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EL PAÍS

Kit imprescindible para vivir la experiencia Rototom


Quien ya haya pisado en alguna ocasión el territorio reggae del festival Rototom Sunsplash –que leva anclas en Benicàssim (Castellón), del 16 al 22 de agosto- sabrá que hay un puñado de hábitos, rincones y actividades imprescindibles para vivir a fondo esta experiencia festivalera. Quien lo descubra este verano, quizás no tarde en interiorizar ese kit de ‘cosas que hay que hacer sí o sí en Rototom Sunsplash’. Como degustar una injera etíope, un buen plato de pescado braseado en el restaurante jamaicano o una pizza de los Elfos sobre el césped mientras el Main Stage retoma su actividad. O marcarse una sesión de dancehall en el Solé (el chiringuito del certamen en la castellonense playa del Gurugú) o de baile africano en otra de las áreas del recinto: African Village. O hacer ruta por los siete escenarios y las más de 100 propuestas musicales que hilan esta edición (con Ziggy Marley, Chronixx, Busy Signal o Marcia Griffiths entre los platos fuertes). O usar la panorámica que el box de Radio Rototom ofrece del Main Stage para hacerse el mejor selfie; ‘leonizarse’ (el león es el icono del festival) en toda regla a golpe de camiseta o tatuaje; y, por qué no: echarse una siesta en la codiciada zona de hamacas o sumarse al desfile intergeneracional que cada tarde, con la puesta de sol, anuncia el inicio de los conciertos. La transición entre un festival que vibra de día, y también de noche.

El Rototom Sunsplash pone en marcha la maquinaria de su 26ª edición. La décima consecutiva que celebra en España tras su traslado desde Italia en el verano de 2010. El lema de este año: Stand up for Earth, potencia la ya de por sí consolidada filosofía sostenible del certamen y activa toda una experiencia inclusiva para disfrutar con amigos o en familia. Aquí van unos cuantos argumentos, y consejos, para construir una aventura Rototom de diez, en boca de quienes ya lo conocen.

La llegada: ¿qué meter en la mochila?

Clave llevar prendas cómodas y frescas; ese indispensable pareo multiusos; cobertura para la cabeza; gafas de sol; bikini y bañador; y zapato cómodo y con sujeción, sobre todo para los conciertos. Necesaria también una cantimplora o vaso reutilizable: el festival elimina las botellas de plástico, pero refuerza los puntos de agua donde se puede recargar a un precio asequible.

El público del Rototom disfrutando de una de los muchos conciertos de la cita.


El público del Rototom disfrutando de una de los muchos conciertos de la cita.

Taquillas

El Sunsplash abrirá taquillas 24 horas antes. Desde el 15 de agosto a las 12.00 hasta fin de festival, en horario ininterrumpido.

Si acampas en el “pequeño pueblo libre del Rototom”

Toni Mateu, de Valencia y asiduo al festival desde hace seis ediciones, lo tiene claro: “En la acampada no te puede faltar hielo, cerveza fría, antimosquitos y muchas latas de conservas”, señala a EL PAÍS entre risas. Un paquete básico al que se pueden añadir la tienda de campaña (si no se opta por la caravana o el glamping); esterilla o colchón hinchable; utensilios de cocina y una nevera portátil. También un carrito con ruedas para trasladar el equipaje y una lona para ampliar un poco más la superficie de sombra que ya aportan los más de 500 árboles plantados en los últimos años. La acampada del Rototom Sunsplash dispone de cocinas comunitarias, market, venta de hielo, consignas y puntos de carga móvil. “El camping es familia, libertad, amor, calor, frescura, fiesta… Es un pequeño pueblo libre. Se da un ambiente de solidaridad que no se da en otros festivales”, indica Mateu.

Asistentes al Rototom trasladan su equipaje en un carrito.


Asistentes al Rototom trasladan su equipaje en un carrito.

100 conciertos. Siete escenarios

Del Main Stage al Lion Stage, pasando por African Stage, el escenario Jumping, Caribbean Uptempo y otros dos clásicos del festival: Dub Academy y la Dancehall. Siete plataformas musicales con las que el certamen cabalgará desde el reggae, el dancehall o el dub, a la música de raíces negras, los ritmos más profundos del Caribe (con los sonidos del 2 tone, el ska o la cumbia a la cabeza), pasando por las sesiones de dj a ritmo de afrobeat y coupé-décalé.

Un cartel planetario con peso femenino y shows especiales

Artistas de 23 países (Jamaica, Panamá, Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Italia, Holanda, Francia, Angola o Ghana, entre otros) nutren el cartel del Rototom Sunsplash 2019. El festival recibirá a exponentes jamaicanos como el ganador del Grammy e hijo de Bob, Ziggy Marley; el heredero de la cultura reggae del siglo XXI, Chronixx; el creativo DJ de dancehall Busy Signal; la voz profunda de Bushman; la primera familia del reggae moderno: Morgan Heritage; o el temperamental vocalista rasta Anthony B, sin olvidar a la veterana banda Israel Vibration y Kenyatta Hill representando a Culture.

El cartel 2019 se abre también a leyendas del reggae celebrando aniversarios, como el 50 cumpleaños del grupo rastafari The Abyssinians, los 45 años de la banda de reggae progresivo Third World o las cuatro décadas en la música de la formación de ska Selecter y los profetas rastas Misty in Roots. El crisol musical del Rototom hará disfrutar al público de la riqueza del empoderamiento femenino con la versátil vocalista rasta Queen Ifrica; la primera dama del reggae, Marcia Griffiths; la cantautora jamaicana Jah 9 o las voces aterciopeladas de Lila Ike y Sevana, bajo la producción de Protoje. Y más: esta edición presenciará el regreso de bandas sonoras de clásicos cinematográficos del reggae (Rockers y Babylon); sumará otros referentes planetarios como los californianos Slightly Stoopid o el colectivo de hip hop francés L’Entourloop y bailará junto a los artistas internacionales que visitarán las áreas sound system.

Macaco en su actuación durante la pasada edición del Rototom.


Macaco en su actuación durante la pasada edición del Rototom.

Reggae patrio

2019 marca los diez años del Rototom en España y para honrar esta fecha y celebrar el crecimiento del reggae español, Green Valley regresa a Benicàssim con un concierto junto a invitados especiales para clausurar la edición Stand up for Earth el 22 de agosto. También representando al reggae patrio subirá al Main Stage la fusión de reggae, rumba y funk del barcelonés Macaco; el dúo navarro Iseo and Dodosound junto a los Mousehunters; y el trío harmónico de Madrid Emeterians. Se une el proyecto en femenino Women Soldier, una exhibición poderosa de la amplia gama de expresiones artísticas femeninas en el ámbito del reggae y el dub bajo la producción de Chalart58.

Ruta musical personalizada, by Wadub Kibir Sound System

Ángel de la Mata, cordobés, es uno de los vértices Wadub Kibir Sound System. Asiduo al Rototom Sunsplash, acerca a EL PAÍS su apuesta personal musical. “Con lo que me quedo del Main Stage es con la oportunidad de ver a muchos grupos que es probable que no volvamos a ver; hay muchos aniversarios de bandas que han hecho mucho por la difusión de la música jamaicana”, dice de la Mata, que destaca los shows especiales de Rockers y Babylon. También la puesta en escena de los franceses L’Entourloop, “que beben de influencias soul y hip hop de la vieja escuela, que al mezclarlas con el reggae dan un remix súper fresco y personal. Tengo muchísimas ganas de verlos”, dice. O el concierto especial de Green Valley & Friends por los diez años del festival en España. Sobre el Lion Stage, apostilla, “hay manteca de la buena”. Y cita a Eva Lazarus “con ese sonido UK tan suyo”, o a Gentleman’s Dub Club, también desde Reino Unido, y el show de Mad Professor. “El cartel de este año es una prueba de que la escena británica está dando mucha caña; se nota que el canal de acceso de la música del Caribe que suponían las islas sigue muy presente”. Y como “apasionado del dub”, Ángel recomienda no perderse nada de lo que va a pasar en la Dub Academy. “Estoy expectante, es una oportunidad única”, concluye.

Territorio ‘cashless’

Este año se estrena el sistema ‘cashless’. Todos los pagos que se realicen dentro del festival podrán hacerse únicamente con la pulsera de acceso, que actuará como una tarjeta de crédito. Dentro del recinto habrá tres puntos de recarga (en efectivo o con tarjeta y atendidos por personal físico) y en la acampada otros dos. Además, habrá seis quioscos automáticos repartidos en el recinto en los que solo podrá hacerse la recarga con tarjeta. El público podrá recuperar el dinero restante de su pulsera en la caja de salida o a través de la web del festival. No hay cajeros en el recinto. Tampoco máquinas de tabaco.

Meeting point y trucos para ‘influencers’

La estatua de Bob Marley o el símbolo gigante de la paz son dos buenas referencias para una quedada entre amigos dentro del recinto. El box de Radio Rototom ofrece una de las mejores panorámicas del Main Stage. Para los atardeceres, una buena opción para triunfar en redes sociales es fusionar el colorista escenario del African Village o las obras en construcción de la Social Art Gallery con la luz del sol despidiéndose.

Vivir el festival en familia

El Rototom Sunsplash evidencia que es posible vivir toda una experiencia vacacional familiar al cobijo de un gran festival. La oferta de actividades culturales para el público ‘menudo’ en Magicomundo, Rototom Circus o Mercado Artesano, unidas a las comodidades del recinto –con aforo limitado para evitar masificaciones- y la acampada –que dispone de parcelas familiares en el área más sombreada del camping-, invitan a sumergirse cada verano, en familia, en el territorio reggae del Rototom. Este año el festival hace además un guiño especial al público adolescente y crea un área exclusiva para él: Teen Yard, con tres horas diarias de actividades.

El público del Rototom disfrutando en familia de una de las propuestas extramusicales del festival.


El público del Rototom disfrutando en familia de una de las propuestas extramusicales del festival.

Conciencia ‘verde’ para cuidar al planeta

La eliminación total del plástico se une a otras propuestas novedosas como las zonas de trueque para reducir residuos o una campaña de donación de alimentos contra el desperdicio de comida. Charlas, talleres de materiales reciclados, cine con mensaje y actividades eco en familia amplían las herramientas al alcance de todos, y todas, para hacer de éste, otro mundo posible.

Mucho que hacer entre concierto y concierto

El recinto acerca 40 propuestas gastronómicas para enriquecer paladares. Cocina japonesa y tailandesa, platos senegaleses y de fusión etíope y marfileña o repostería del Magreb; junto a deliciosas propuestas de Perú, Colombia y Argentina; arroces y otros bocados tradicionales valencianos y platos veganos y vegetarianos, llenan el menú este año. La novedad ‘gastro’ se llama Pura Vida, un espacio dedicado a bebidas alternativas. Entre concierto y concierto y bocado y bocado, un buen plan pasa por adentrarse en la Reggae University y explorar a través de sus proyecciones y debates el legado y el futuro del género musical jamaicano por excelencia; o por dar una vuelta por el mercadillo, que reúne decenas de puestos con bisutería artesanal, cosméticos, artículos textiles de tejido ecológico y estilos diversos -del urbano al rastafari-, etc. También por atreverse con alguna sesión de yoga o con los talleres de canto y expresión corporal en Pachamama. Y quienes prefieran la playa, pueden darlo todo en las clases de dancehall del Solé Rototom Beach, el chiringuito oficial del festival en el Gurugú.

Varios asistentes disfrutan de la actividades del Rototom.


Varios asistentes disfrutan de la actividades del Rototom.

Un festival inclusivo

El festival ofrece entradas gratuitas para menores de 13 años, mayores de 65 y personas con discapacidad superior al 65%, junto a un acompañante. Cuenta además con instalaciones adaptadas. Las personas empadronadas en Benicàssim tienen 50% de descuento en los tickets, y aquellas en situación de desempleo podrán acceder al recinto el 20 de agosto por 5 euros.

Los más pequeños disfrutando de las actividades infantiles del Rototom.


Los más pequeños disfrutando de las actividades infantiles del Rototom.

Respect Point

Garantizar el acceso al ocio seguro para todas las personas y un festival libre de comportamientos y agresiones sexistas, racistas o de LGTBifobia es el objetivo del Respect Point, que se instalará junto a la carpa del Foro Social del 16 al 22 de agosto entre las 19.00 y las 6.00 horas.



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EL PAÍS

¿Políticas contra la obesidad?


La prosperidad es el objetivo lógico de cualquier sociedad, pero también trae sus propios riesgos. Uno de ellos es la obesidad. La población con sobrepeso se ha incrementado prácticamente al mismo tiempo que disminuía la desnutrición. Por eso, porque la obesidad es prima hermana de la abundancia, América Latina en pleno -pero, sobre todo, sus países más ricos- es hoy más obesa que nunca.

¿Políticas contra la obesidad?



Las tasas de obesidad de las grandes naciones latinoamericanas todavía no han alcanzado los peligrosos índices de sus vecinos del norte. Pero hacia allá se encaminan. La bella paradoja es que por una vez el retraso en la prosperidad ofrece una ventaja para los que llegan tarde: la oportunidad de aprender de los errores de los que cayeron primero en el problema de los ricos.

¿Políticas contra la obesidad?



Lo primero que hay que tener en cuenta es que no toda abundancia tiene el mismo efecto. Ciertos alimentos contribuyen más al que es el principal mecanismo para producir obesidad: los productos ultra-procesados (aquellos que son profundamente transformados desde su forma original, con sustanciales añadidos de otros ingredientes, normalmente grasa, azúcar y sal) han sido identificados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como determinantes en la extensión de la obesidad en el continente.

¿Políticas contra la obesidad?



Bebidas azucaradas, galletas, panes industriales… existe evidencia sólida de que todos ellos fomentan el consumo excesivo de calorías. Igualmente, cada vez tenemos más datos de que la cantidad de ejercicio que necesitaríamos hacer para compensar dicho consumo sin reducirlo es más bien inalcanzable. Por todo ello, a la hora de buscar políticas para frenar el crecimiento de la obesidad parece una buena idea empezar por preguntarnos cómo podemos embridar a los ultraprocesados.

¿Basta con más información?

Quizás lo que necesita la ciudadanía es más información. Y, si la obtiene, tal vez comience a tomar decisiones más acordes con su bienestar a largo plazo. Más específicamente, si obligamos a las empresas a informar de manera clara, comprensible y accesible del contenido de sus alimentos

Esta es la lógica que ha llevado a todo un movimiento (o, más bien, a una serie de iniciativas) para demandar un etiquetado más claro y visible en los supermercados. Según la mayoría de estas propuestas, la información a mostrar quedaría en el frente del envase para que se pudiera observar de un vistazo. Incluiría precisamente la cantidad de calorías; azúcares añadidos; sodio y grasas, particularmente las saturadas. Y lo que es más importante: no se trata de representar estas cantidades de manera exacta tanto como de que cualquier persona entienda si está adquiriendo un producto que entraña algún riesgo para su salud. Aquí existen varias alternativas: desde la conocida como técnica del semáforo (verde para niveles razonables de calorías, grasa, azúcares o sodio; amarillo y rojo para los progresivamente elevados) hasta, sencillamente, indicar “alto” o “bajo” en cada uno de los componentes. Tal ha sido, por ejemplo, la propuesta defendida en Colombia (derrotada en el Legislativo).

No quedarse sencillamente en las cantidades es una buena idea: cabe esperar que la mayoría de personas no tenga una noción clara de qué es una cantidad saludable de cualquiera de esos elementos en una persona promedio. Los datos de una encuesta pública realizada en México confirman la impresión con creces.

¿Políticas contra la obesidad?



Ahora bien, esa misma encuesta arroja unos datos que invitan a pensar que añadir información en el mercado es condición necesaria, pero no suficiente, para reducir significativamente la obesidad. Resulta que una abrumadora mayoría de los mexicanos decía conocer la etiqueta, pero una porción casi igual de importante afirmaba no leerla ni tomar decisiones de compra por ella. Y aunque varios citaban la falta de claridad o visibilidad como una de las causas para esta falta de efecto, la verdad es que eran menos de un 10% quienes solo se referían a este tipo de problemas, frente a un tercio que admitían falta de interés o tiempo sin referirse a las cuestiones operativas.

¿Políticas contra la obesidad?



Estos datos no descartan, ni mucho menos, la conveniencia de un mejor etiquetado. La información siempre será una herramienta poderosa para aquellos consumidores que disponen del tiempo y los códigos para interpretarla, así como los recursos para actuar en consecuencia. El sistema semáforo por ejemplo, demostró en varios estudios que ayudaba a identificar adecuadamente los productos más saludables. Pero una cosa es hacernos saber lo que debemos hacer y otra distinta es que lo hagamos. Recomendaciones ampliamente difundidas como la campaña del Servicio Nacional de Salud británico que recomendaba el consumo mínimo de cinco piezas de fruta o verdura al día fueron conocidas incluso fuera de las fronteras del Reino Unido. Sin embargo, la evidencia de su capacidad para poner más vegetales en las cestas de la compra es desigual y poco concluyente. Se acotan así las esperanzas, señalando que no puede ser la única política en el menú contra la obesidad.

Poner difícil lo malo

Hablábamos de tiempo, códigos y recursos para hacer uso de la información. Pero habría que añadir otra dimensión más: la voluntad. Que las personas seamos agentes más o menos racionales no quiere decir que no estemos sometidos a tentaciones, sesgos, convenientes olvidos. Trampas, incluso. A veces autoimpuestas y en otras ocasiones, provenientes del contexto.

Ese contexto muchas veces toma la forma de una especie de pantano alimenticio (en inglés los llaman food swamps): grandes áreas en las que la comida accesible por defecto para sus residentes es en su mayoría ultraprocesada. Al menos para los EE UU, estas densidades de lo nocivo predicen [tasas de obesidad más altas]. Normalmente, además, se presentan en entornos de menor poder adquisitivo. Ahora bien: lo fácil es identificarlos. Lo complicado, hacerlos desaparecer.

Drenar completamente estos pantanos de comida nociva se antoja descomunal, difícilmente canalizable para Estados completos. Aquí es conveniente pensar más bien en escala urbana. Por ejemplo: la ciudad de Nueva York decidió hacer más accesible la comida sana, con políticas que hacían hincapié en los vecindarios con menor nivel medio de ingresos. Los efectos existen, pero son más bien modestos: una década apenas añadió un punto porcentual más de personas que consumían alguna fruta o verdura. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en un 1% de Nueva York caben decenas de miles de personas. En cualquier caso, más profundos y duraderos parecen los programas centrados en convertir la comida sana en una opción por defecto dentro lugares donde la intervención pública de gran escala sí es posible: principalmente, en los colegios.

“Si quieres que alguien empiece a hacer algo, pónselo más fácil” es una paráfrasis del psicólogo Daniel Kahneman que resume bastante bien el espíritu de este tipo de intervenciones. Pero de esa aserción a la otra, necesaria cara de la moneda media un segundo de reflexión: si quieres que alguien deje de hacer algo, pónselo difícil. O menos fácil.

Excluyendo la prohibición completa, es aquí donde entra en juego la que quizás sea la medida con mayor potencial, y también más cargada de polémica. Los impuestos sobre alimentos nocivos, en particular bebidas con azúcar añadida, están en la mira de muchos países latinoamericanos. Y en el cuerpo legislativo de más de uno. Chile, México y Perú cuentan con el suyo. También las islas caribeñas de Dominica y Barbados. En Colombia la propuesta ha sido tumbada varias veces. Pero el asunto es que funciona.

Funciona si el objetivo es reducir el consumo de bebidas azucaradas, en cualquier caso. En México las estimaciones apuntan a una caída relevante en la compra de estos productos. Pero es demasiado pronto para saber si está teniendo algún efecto duradero en el problema último: la obesidad. No sabemos si las calorías que se dejan de consumir por esta vía se están reemplazando con otras, por ejemplo. Ni tenemos apenas experiencia con sistemas impositivos más completos, que tasen directamente el elemento (grasa, azúcar). El intento más completo lo llevó a cabo Dinamarca hace casi una década. Un impuesto sobre la carne, los productos lácteos y las grasas para cocinar (aceites incluidos) cuyos efectos muchos (pero no todos) consideran hoy un fracaso. Entre otras cosas, y sirva de esto como lección de la imprevisibilidad del comportamiento humano, porque una cantidad significativa de daneses (país pequeño, profundamente integrado con sus vecinos con los que mantiene fronteras casi invisibles en el marco de la Unión Europea) se iba a comprar esos mismos alimentos a, por ejemplo, Alemania.

Las herramientas políticas a nuestra disposición para luchar contra la obesidad, en suma, existen y funcionan, pero también que tienen efectos limitados, a veces inciertos, y que no salen gratis: con cada una de ellas estamos restringiendo un poco la capacidad de decisión inmediata de las personas. Pero si asumimos todos esos riesgos, si decidimos atarnos las manos hoy para mejorar nuestra situación mañana como ya lo hicimos con el tabaco, la cuestión no será cuántos años de vida estamos dispuestos a pagar por cada grado adicional de libertad. Así lo plantean algunos a la derecha del espectro ideológico, ignorando que la propia decisión de poner coto a nuestras decisiones y a las acciones de quienes se benefician de ellas también es un ejercicio pleno de esta misma libertad. La autonomía no empieza ni termina en un supermercado.



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EL PAÍS

El estratega Kárpov (XIX)




Partida modélica sobre la lucha contra un peón aislado, uno de los temas posicionales más estudiados



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EL PAÍS

“Parece que va lento, pero se come la montaña entera”



El cementerio de Montaña Alta se convierte por una tarde en una especie de mirador de la muerte. Desde esa atalaya tétrica se divisa el incendio que amenaza un ecosistema que mezcla vegetación centenaria con especies introducidas durante el último siglo. La gama cromática pasa del verde al negro a gran velocidad ante el pasmo de los lugareños. El fuego se ve, se huele. Y hace ruido en un espacio habitualmente silencioso: el crepitar de los árboles causa un estruendo arrollador. “Parece que va lento, pero se come la montaña entera”, acierta a resumir Paca Déniz. Con las maletas en el coche, acaba de abandonar su casa: en el cementerio, a apenas medio kilómetro, observa petrificada cómo el fuego se va acercando a su vivienda. El incendio, el más grave en España desde 2013, ha quemado ya más de 10.000 hectáreas y ha obligado a desalojar a 9.000 personas.

A. M. lleva dos evacuaciones en una semana; ya tuvo que dejar su casa hace 10 días por el incendio que se inició en Artenara. Y volvió a ser evacuado el sábado por la tarde, esta vez porque las llamas venían a una velocidad nunca vista barranco abajo. En el momento en el que se inicia la conversación está en la más absoluta incertidumbre: “Ahora mismo no sabemos como está la vivienda, ni siquiera si sigue ahí”, arranca. Duerme en la casa de amigos; sus vecinos han sido acogidos por familiares y en una residencia escolar cercana. “Pasé por la ira y ahora ya estoy en la resignación y aceptación: el desastre ya está hecho, pero ahora mismo hay que estar sereno”, asegura como tratando de convencerse. Le mandan un audio por WhatsApp y se aleja: en los incendios forestales las alegrías y las penas se digieren en directo. Vuelve a la conversación con una sonrisa: su casa no se ha quemado. Al menos todavía no.

La incertidumbre de ese todavía no envuelve la mayoría de las conversaciones. Coralia González, que es pastora, apura una botella de agua para aguantar el calor, que a media tarde supera los 40 grados. Tiene una quesería en Lomo del Palo, Gáldar. Es su medio de vida como lo fue el de su madre y el de su abuela: los productos que elabora los abastece gracias a 111 ovejas y 17 cabras. Tuvo que huir de la quesería de forma preventiva; los animales están confinados y no sabe si están vivos o no. “Qué pena”, acierta a decir, “me gustaría entrar un momento, darles agua y comida y volver a salir”, dice al otro lado del cordón que impide el paso. Otro de los vecinos, Ferminito, aparece por allí con la misma petición: “Es solo darle agua; es lo mínimo, hombre”. Pero es difícil: el fuego se ceba con el monte. Entonces, el alcalde de la localidad, Pedro Rodríguez, permite a los dos vecinos acercarse a sus animales escoltados por Protección Civil. Otra vez las alegrías y las penas en directo.

A medida que avanza el día, el barrio se va vaciando sin que nadie lo haya ordenado. En el bar, un televisor escupe las últimas noticias: Ayacata, en Tejeda, es el enésimo núcleo urbano desalojado. Tejeda es noticia porque ha sufrido dos incendios forestales en 10 días; tanto los habitantes de su casco urbano como los de diversas barriadas han sido evacuados. Los ánimos están por los suelos. Las fiestas, que solían ser un imán para quienes emigraron hace tiempo a la ciudad, han sido canceladas. En principio, las casas se han salvado del fuego, pero los vecinos saben que el incendio es una suerte de bomba de relojería y que el peligro puede volver en cualquier momento.

Raúl García y su familia también son de Tejeda y están entre los evacuados. Se han instalado en el albergue de San Mateo, el pueblo vecino que ha desplegado un sistema de voluntariado organizado por su Ayuntamiento que está permitiendo no solo alojar, sino también alimentar y acompañar a decenas de personas. Raúl vio quemarse sus tierras —su forma de vida— en el primer incendio, hace unos días. Ahora, ya con resignación, sabe que el paisaje que veía a diario se ha convertido en ceniza.

A unos kilómetros de allí, Agaete también debería estar en fiestas. Se trata de un pueblo marinero y alegre que ha tenido que aparcar la feria y asiste atónito a los devastadores efectos del incendio, que ha ido empujando barranco abajo a los vecinos de El Hornillo y El Sao, y que amenaza a los de El Valle, San Pedro y otros pagos. El viento empuja con fuerza las llamas. El parque natural de Tamadaba, un pinar verde que se asoma al Atlántico, es la azotea de este pueblo: centenares de hectáreas están siendo devoradas. Familias enteras han pasado la noche en Agaete; lo que se dice dormir, según cuentan, no durmió nadie. Y tiene pinta de que hoy tampoco será posible. “La noche va a ser complicada”, le dice Fermina a su hija al teléfono. “No sé si volveremos a la casa”, anuncia poco antes de colgar y de alejarse con un lento y pegajoso caminar hacia la plaza en la que se reúnen los evacuados. Ese es el temor que comparte mucha gente: más allá del desastre medioambiental, se abre paso el desasosiego ante la posibilidad de perder la casa.



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