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Fray Bentos: cómo una pequeña ciudad de Uruguay revolucionó nuestra forma de comer


Fábrica

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Shafik Meghji

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El Paisaje Industrial Fray Bentos fue declarado Patrimonio Mundial en 2015.

“La empresa decía que aprovechaba todas las partes de la vaca menos el mugido”, dijo Diana Cerilla, al tiempo que me guiaba al corazón de lo que llama la “sala para matar”.

En la década de 1930, hasta 1.600 vacas por día (además de miles de ovejas, cerdos, gallinas y otros animales) conocían su final en el matadero antes de ser procesados, empaquetados y exportados a distintas partes del mundo.

Le eché una mirada a la espeluznante formación de ganchos, poleas, ruedas, cadenas, cintas de transporte y balanzas, inmóviles pero ominosas, y empecé a temblar.

A simple vista, una planta procesadora de carne abandonada desde hace tiempo ubicada en las afueras de una ciudad del campo uruguayo no suena como un destino turístico muy tentador, mucho menos como un lugar declarado Patrimonio Mundial por Unesco.

Pero el Paisaje Industrial Fray Bentos tuvo un profundo impacto en la manera en que el mundo come, creando una de las marcas británicas más famosas del siglo XX, transformando la economía uruguaya y ayudando a la producción mundial de comida a ingresar a la era industrial.

Además, el lugar es un despliegue impresionante de tecnología de vanguardia de la época victoriana, que lentamente se va oxidando. Para aquellos que tienen una pasión por la arqueología industrial, tiene una belleza misteriosa.

Un lujo en lata

En 1863, la Liebig Extract of Meat Company (Compañía Liebig de Extracto de Carne) fundó una fábrica a orillas del río Uruguay y comenzó a producir “extracto de carne” usando una técnica patentada por el pionero químico alemán Justus von Liebig.

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Trabajadores de más de 60 países se vieron atraídos por los trabajos proporcionados por la fábrica ilustrada aquí en un mural de Ángel Juárez Masare.

Cortes baratos de carne (disponibles en grandes cantidades en Uruguay gracias a la floreciente industria ganadera) eran hervidos para producir un nutritivo caldo que originalmente estaba dirigido a pacientes convalecientes. El proceso luego fue refinado, el líquido solidificado y Oxo -un pequeño cubo de caldo- surgió.

A medida que trabajadores de Uruguay y otros 60 países fueron llegando, una ciudad comenzó a crecer alrededor de la fábrica dirigida por alemanes y financiada por británicos.

Si bien en un principio se llamó Villa Independencia, la ciudad luego fue rebautizada en honor a un ermitaño del siglo XVII llamado Fray Bentos, quien supuestamente vivía en una cueva cercana.

Poco después, Liebig empezó a producir otro popular producto con los cortes baratos: corned beef enlatado.

Los cubos de caldo Oxo y el corned beef se convirtieron en la materia prima de la cocina de la clase obrera a lo largo de Europa, para quienes hasta entonces la carne era un producto de lujo.

Asimismo, se convirtieron en raciones baratas, fáciles de cargar y con extensas fechas de vencimiento para los soldados británicos y alemanes durante la Primera Guerra Mundial, así como también para exploradores como Robert Falcon Scott y Ernest Shackleton.

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Según Unesco, “el lugar mismo, así como las instalaciones industriales, viviendas e instituciones presentes en él, permiten aprehender la totalidad del proceso de una producción de carne que tuvo una importancia mundial”.

En 1924, la empresa fue comprada por la compañía British Vestey Group (Grupo Británico Vestey) y rebautizada Frigorífico Anglo del Uruguay.

Gracias a los rápidos avances de la tecnología de refrigeración, “El Anglo” comenzó a exportar carne congelada a distintas partes del mundo, así como también Oxo, corned beef y más de 200 otros productos, desde cuero hasta jabones, pasando por salchichas y mermeladas.

Solo en 1943, 16 millones de latas de corned beef partieron de Fray Bentos, en su vasta mayoría, con el objetivo de alimentar al bando Aliado en la Segunda Guerra Mundial.

Hasta la realeza británica lo degustó: “Recuerdo comer corned beef hasta que me saliera por las orejas”, dijo el príncipe Carlos a los periodistas en 1999 cuando visitó Uruguay.

“Tiempos modernos” en Uruguay

Hoy en día, la planta está abierta al público. Los edificios de oficinas fueron renovados y transformados en un museo que exhibe objetos de los tiempos de apogeo de la fábrica, incluyendo máquinas de escribir antiguas, pósters clásicos, equipamiento rudimentario para luchar contra incendios y camiones de transporte desvencijados.

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Para la clase obrera europea la carne era un producto de lujo que llegó a sus mesas gracias al corned beef.

Otra parte está ocupada por una universidad local, manteniendo vivas las tradiciones tecnológicas de la planta. Pero la mayor parte del enmarañado complejo fue mantenida como estaba y deambular por estos edificios vastos, silenciosos y poco iluminados es una experiencia fascinante.

La sala de máquinas parece salida de una escena de un cómic retrofuturista, con generadores a diésel oxidados, enormes turbinas y compresores de vapor adornados con palancas, válvulas y ruedas conectadas por una multitud de tubos y chimeneas.

En las paredes de la sala contigua hay paneles de mármol cubiertos de medidores e interruptores que controlaban la producción eléctrica de la planta: en 1883 este fue el primer lugar de Uruguay que generó electricidad.

“La fábrica me recuerda a la película ‘Tiempos modernos’ de Charles Chaplin”, dice Cerilla, la directora del museo, mientras me hacía la recorrida.

Afuera, una altísima torre de agua se asoma sobre una cantidad de edificios construidos con una mezcla de ladrillos, cemento, vidrio y hierro corrugado. Muchos no pueden visitarse por razones de seguridad, incluyendo el lugar donde alguna vez llegaron a almacenarse 18.000 toneladas de carne congelada.

Pero sí es posible asomarse a Casa Grande, la opulenta mansión donde vivía el director y que incluye vitrales, pisos de madera, dos pianos y un gong para marcar el inicio de una comida.

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Los uruguayos son los mayores consumidores de carne de vaca per cápita del mundo: alrededor de 56 kg por persona al año.

“Esta fue la revolución industrial en Uruguay”, dijo el guía Nicolás Cremella. “Fray Bentos fue muy importante para Uruguay: fue la verdadera capital del país, no Montevideo. Fue la única industria de carne y empleó gente a lo largo de todo el país”, agregó.

El cierre del frigorífico

La empresa pudo haber generado empleo a nivel nacional, pero las ganancias se fueron para el exterior.

Los productos de Fray Bentos siguieron siendo populares en la Europa de posguerra, pero lentamente comenzaron a decaer a medida que la tecnología alimentaria se fue desarrollando y los hábitos alimenticios fueron cambiando.

A fines de la década de 1960, el Frigorífico Anglo pasó a manos del gobierno uruguayo y finalmente cerró en 1979.

“Fue terrible para la gente de la ciudad cuando finalmente cerró”, dijo Cerilla, cuyos padre y abuelo trabajaron en la planta. “Mucha gente se fue y otros tantos directamente emigraron”.

A pesar de la caída inicial, Fray Bentos logró recuperarse. Desde hace más de una década aloja a la floreciente fábrica de celulosa UPM y en 2015 recibió un impulso cuando el Frigorífico Anglo fue declarado patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco.

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El corned beef puede haber puesto a Fray Bentos en el mapa mundial, pero allí casi no se lo consume.

Mientras tanto, en el mundo, la marca Fray Bentos hoy en día pertenece a Baxters, que todavía la usa para una variedad de productos enlatados, como puddings y albóndigas.

¿Y el corned beef?

En la tarde fui a la ciudad atravesando el barrio Anglo, un suburbio de unos 300 hogares construidos para el personal de mando de la compañía.

El olor a césped recién cortado, árboles floreciendo y humo de asado flotaba en el aire, mientras pasaba por grupos de casonas con techos de hierro corrugado y jardines exuberantes.

Cerca de allí estaban los clubes de golf, tenis, fútbol y remo que alguna vez fueron el centro focal de la vida de los expatriados.

S. W. Johnson, el director británico de la planta en la década de los 30, brindó una mirada sobre este periodo: “Teníamos el Club Social y Atlético Anglo, con un salón para bailes, uno de bridge y otro de pool y billar, una biblioteca que solo tenía libros y revistas en inglés… y un bar (el encargado uruguayo también aceptaba apuestas en lo que entonces era el negocio ilegal de la quiniela y lotería)”.

“Dado que no teníamos la bendición y maldición de la televisión y la radio era usada principalmente para escuchar la BBC, que nos traía noticias de ‘casa’, teníamos una vida muy activa”, escribió en un relato recogido en “Uruguay: una guía de viaje y compañía literaria”, de Andrew Graham-Yoll.

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La ciudad de Fray Bentos tiene unos 25.000 habitantes y está ubicada a orillas del río Uruguay, en el límite con Argentina.

Para cuando llegué al centro de la ciudad, era temprano en la tarde y la vida empezaba a resurgir a medida que los fraybentinos se despertaban de sus siestas. Un grupo de niños jugaba a las escondidas en la plaza principal, Plaza Constitución, algunos de los cuales usaban de escondite pérgola de hierro donada por la compañía en 1902, la cual es una réplica de la que alguna vez se erigió en el Crystal Palace de Londres.

Los padres estaban sentados en los bancos tomando mate, mientras las cotorras cataban desde las ramas de las numerosas palmeras, sauces y árboles de palo borracho.

Para la cena, me pareció apropiado probar el producto que puso a la ciudad en el mapa. Los uruguayos son los mayores consumidores de carne de vaca per cápita del mundo (alrededor de 56 kg por persona al año) y la industria ganadera es una parte clave de la economía.

Y aunque Fray Bentos sigue siendo sinónimo de carne en conserva, pocos lugareños la comen hoy. “No nos gusta comer carne de latas, nos gusta la carne fresca”, me dijo Cremella. “La gente en Fray Bentos puede tener latas de carne en conserva en casa, tal vez en el estante como una decoración o recuerdo, pero no para comer”.

Por supuesto que ninguno de los restaurantes que visité tenía carne en conserva en el menú, ni tampoco los tres primeros supermercados por los que pasé. Finalmente, cuando estaba a punto de rendirme, encontré una pequeña tienda con un par de latas a la venta. Las etiquetas decían: “Marca Uruguay – Hecho en Brasil”.

Lee la nota original en inglés enBBC Travel.

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Gengis Kan: el guerrero que conquistó el mundo a caballo | BBC Extra


La BBC recrea la vida de Gengis Kan en un celebrado docu-drama. En su época, el guerrero mongol fue un hábil estratega que despertaba total devoción entre los combatientes que él dirigía.

Creció en la pobreza y sufrió el asesinato de su padre, el secuestro de su esposa y la ejecución de su más cercano amigo.

¿Cómo pasó de ser un paria a conquistar un territorio más grande que el Imperio romano? ¿Fue realmente un monstruo cruel que mató a millones en su lucha por el poder o fue un visionario que convirtió una turba de tribus enfrentadas en una nación capaz de dominar el mundo?

Filmado íntegramente en Mongolia, este documental busca la verdad tras la leyenda de Gengis Kan.

BBC Extra te ofrece algunos de los documentales que le han dado a la BBC fama internacional. De Ciencia, de Historia, de Sociedad Cultura, cada semana te ofreceremos lo mejor de nuestro archivo.

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J.P. Morgan, el banquero despiadado que convirtió la ostentación de la riqueza en algo aceptable (y enderezó la economía de EE.UU.)


John Pierpont Morgan

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John Pierpont Morgan, el último protagonista de la serie sobre los “barones ladrones” del siglo XIX.

En Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, un grupo de hombres extraordinarios y controvertidos encabezaron la transformación de este país de una república de granjeros y comerciantes a una superpotencia propulsada a vapor.

Sus nombres -Vanderbilt, Carnegie, Rockerfeller- siguen siendo sinónimos de fortunas colosales.

Para algunos, estos hombres fueron los heroicos empresarios que hicieron grande a Estados Unidos. Para otros, fueron plutócratas que llevaron a mujeres y hombres que alguna vez fueron independientes a depender del tedioso trabajo asalariado: los “barones ladrones” que se robaron el sueño americano.

A medida que la economía estadounidense avanzaba rápidamente a lo largo del siglo XIX, nada simbolizaba más ese dinamismo en todo su caos feroz que los ferrocarriles.

Los dueños de las compañías ferroviarias mintieron, engañaron y sacaron del camino a otros para hacer sus fortunas.

Fue competencia empresarial en su estado más crudo. pero un titán de los negocios, John Pierpont Morgan, quiso no solo ganar la competencia sino detenerla, incluso si eso requería el mismo nivel de crueldad.

Cornelius Vanderbilt hizo su fortuna con los barcos, Jay Gould con los trenes, Andrew Carnegie con el acero y John D. Rockefeller con el petróleo. J.P. Morgan hizo su fortuna -mucho más modesta- con las fusiones corporativas.

Los otros “barones ladrones” tenían la ventaja de ser los más grandes en cada uno de sus sectores, pero aún así permanecían vulnerables a los choques sistémicos de la economía.

Encuentro en “El Corsario”

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Cornelius Vanderbilt y el resto de los “barones ladrones” que dominaron la economía estadounidense durante el siglo XIX y comienzos del XX.

J.P. Morgan, el primer banquero de la era moderna -o el “disciplinador del mercado”, como se le ha llamado-, se aseguró de que ninguna empresa que fuera demasiado grande como para fracasar lo hiciera.

En 1885, Morgan usó su poder de intermediación con una fuerza característica:para evitar una guerra de precios entre los dos ferrocarriles más grandes de la costa este de EE.UU.

Carnegie financiaba al Ferrocarril Central de Nueva York para construir una nueva línea que rompiera el monopolio que tenía el Ferrocarril de Pensilvania sobre el transporte de su acero.

El magnate de origen escocés buscaba reducir sus costos de flete. Pero Morgan temía que si dos grandes ferrocarriles participaban en una guerra de precios destructiva, que ninguno de los dos podía afrontar, la economía se desestabilizaría.

A espaldas de Carnegie, Morgan organizó una reunión secreta con los presidentes de ambas empresas ferroviarias en su opulento yate, el Corsario.

Fue el lugar perfecto para ese encuentro: nadie podía bajarse antes de haber aceptado los términos de Morgan, a menos que les apeteciera nadar.

Y así, Morgan obtuvo lo que quería. No a través de mucho diálogo, sino principalmente clavándole la mirada a los dos hombres desde una silla en la esquina, con el ceño fruncido como un director de escuela decepcionado, hasta que los ferroviarios prometieron no competir.

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El Corsario, el yate que J.P. Morgan utilizaba para hacer negocios… y ostentar su fortuna.

Para Morgan, sofocar la competencia no era solo una forma de ganar dinero, sino también una forma de poner orden en la economía. En esta ocasión, por una vez, Carnegie salió perdiendo.

Morgan logró llevar un alto grado de orden al sistema financiero y a la economía estadounidense“, señala el historiador Steve Fraser.

El casi colapso de 1907

La batalla de Morgan contra la competencia irracional “ruinosa” abarcó todo el campo de la economía estadounidense: desde la agricultura (creó International Harvester) y las telecomunicaciones (AT&T), hasta la electricidad (General Electric) y la industria que dominaba Carnegie, el acero.

“US Steel es la primera corporación de mil millones de dólares creada por Morgan en 1901 para consolidar la mayor cantidad posible de la industria del acero, comprando, fusionando y creando esta única corporación”, señala Fraser.

“Esto reduce drásticamente el nivel de competencia para estabilizar el mercado“.

“Debido a que es muy respetado y porque la influencia de su banco se extendió tan ampliamente en todo el sector financiero, en 1907, cuando parece que se avecina otro colapso financiero, Morgan pudo reunir a su círculo de banqueros y hacer que rescaten al Trust (sociedades fiduciarias) cuyo hundimiento hubiera tirado abajo a la economía”, cuenta el historiador.

“Fue capaz de enderezar la economía, cosa que un solo hombre no hubiera podido hacer más adelante, cuando la economía creció a mayor escala”.

Morgan fue una pieza clave tanto en la configuración de la nueva economía estadounidense como en la creación del nuevo perfil público de los más ricos y poderosos.

Hoy consideramos la ostentación de riqueza como algo natural, pero a finales del siglo XIX y principios del XX, era algo novedoso en EE.UU.

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A finales del siglo XIX las personas empezaron a querer lucir su riqueza en público.

Es un mundo que captura muy bien la novela de Edith Wharton, “The House of Mirth” (La casa de la alegría), donde, especialmente si eres mujer, lo que vistes puede ser crucial para tu lugar en el mundo.

Y así, la nueva riqueza también trajo una nueva forma de ansiedad.

Es la era del consumo conspicuo“, dice Joanna Cohen, de la Universidad Queen Mary de Londres.

“El yate de J.P. Morgan, el Corsario, es el ejemplo perfecto de la riqueza ostentosa. Pero no son solo los grandes ‘barones ladrones’ los que gastan dinero, todos gastan más y utilizan más crédito en bienes, ropa, muebles de lujo y diseño de interiores”.

“Entonces, ¿qué hacen estos tipos con enormes fortunas? Lo invierten en filantropía“, explica la historiadora.

“J. P. Morgan fue uno de los fideicomisarios del Museo Metropolitano de Arte y estaba en el consejo directivo del Museo de Historia Natural”.

“En la sociedad altamente estratificada, como lo era Nueva York, poder invertir en la filantropía era una forma de demostrar que habías llegado a la escena social”, señala Cohen.

Pero el consumo no era solo una ansiedad de élite; también trajo nuevas posibilidades para las masas.

“Las maravillas tecnológicas no tiene precedentes. Desde el teléfono y la luz eléctrica hasta el ascensor y los rascacielos”, detalla Fraser.

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Uno de los primeros teléfonos.

“También es el momento del fonógrafo y el cine”, agrega Cohen.

Pero a pesar de todo esto, algo se perdió. Los cambios sísmicos que llevaron a EE.UU. los “barones ladrones” transformaron el concepto del sueño americano.

“El sueño americano alguna vez se asoció con el logro de un bienestar en una escala modesta, con lograr la igualdad con tus pares”, explica Fraser.

“A finales del siglo XIX, el sueño se transforma: Wall Street se convierte en un patio de recreo, un lugar donde todos pueden ir y hacerse súper ricos de la noche a la mañana. Así, el sueño americano se agranda, se torna como obeso”.

Para el historiador, esa aspiración también queda mancillada. “Después de la era industrial hay enormes desigualdades, por lo que el viejo sueño se pone rancio”.

El legado

¿Cual fue entonces el legado que dejaron J.P. Morgan y los otros “barones ladrones” como Vanderbilt, Gould, Carnegie y Rockefeller, cuyos nombres aún resuenan hoy?

“Algunos todavía admiran la enorme influencia que tuvieron, mientras que otros creen que fueron una de las más grandes amenazas a la república”, dice Cohen.

“Son grandes símbolos morales: por un lado representan las historias de mayor éxito de EE.UU.. Por el otro, simbolizan todo lo que puede salir mal en un país: la avaricia, la corrupción”.

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Los “barones ladrones” como Cornelius Vanderbilt (der.) y Jay Gould, a su lado, tuvieron un éxito descomunal, pero usaron métodos muy cuestionados.

Los “barones ladrones” dejaron imponentes construcciones, como el Rockefeller Center y el Carnegie Hall, pero además moldearon a las grandes ciudades, con sus enormes edificios, grandes corporaciones y millones de habitantes, que fueron un producto de la revolución económica que ellos lideraron en el siglo XIX.

Estos magnates también dejaron su huella en el gigante contraste que sigue habiendo entre los dueños de los enormes edificios y grandes corporaciones y las personas que perdieron todo con las disrupciones económicas.

Los “barones ladrones” fueron el producto de dos impulsos que compitieron: por un lado, celebraron su propio individualismo y fueron los grandes disruptores, trayendo nuevas tecnológicas y nuevas formas de hacer negocios para derrocar al antiguo orden económico.

Pero, por otro lado, lograron acumular sus colosales fortunas no siendo innovadores, sino imponiendo monopolios y venciendo a la competencia con una despiadada lógica de “economías de escala”.

¿Por qué los “barones ladrones” siguen importando hoy? Porque también vivimos en un mundo en el que existen dos fuerzas beligerantes: la “disrupción” económica y el enorme poder corporativo. Es una realidad que los “barones ladrones” reconocerían, porque es el mundo que ellos ayudaron a crear.

Puedes escuchar este episodio de The Robber Barons de BBC Radio 4 (en inglés) aquí.

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La historia de los problemas mentales que sufrieron los presidentes de Estados Unidos (y por qué Trump no es el primero al que califican de “lunático”)


Abraham Lincoln (lizq), Lyndon B. Jonhson (medio) y George Washington

Donald Trump no es el primer presidente en ser calificado como mentalmente inestable por sus enemigos políticos. Pero algunos de sus predecesores sí tuvieron problemas de salud mental, como ansiedad social, trastorno bipolar e incluso psicopatía.

En el verano de 1776, la Guerra de la Independencia de Estados Unidos iba tan mal para los rebeldes que aparentemente George Washington intentó suicidarse.

Según el biógrafo Ron Chernow, cuando los milicianos huyeron presa del pánico en Kip’s Bay, Manhattan, el comandante de 44 años de edad entró en un estado catatónico.

Washington se quedó sentado sobre su caballo mirando al espacio mientras docenas de soldados británicos lo atacaban en un campo de maíz.

Los futuros ayudantes del que luego sería el primer presidente de Estados Unidos agarraron las riendas de su montura y con dificultades lograron llevarlo a un lugar seguro.

Uno de sus generales, Natanael Greene, dijo más tarde que Washington estaba “tan molesto por la conducta infame de sus tropas que buscó la muerte en lugar de la vida”.

La presunta crisis nerviosa de Washington ilustra cómo incluso hasta los grandes líderes pueden bloquearse bajo presión.

Problemas de salud mental en la Casa Blanca

Casi dos siglos y medio, el estado mental de su descendiente político se encuentra bajo un examen algo menos indulgente.

La psiquiatría presidencial ha estado de moda desde que Donald Trump entró en la Casa Blanca.

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Donald Trump no es el primer presidente estadounidense en ser cuestionado por su salud mental.

Pero Trump, quien sostiene que es “un genio muy estable”, no es ni mucho menos el primer líder de Estados Unidos al que califican como lunático.

John Adams, el segundo presidente del país, fue descrito por su archirrival Thomas Jefferson como “absolutamente loco por momentos”.

El Philadelphia Aurora, periódico del partido de Jefferson, dijo de Adams que era “un hombre despojado de sus sentidos”.

Theodore Roosevelt “pasaría a la historia como uno de los ejemplos psicológicos más ilustres de la distorsión de procesos mentales conscientes”, según el contemporáneo Journal of Abnormal Psychology.

“Su mente está hecha pedazos… su neurosis puede terminar en un colapso nervioso, o una obsesión aguda”, decía el historiador estadounidense Henry Adams, cuando Roosevelt hacía campaña en 1912.

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John Adams fue descrito por su archirrival Thomas Jefferson como “absolutamente loco por momentos”.

Después de que Woodrow Wilson sufriera un derrame cerebral, sus críticos afirmaron que la Casa Blanca se había convertido en un manicomio, señalando los barrotes instalados en algunas ventanas del primer piso de la mansión presidencial.

Pero, como lo relata John Milton Cooper en su biografía de Wilson, esos barrotes se instalaron durante la presidencia de Teddy Roosevelt para evitar que sus hijos pequeños rompieran las ventanas con sus pelotas de béisbol.

Sin embargo, según un análisis psiquiátrico de los primeros 37 comandantes en jefe, Adams, Roosevelt y Wilson sí tenían problemas reales de salud mental.

El estudio realizado en 2006 estimó que el 49% de los presidentes sufría de una enfermedad mental en algún momento de su vida (una cifra que, según los investigadores, está en línea con las tasas nacionales).

El 27% de ellos se vieron afectados mientras estaban en el cargo.

Uno de cada cuatro de ellos cumplía con los criterios de diagnóstico de la depresión, incluidos Woodrow Wilson y James Madison, dijo el equipo del Centro Médico de la Universidad de Duke en Carolina del Norte.

También concluyeron que Teddy Roosevelt y John Adams tenían trastorno bipolar, mientras que Thomas Jefferson y Ulysses Grant sufrían el trastorno de ansiedad social.

“Las presiones de un trabajo como ese pueden desencadenar problemas que hayan estado latentes”, dijo el profesor Jonathan Davidson, quien lideró el estudio.

Woodrow Wilson sufrió su derrame cerebral en 1919 durante una pelea -destinada al fracaso- para que se aprobara el Tratado de Versalles.

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La primera dama Edith Wilson asiste al presidente Woodrow Wilson en su despacho en la Casa Blanca.

Lo dejó incapacitado y afectado por depresión y paranoia hasta el final de su presidencia, en 1921.

La primera dama, Edith Wilson, prácticamente dirigía la Casa Blanca, en lo que los opositores llamaron el “gobierno por enagua”.

Cuando Wilson dejó el cargo, dijo un reportero, era un tímido y “destrozado remanente del hombre” que alguna vez había sido.

Parálisis del duelo

Se cree que otras dos presidencias fueron destruidas por la depresión clínica.

Según el profesor Davidson, un trastorno depresivo importante dejó a Calvin Coolidge y a Franklin Pierce incapaces como líderes después de que murieran sus hijos.

Pierce sufrió una horrible tragedia justo antes de su toma de posesión en 1853. El decimocuarto presidente, su esposa Jane y su hijo Benjamin estaban en un tren que se descarriló cerca de Andover, Massachusetts.

El carruaje cayó por un terraplén y Benjamin, de 11 años, murió al instante. Era el único hijo de los Pierce, que ya habían perdido otros dos niños.

“Cómo podré reunir el valor para todos los deberes que tengo ante mí, es difícil saberlo”, le escribió el presidente demócrata a su secretario de guerra, Jefferson Davis.

El profesor Davidson dice que el tormento interno de Pierce lo llevó a renunciar a cualquier papel ejecutivo real mientras la nación se dirigía hacia la guerra civil.

Se cree que la pena de Pierce, junto con el estrés de presidir un país que estaba a punto de destrozarse, exacerbó su prolongado abuso del alcohol.

Murió de enfermedades relacionadas con insuficiencia hepática, según su biógrafo Michael F. Holt.

Por su parte, Coolidge asumió el cargo como un líder optimista y enérgico.

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Pierce quedó devastado por la muerte de su hijo.

Pero en el verano de 1924, su hijo de 16 años, Calvin Jr, fue a jugar a la cancha de tenis de la Casa Blanca, vistiendo unas zapatillas sin calcetines.

El niño se hizo una ampolla en un dedo del pie, que se infectó, y murió de envenenamiento de la sangre.

Según la biografía de Amity Shales, Coolidge se culpó a sí mismo por la muerte del adolescente.

“Cada vez que miro por la ventana”, decía el presidente, “siempre veo a mi hijo jugando al tenis en esa cancha”.

Su comportamiento se volvió cada vez más errático y explotaba ante invitados, ayudantes y familiares.

Durante una cena en la Casa Blanca, se fijó en un retrato del presidente John Quincy Adams, señalando que su cabeza parecía demasiado brillante.

Coolidge ordenó a un sirviente que frotara un trapo en las cenizas de la chimenea, subiera una escalera y lo frotara en el cuadro para oscurecer la cabeza de Adams.

(John Quincy Adams también sufría depresión y solía andar deprimido por la Casa Blanca, jugando al billar e irritando a su esposa británica, según una biografía de Harlow Giles Unger).

Coolidge prácticamente se retiró de la vida política. Lo más preocupante fue que ignoró las alarmas económicas un año antes del desplome de Wall Street en 1929.

En su autobiografía, el 30º presidente escribió: “Cuando ella (mi hija) se fue, el poder y la gloria de la presidencia se fueron con ella”.

Otros presidentes fueron capaces de recuperarse de una pérdida.

Theodore Roosevelt luchó contra una depresión severa al principio de su carrera política, después de la muerte de su joven esposa en el Día de San Valentín de 1884.

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Teddy Roosevelt se fue al parque nacional de Badlands en Dakota después de la muerte de su primera esposa.

Se fue un par de años a la zona de los Badlands, en Dakota, donde construyó un rancho, cazó búfalos, arrestó ladrones y mató a un pistolero en una cantina.

Abraham Lincoln fue propenso a la melancolía a lo largo de su vida, según el biógrafo David Herbert Donald.

En 1841 en Springfield, Illinois, mientras se desempeñaba como legislador estatal, Lincoln rompió su compromiso con Mary Todd (aunque finalmente se casaron) y se hundió en una profunda depresión.

Un amigo lo puso bajo vigilancia, sacando las navajas y cuchillas de afeitar de su habitación.

En la capital del estado se rumoreaba que se había vuelto loco.

Dada su disposición a la depresión, sus ayudantes debieron temer cómo lidiaría en plena Guerra Civil estadounidense con la muerte de su hijo de 11 años, Willie, probablemente de fiebre tifoidea, en la Casa Blanca en febrero de 1862.

Más tarde ese mismo año, después de otra derrota humillante, esta vez en la Segunda Batalla de Bull Run, Lincoln le dijo a su gabinete que se sentía casi listo para ahorcarse, según la biografía de Donald.

Pero a pesar de su dolor, el 16º presidente logró mantenerse y mantener al país unido también.

Presidentes ‘psicopáticos’

Un estudio realizado en 2012 por psicólogos de la Universidad de Emory en Georgia encontró que varios presidentes exhibían rasgos psicopáticos, entre ellos Bill Clinton.

Los dos considerados los más psicopáticos eran Lyndon Baines Johnson (LBJ) y Andrew Jackson, el héroe de Trump.

Los atributos psicopáticos fueron identificados por el equipo de Emory como carisma superficial, egocentrismo, deshonestidad, insensibilidad, control de impulsos deficiente e intrepidez.

La investigación cubrió a todos los presidentes, excepto al actual y a Barack Obama.

Johnson, por ejemplo, tenía un ego del tamaño de su estado natal de Texas.

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LBJ library photo de Yoichi Okamoto

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Lyndon Baines Johnson era famoso por ser dominante.

Robó descaradamente su elección en el Senado de 1948, luego hizo una broma aún más descarada al respecto, según la biografía de varios volúmenes de Robert Caro.

A LBJ no le importó poner la mano encima de la falda de otra mujer mientras su esposa, Lady Bird, estaba sentada a su lado.

Le gustaba humillar a los subalternos convocándolos a tomar un dictado mientras orinaba en un lavabo o defecaba en un inodoro.

Andrew Jackson es recordado hoy más por su crueldad que por el envidiable logro de ser el único presidente en pagar la deuda nacional.

Y la reputación de Bill Clinton, por supuesto, quedó destrozada por su impulsividad sexual.

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¿Fue Bill Clinton psicopático?

Algunos presidentes han manejado las tensiones de la Oficina Oval menos bien que otros.

Ya como vicepresidente, Richard Nixon tomaba medicamentos para la ansiedad y la depresión, junto con pastillas para dormir que ingería con alcohol.

La biografía de John A. Farrell detalla cómo el inestable líder del Watergate bebió excesivamente durante su turbulenta presidencia.

Henry Kissinger, su principal diplomático, dijo una vez que Nixon no pudo recibir una llamada del primer ministro británico durante una crisis en Medio Oriente porque estaba “cargado”.

Su psicoterapeuta, el doctor Arnold Hutschnecker, fue el único profesional de salud mental que se sabe ha tratado a un presidente en la Casa Blanca.

Dijo que Nixon tenía “buena parte de los síntomas neuróticos”.

Entonces, ¿Trump está mentalmente enfermo?

El diagnóstico del profesor Davidson es que no. Cita el debate entre los psiquiatras a nivel internacional sobre si el narcisismo, un rasgo tan frecuentemente atribuido al actual presidente, es un trastorno de personalidad.

Pero Nassir Ghaemi, autor de A First-Rate Madness: Uncovering the Links Between Leadership and Mental Illness(“Una locura de primer orden: descubriendo los vínculos entre el liderazgo y las enfermedades mentales”), cree que el presidente Trump tiene “síntomas obsesivos clásicos”.

El profesor de psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tufts en Boston dice: “No duerme mucho. Tiene un nivel de energía física muy alto”.

“Es muy impulsivo con el gasto, sexualmente impulsivo, no puede concentrarse”.

La presidencia de Trump, se nos dice tan a menudo, está rompiendo normas históricas.

Pero las extrañas y problemáticas vidas de los anteriores comandantes en jefe parecen plantear la cuestión: ¿qué es normal?

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