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EL PAÍS

Google abrirá aceleradora en México, Argentina y Colombia en 2018


América Latina se ha convertido en uno de los espacios preferentes de Google para impulsar negocios. El siguiente paso será abrir aceleradoras de negocios para enseñar a crear empresas al estilo de Silicon Valley. Al igual que ya anunció este verano Sundar Pichai, CEO de la empresa, este verano en Nigeria, donde cuentan con un espacio en Lagos. Google Launchpad va a abrir en Argentina, México y Colombia sus propias aceleradoras para impulsar las startups locales. En Brasil lanzaron su versión centrada en fintech, como se denomina a la intersección entre finanzas y tecnología en Sao Paulo. Este año llegará a México, Colombia y Argentina, en cuyas capitales están ultimando el espacio adecuado para acoger empresas de reciente creación y vocación de crecimiento rápido.

El anuncio tuvo lugar durante la quinta edición de Launchpad, el programa de incubación que desarrollan en países emergentes y que, durante dos semanas, desplazas a los equipos fundadores de las startups escogidas a San Francisco para recibir asesoramiento de primera mano.

Paco Solsona es el responsable de un programa que ya lleva dos años y medio funcionando y que se ha ido adaptando a medida que Google ha aprendido con estos emprendedores. “Empezó en Israel hace cinco años, como una idea de la coumnidad, los mentores y Google. Hoy son dos semanas en San Francisco y meses de trabajo previo además de seguimiento. Al principio dábamos créditos para usar productos de Google, después 50.000 dólares como inversión sin tomar parte de la empresa. Ahora preferimos no dar liquidez, pero sí herramientas, asesoramiento, consejo, expertos…”, detalla.

En las nuevas aceleradoras locales van a elegir cinco o seis empresa cada seis meses, con programas a medida. “En algunos aspectos iremos de la mano con fondos, gobiernos y otras aceleradoras. No queremos que nos vean como competidor, sino como un aliado, alguien que suma. Queremos que nos vean como un buen vecino tecnológico”, matiza Solsona.

Un momento de debate en la aceleradora.


Un momento de debate en la aceleradora.

En San Francisco, una vez terminado el proceso de aceleración las startups pasan a formar parte de un grupo de contacto entre sí y con los mentores de Google para aprender entre sí. En el primer piloto internacional incluyeron ideas de India, Indonesia y Brasil, siempre que estuvieran en ronda A de financiación. Después incluyeron de toda América Latina y Europa Oriental. En esta última selección recibieron más de 1.000 solicitudes.

En esta quinta edición la mezcla es notable, desde pequeñas a grandes que son casi unicornios, como se denomina en el argot a las firmas que superan la valoración de mil millones. Este es el caso de la brasileña NuBank, también destacan centauros (las que se valoran en más de 500 millones) como es el caso de las argentinas Restorando o Etermax. “Se les hace un programa a medida para ayudar en sus siguientes pasos. No tiene los mismos problemas que una que recién empieza”, matiza Solsona.

El inversor Jonathan Lewy durante una sesión.


El inversor Jonathan Lewy durante una sesión.

Jonathan Lewy, socio de Investo, uno de los fondos más activos de la región, puso como ejemplo de startups sobresaliente en la región a Rappi, nacida en Colombia, pero con operaciones en México: “Me gusta porque tienen una visión del mundo como ciudades. Esa visión la tienen también en WeWork o Uber, que se estrenó antes en Ciudad de México que en Miami”. Valora que Google ponga el foco en este sector y región: “Dan acceso a los que más saben en ciertas áreas. Cuando estás aquí siempre hay alguien que ha pasado por ese camino, que tiene el conocimiento. En Argentina o Brasil el costo de aprender puede llevarse por delante tu empresa. A veces, te llevas sorpresas, como que África está más desarrollado en pagos que América Latina”. El inversor encuentra algunos matices que marcan diferencias entre países: “En Brasil y México no suelen pensar en internacionalizarse pronto, sino que ven sus países como grandes mercados. Los que lanzan en Argentina o Colombia ya desde el principio lo tienen en mente”.

Julie Ruvolo, directora de Capital Riesgo en LAVCA, la Asociación del sector que aúna a los que operan en América Latina, es una de las voces más reconocidas en el análisis de startups, con la visión de Silicon Valley y gran capacidad de contexto. Desveló que CEMEX acaba de lanzar un fondo de 10 millones de dólares para startups que están en su sector, una aproximación al corporate venture. “2017 ha sido un año récord en operaciones e inversión en América Latina. Es un mercado infravalorado por su valor y potencial. Las grandes firmas no lo dicen pero ya están. Desde Accel con Cornershop a Andreessen Horowitz o Sequoia con Rappi. China y Japón también regresan a la región. Los inversores de aquí entran sin hacer ruido para tener mejores posiciones”, desgrana.

La especialista comparte algunas tendencias: “Hay una base con gran población y todavía falta ampliar la penetración de móvil. Los asistentes de voz van a crecer rápido en la región. Amazon tiene América Latina entre sus prioridades. El transporte es un sector relevante. Creo que el AgroTech (intersección entre tecnología y Agricultura), la medicina, biotecnología y la educación tienen un gran potencial y todavía poca inversión. Destaca el caso de 1Doc3 de Colombia”.



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El estratega Kárpov (XXV)




Un peón en h6, en lugar de en h7, es suficiente para que el excampeón monte un ataque demoledor



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Peor que malos: son maletas



Todo lo que podía salir mal salió peor. Hace un mes volví a México luego de pasar varios meses fuera por cuestiones profesionales. Volé con una reputada aerolínea, que forma parte de una no menos reputada alianza internacional. El viaje fue un desastre. El primer vuelo de mi trayecto se demoró cuarenta minutos, que eran cruciales para hacer una escala. Así que, ante la falta de alternativas, mi viaje se aplazó, de golpe, 24 horas. Allí estuvo el problema. Mi maleta, que fue documentada en el mostrador y bajó por la consabida banda de equipaje antes de que el personal de tierra se diera cuenta del retraso, desapareció del mapa.

Ya que saldríamos con 24 horas de retraso, me mandaron a reclamar a la oficina de equipaje extraviado del aeropuerto, puesto que, me dijeron, la línea ya no tenía acceso a la maleta. Tuve que formarme una hora y llenar un formulario descriptivo (pese a que llevaba conmigo la contraseña con las claves de etiquetado). Se me aseguró que esa misma tarde recibiría el equipaje en la dirección temporal en que me alojaría. Ya lo adivina usted: eso no llegó a suceder. Solo recibí un correo en que se me indicaba que, ya que la maleta no podría ser entregada a tiempo, sería remitida a mi dirección en México y entregada en la puerta de mi casa.

La maleta llegó al final, sí: un mes después. Y no a casa, sino al aeropuerto de mi ciudad. Un empleado de una aerolínea aliada con la mía tuvo la gentileza de enviar un correo para informarme que un equipaje con mi código había llegado a su bodega y que, si quería, pasara a ver. Lo llamé por teléfono. “¿No se suponía que entregarían la maleta en mi puerta?”, reclamé. “No tengo esa orden, amigazo”, respondió el hombre. ¿Qué sucedió durante ese mes de zozobras? Pues que sostuve una estrecha y asfixiante relación epistolar con la aerolínea, una sucesión de mensajes de queja que ellos respondían con amabilidad… y mentiras. Tres veces, durante ese periodo, me anunciaron que antes de 24 horas la maleta sería entregada. Y tres veces fallaron. Pedí cartearme con un supervisor. “Tienen que pasar 21 días para que pueda reportar el equipaje como perdido en la web de la empresa”, me comunicaron. A los 21 días reporté. Tuve que explicar de nuevo, punto por punto, el caso. “Le responderemos antes de 15 días hábiles”, replicó un mensaje automático. Era tanto tiempo que la maleta llegó antes de que el plazo se cumpliera. La pobre maleta. Ahí estaba, sí, en el aeropuerto de mi ciudad, al fondo de un estante en la oficina del hombre que me escribió. Sus cierres estaban rotos y había sido parchada con cinta canela para que las cosas no se le salieran. En su interior faltaban, desde luego, varias pertenencias. “A veces nos han dicho que la aduana desaparece objetos”, susurró el empleado de la compañía aliada de la mía como si me hiciera una gran revelación…

En 2018 se extraviaron en el mundo 24,8 millones de maletas. Europa, donde se perdió originalmente la mía, carga con el récord negativo: poco más de 7 de cada 1.000 piezas de equipaje no llegan a su destino, mucho más que las 2,85 que se pierden en América del Norte (suena a poco pero si pensamos en los millones de pasajeros diarios de la región, tenemos miles de afectados cada jornada). No, mi caso no es extraordinario. La aviación es un negocio que deja damnificados continuos por retrasos, sobreventas, malos tratos, por negligencia, pérdidas y robos. Un negocio que calcina el medio ambiente (la huella de carbono de cada vuelo es tremenda), nos cuesta carísimo y nos trata pésimamente. Mientras yo pasaba por este calvario, un colega periodista, el argentino Diego Fonseca, desataba una campaña en redes sociales para denunciar el extravío del equipaje de sus padres en un vuelo hacia Barcelona y la pésima gestión de la aerolínea que lo perdió. Se produjeron cientos de tuits y respuestas. Varios medios del mundo publicaron notas al respecto. ¿Y qué pasó? Nada. Que a Fonseca le fue peor que a mí. La maleta de sus padres nunca apareció, ni siquiera parchada y saqueada como la mía. Ambos andamos, ahora, perdiendo el tiempo con la esperanza de indemnizaciones que muy probablemente no lleguen a concretarse.

¿Cuál es la moraleja de la historia? Una muy sencilla. Que las aerolíneas nos toman el pelo. Y que, también en la manera en que viajamos, queda claro que el modelo económico en que vivimos es sádico, ineficaz e insostenible.

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Zahara de los Atunes, el paraíso escondido de los famosos


En Zahara de los Atunes, una entidad autónoma perteneciente a la localidad gaditana de Barbate, no hay puerto deportivo, ni grandes y lujosos yates atracados. Tampoco fiestas multitudinarias o festivales benéficos repletos de famosos que convoquen a cientos de paparazis cada verano. Playas kilométricas de arena blanca sustituyen a los campos de golf y polo y, desde hace una década, es el refugio perfecto para las caras conocidas de este país con gustos más indies que optan por pasar sus veranos en el anonimato, aquellos que prefieren la tabla de surf, los chiringuitos a pie de playa y la ausencia de ruido mediático.

Desde que en 2015 se hiciera público que personajes como el actor estadounidense Richard Gere o la exalcaldesa madrileña Manuela Carmena habían elegido Zahara de los Atunes para esconderse del mundanal ruido en los meses estivales, esta tierra de almadrabas de atún, aguas azules y silencio, ha saltado a la actualidad por ser el enclave donde es habitual cruzarte en verano con artistas como Dani Martín (exvocalista de El Canto del Loco), Hugo Silva, Imanol Arias, Pablo Carbonell, Aitana Sánchez-Gijón y Pepón Nieto. También la presentadora gaditana Paz Padilla, el comunicador Gran Gwyoming y otros personajes públicos como los cantantes Lolita, Ana Torroja, Antonio Carmona y su mujer Mariola Orellana. Un refugio natural en el que se alojan los que huyen del bullicio mediático que pueden ocasionar los tradicionales veraneos de la jet en localidades como la cercana Marbella (Málaga) o Ibiza, en las islas baleares.


Paz Padilla, en la playa de Zahara de los Atunes, en 2017.



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Paz Padilla, en la playa de Zahara de los Atunes, en 2017.

Perteneciente a Barbate, pueblo natal del legendario torero Francisco Rivera Paquirri, es habitual también encontrar por las playas de Zahara de los Atunes a su hijo Cayetano junto a su mujer, la presentadora sevillana Eva González; así como al también torero José Antonio Canales Rivera, barbateño de nacimiento como su tío. La playa de los alemanes, con impresionantes chalés blindados a la vista de cualquier curioso —ahí se camuflan las mansiones del empresario Javier Merino y el exministro Jaime Mayor Oreja, por ejemplo—, o la cotizada urbanización Atlanterra, son los enclaves preferidos por esta constelación de artistas que prefieren aparcar su condición pública durante los meses de julio y agosto.


El actor Hugo Silva, surfeando en las playas de Cádiz.



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El actor Hugo Silva, surfeando en las playas de Cádiz.

Zahara de los Atunes ha sido también el lugar elegido por algunos de ellos para ampliar sus negocios fuera de la industria artística. Es el caso de Aitana Sánchez-Gijón y Paz Padilla, que han despertado su vocación empresarial en la zona con la apertura de algunos de los chiringuitos de mayor concurrencia de la costa gaditana.

El chiringuito La Gata fue el pionero. Aunque conocido con este nombre ya no existe (cerró sus puertas en 2010), sigue abierto a pie de playa como El Pez Limón, y lo sigue regentando quien hizo este sitio emblemático: Eloy Sánchez Gijón, el hermano de la actriz Aitana Sánchez Gijón. Mojitos y conciertos de primer nivel siguen estando presentes en El Pez Limón. Estos recitales, sin embargo, no suelen programarse: se dan a conocer apenas días antes o incluso en las horas previas gracias al boca-oído de los veraneantes mejor informados. Es sitio fijo para El Gran Wyoming o Pablo Carbonell y su ubicación es también casi un misterio, puesto que no está señalizado.


Eva González y Cayetano Rivera Ordoñez, en Zahara, en 2012.



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Eva González y Cayetano Rivera Ordoñez, en Zahara, en 2012.

Por su parte, Paz Padilla, junto a su hermano, el conocido carnavalero Luis Padilla, ha abierto también un local a pie de playa. Se trata del chiringuito La Trompeta Beach, que funciona desde 2017.

El exfutbolista y empresario Aitor Ocio es otro de los vecinos pioneros que descubrió Zahara de los Atunes como refugio para el alma, pero también como enclave en el que ampliar sus negocios inmobiliarios. Tanta es la privacidad que ofrece este rincón, que Ocio ejerce de anfitrión de muchas primeras figuras futbolísticas de este país. Un caso conocido fue el de la pareja formada por Sergio Ramos y Pilar Rubio, invitados por Ocio en el verano de 2014, que protagonizaron un sonado percance en un restaurante de la localidad con una fotógrafa que quiso captar una imagen de la velada, algo absolutamente inusual en este entorno.


Pastora Vega, El Gran Wyoming y Pablo Carbonel, durante la manifestación en contra del cierre de los chiringuitos de Zahara de los Atunes, en 2006.



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Pastora Vega, El Gran Wyoming y Pablo Carbonel, durante la manifestación en contra del cierre de los chiringuitos de Zahara de los Atunes, en 2006.

Pero es que, además del anonimato y del enclave natural privilegiado, la diversión y el buen yantar —en un estilo mucho menos sofisticado y más hippy que los tradicionales destinos veraniegos de famosos—, ha ido en aumento en esta zona de la costa gaditana. No en vano, existe una teoría que defiende que el vocablo cachondeo se acuñó en Zahara de los Atunes. El motivo no es otro que el hecho de que el municipio está bañado por el río Cachón.

El actor Imanol Arias, en Zahara de los Atunes.


El actor Imanol Arias, en Zahara de los Atunes.

Según cuentan los propios habitantes de esta localidad, los pescadores se reunían en la ribera del río para divertirse una vez terminaba la jornada. Por allí pasó incluso Miguel de Cervantes, para conocer el arte milenario de la pesca del atún. Tal y como describe en la novela ejemplar La ilustre fregona a través de su protagonista, Carriazo: “En fin, en Carriazo vio el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterre de la picaresca”. Aquel ambiente que se prestaba al juego de azar, a más de una pelea, y cuando había dinero, a orgías de alcohol y bromas, es origen de ese término tan andaluz como es el cachondeo.



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