos fuegos de artificio algo macabros para desviar la atención de la llamada política real hacia ese ring de boxeo en el que se desenvuelve tan bien. Las propias aludidas, en una rueda de prensa el lunes, apelaron a no “morder el anzuelo” y despistarse de “las cosas que importan y tienen consecuencias para los estadounidenses”, en palabras de la congresista Pressley.

¿Tienen consecuencias las palabras de Trump para los estadounidenses? Andre M. Perry, investigador de la Brookings Institution sobre raza y desigualdad estructural, alerta de que “el racismo nunca debería ser reducido a una distracción, la historia enseña muy bien que el despliegue estratégico de la intolerancia es una práctica utilizada por defecto para socavar la democracia”. “Incorporar el nativismo, el lenguaje xenófobo —continúa en un post— ha sido el preludio a la codificación de esa intolerancia en leyes”.

Durante la campaña electoral, tras el atentado de San Bernardino (California), Trump llegó a pedir que no entrasen musulmanes a EE UU, “hasta que las autoridades de nuestro país puedan averiguar lo que está pasando”, para reducir el riesgo terrorista. Una de sus primeras medidas, al llegar a la Casa Blanca, consistió en un veto temporal para inmigrantes y refugiados de siete países de mayoría musulmana.

“Reduciendo el racismo a una distracción, asistimos a la normalización del racismo”, insiste Perry. Ese es un reto para el Partido Demócrata en su desafío a Donald Trump: cómo responder con contundencia a los ataques a ciertos valores de consenso de Estados Unidos, como es la diversidad, sin permitir que acabe determinando la agenda, la conversación política, ahora que ha echado a andar la maquinaria electoral para 2020.

En la fijación del republicano por estas cuatro legisladoras también puede interpretarse un cálculo más allá del identitario. Ocasio-Cortez, Omar, Tlaib y Pressley llegaron al Capitolio en enero dentro de la nueva hornada demócrata que trajo consigo las elecciones del pasado noviembre. Tienen entre 29 y 45 años, han hecho buenas migas, se les considera imagen del ala más progresista del partido y se distinguen por ser abiertamente peleonas en las redes sociales, a veces con miembros de su propio partido. Reciben el sobrenombre del squad (el batallón) en Washington y gozan de un alto perfil mediático, pero medidas por su calado legislativo o arrastre del partido, no representan un poder efectivo.

En un momento en el que más de una veintena de aspirantes ha empezado la carrera por convertirse en el candidato que desafíe al republicano en las presidenciales de 2020, Trump opta por fijar su atención en estas cuatro congresistas “socialistas” y azuzar el temor de los suyos contra el comunismo y la radicalidad. Es algo que preocupa a los demócratas. Una encuesta que maneja el partido, difundida por el portal de información política Axios, elaborada en mayo sobre un millar de votantes blancos de formación de dos años de universidad o menos, señala que Ocasio-Cortez era reconocida por el 74%, pero solo el 22% tenía una imagen positiva de ella; Ilhan Omar era reconocida por el 53% con un 9% de visión positiva.

Fijar la imagen de estas cuatro mujeres en la mente de las bases republicanas es una forma de azuzar a sus bases para afianzar su reelección. Falta un año para saber quién será su rival en las urnas y la carrera demócrata está muy abierta. El exvicepresidente de Obama, Joe Biden, considerado moderado, lidera los sondeos de las primarias, seguido por el senador izquierdista Bernie Sanders, y en los puestos siguientes van fluctuando Elizabeth Warren, senadora con planes económicos muy progresistas, y sin la marca de izquierda socialista la senadora Kamala Harris o el alcalde de South Bend (Indiana), Pete Buttigieg. El partido se encuentra muy dividido sobre cuál es la estrategia más segura para derrotar a Trump, con un giro más o menos marcado a la izquierda, pero esta semana todos se unieron para condenar los ataques del presidente contra el díscolo “batallón”.



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