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EL PAÍS

La rocambolesca historia de los osos de agua enviados a la Luna para preservar la civilización



Hace una semana, el inversor estadounidense Nova Spivack sorprendió al mundo anunciando en la revista Wired que había enviado animales a la Luna a bordo de la sonda israelí Beresheet. Los viajeros en cuestión son unos seres microscópicos conocidos como osos de agua o tardígrados, capaces de sobrevivir a temperaturas de 200 grados bajo cero o 150 sobre cero, de resucitar después de diez años sin agua o de resistir las condiciones extremas del viaje espacial sin escafandra. El pasado abril, Beresheet aspiraba a convertirse en la primera sonda impulsada por inversores privados en posarse sobre la Luna, pero acabó estrellada. Sobrevivir a ese impacto era improbable, pero si alguien lo podía hacer eran los osos de agua.

Según reconocía Spivack en la entrevista, la idea de lanzar tardígrados con la sonda israelí fue algo que surgió poco antes de enviar hacia Oriente Medio el paquete que su organización, The Arch Mission Foundation, quería colocar en el espacio. En principio, el contenido consistía en una “biblioteca lunar” con 60.000 imágenes de alta resolución de páginas de libros clásicos, la Wikipedia en inglés casi al completo y los secretos de los trucos de magia de David Copperfield.

La decisión de incluir muestras de ADN, tardígrados y millones de células de diversos organismos se tomó en el último momento

Esta información es parte del plan de Spivack para difundir conocimiento por todo el sistema solar con el objetivo de que, dentro de miles o incluso millones de años, las ideas o la información necesaria para reconstruir la civilización humana se encuentren en tantos sitios del universo como sea posible. “Cuantas más [bibliotecas] sean enviadas, más probabilidades habrá de que alguna pueda sobrevivir y sea descubierta en un futuro lejano”, explica. The Arch Mission Foundation ya envió la trilogía de novelas Fundación de Isaac Asimov a bordo del Tesla Roadster que Elon Musk puso en 2018 en órbita alrededor del Sol.

El emprendedor estadounidense decidió incluir a última hora muestras del ADN de 24 personas, incluidas las suyas, pegadas a las capas de níquel que conservan las imágenes con la librería que contiene el conocimiento para restaurar la civilización. Además, incluyeron muestras de lugares sagrados del mundo y algunos tardígrados deshidratados. Después, esparcieron unos miles más de estos ositos de agua pegados a la cinta adhesiva que cubrió la biblioteca lunar para protegerla.

Después del choque de Beresheet contra la Luna, es difícil asegurar que los animales microscópicos sobreviviesen —aunque Spivack mantiene la esperanza— y no existe ningún plan para acercarse a recuperarlos y traerlos a la Tierra para rehidratarlos y comprobar si pueden sobrevivir a esta experiencia extrema. El fundador de The Arch Mission Foundation explica a Materia que, además de los tardígrados, enviaron 100 millones de células de diversos organismos incrustados en una resina epoxi con el fin de poner a prueba sus métodos para preservar material biológico en el espacio.

Además de la improvisación en el envío de material biológico a la Luna, el proyecto de Spivack ha tenido otras características poco ortodoxas. Preguntado por este periódico sobre los detalles del envío de tardígrados a la Luna, Oded Aharonson, director científico de la misión, reconoce: “No he tomado parte en esta decisión”. También sugiere que no sabía que se iban a enviar estos animales a bordo de Beresheet y que prefiere “no hablar de este tema”. Spivack, por su parte, asegura que no trataron el envío de material biológico a la Luna con el equipo SpaceIL, la compañía responsable de la misión. “Somos una organización aparte que compró espacio para llevar una carga”, señala. Preguntado por si entre los responsables de la misión alguien conocía con detalle el contenido de esa carga, Spivack se niega a ampliar información. “Eso es todo lo que podemos decir”, afirma.

El miedo a que esos animales superresistentes contaminen la Luna sería infundado. Bernard Foing, científico de la Agencia Espacial Europea (ESA) y director del Grupo Lunar Internacional, considera “probable que estos organismos en la Beresheet no hayan sobrevivido al impacto y la exposición posterior a la radiación ultravioleta”. Foing señala que la propia ESA, que ya ha enviado tardígrados al espacio, ha planeado llevar estos animales a la Luna.

Gerhard Kminek, responsable de protección planetaria de la Agencia Espacial Europea, aclara que, a diferencia de Marte, protegido para no malograr con contaminación terrestre la posibilidad de encontrar indicios de actividad biológica, “no existen requerimientos técnicos de protección planetaria para la Luna y no hay limitaciones desde el punto de vista de la contaminación biológica u orgánica”. La única recomendación del Comité de Investigaciones Espaciales (COSPAR) —el organismo internacional encargado de la protección del espacio exterior— consistiría en informar sobre los elementos orgánicos enviados antes de que pasen seis meses desde el lanzamiento. “El choque de esta misión con material biológico no violó ningún requerimiento técnico de protección planetaria”, aclara Kminek.



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EL PAÍS

¿Políticas contra la obesidad?


La prosperidad es el objetivo lógico de cualquier sociedad, pero también trae sus propios riesgos. Uno de ellos es la obesidad. La población con sobrepeso se ha incrementado prácticamente al mismo tiempo que disminuía la desnutrición. Por eso, porque la obesidad es prima hermana de la abundancia, América Latina en pleno -pero, sobre todo, sus países más ricos- es hoy más obesa que nunca.

¿Políticas contra la obesidad?



Las tasas de obesidad de las grandes naciones latinoamericanas todavía no han alcanzado los peligrosos índices de sus vecinos del norte. Pero hacia allá se encaminan. La bella paradoja es que por una vez el retraso en la prosperidad ofrece una ventaja para los que llegan tarde: la oportunidad de aprender de los errores de los que cayeron primero en el problema de los ricos.

¿Políticas contra la obesidad?



Lo primero que hay que tener en cuenta es que no toda abundancia tiene el mismo efecto. Ciertos alimentos contribuyen más al que es el principal mecanismo para producir obesidad: los productos ultra-procesados (aquellos que son profundamente transformados desde su forma original, con sustanciales añadidos de otros ingredientes, normalmente grasa, azúcar y sal) han sido identificados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como determinantes en la extensión de la obesidad en el continente.

¿Políticas contra la obesidad?



Bebidas azucaradas, galletas, panes industriales… existe evidencia sólida de que todos ellos fomentan el consumo excesivo de calorías. Igualmente, cada vez tenemos más datos de que la cantidad de ejercicio que necesitaríamos hacer para compensar dicho consumo sin reducirlo es más bien inalcanzable. Por todo ello, a la hora de buscar políticas para frenar el crecimiento de la obesidad parece una buena idea empezar por preguntarnos cómo podemos embridar a los ultraprocesados.

¿Basta con más información?

Quizás lo que necesita la ciudadanía es más información. Y, si la obtiene, tal vez comience a tomar decisiones más acordes con su bienestar a largo plazo. Más específicamente, si obligamos a las empresas a informar de manera clara, comprensible y accesible del contenido de sus alimentos

Esta es la lógica que ha llevado a todo un movimiento (o, más bien, a una serie de iniciativas) para demandar un etiquetado más claro y visible en los supermercados. Según la mayoría de estas propuestas, la información a mostrar quedaría en el frente del envase para que se pudiera observar de un vistazo. Incluiría precisamente la cantidad de calorías; azúcares añadidos; sodio y grasas, particularmente las saturadas. Y lo que es más importante: no se trata de representar estas cantidades de manera exacta tanto como de que cualquier persona entienda si está adquiriendo un producto que entraña algún riesgo para su salud. Aquí existen varias alternativas: desde la conocida como técnica del semáforo (verde para niveles razonables de calorías, grasa, azúcares o sodio; amarillo y rojo para los progresivamente elevados) hasta, sencillamente, indicar “alto” o “bajo” en cada uno de los componentes. Tal ha sido, por ejemplo, la propuesta defendida en Colombia (derrotada en el Legislativo).

No quedarse sencillamente en las cantidades es una buena idea: cabe esperar que la mayoría de personas no tenga una noción clara de qué es una cantidad saludable de cualquiera de esos elementos en una persona promedio. Los datos de una encuesta pública realizada en México confirman la impresión con creces.

¿Políticas contra la obesidad?



Ahora bien, esa misma encuesta arroja unos datos que invitan a pensar que añadir información en el mercado es condición necesaria, pero no suficiente, para reducir significativamente la obesidad. Resulta que una abrumadora mayoría de los mexicanos decía conocer la etiqueta, pero una porción casi igual de importante afirmaba no leerla ni tomar decisiones de compra por ella. Y aunque varios citaban la falta de claridad o visibilidad como una de las causas para esta falta de efecto, la verdad es que eran menos de un 10% quienes solo se referían a este tipo de problemas, frente a un tercio que admitían falta de interés o tiempo sin referirse a las cuestiones operativas.

¿Políticas contra la obesidad?



Estos datos no descartan, ni mucho menos, la conveniencia de un mejor etiquetado. La información siempre será una herramienta poderosa para aquellos consumidores que disponen del tiempo y los códigos para interpretarla, así como los recursos para actuar en consecuencia. El sistema semáforo por ejemplo, demostró en varios estudios que ayudaba a identificar adecuadamente los productos más saludables. Pero una cosa es hacernos saber lo que debemos hacer y otra distinta es que lo hagamos. Recomendaciones ampliamente difundidas como la campaña del Servicio Nacional de Salud británico que recomendaba el consumo mínimo de cinco piezas de fruta o verdura al día fueron conocidas incluso fuera de las fronteras del Reino Unido. Sin embargo, la evidencia de su capacidad para poner más vegetales en las cestas de la compra es desigual y poco concluyente. Se acotan así las esperanzas, señalando que no puede ser la única política en el menú contra la obesidad.

Poner difícil lo malo

Hablábamos de tiempo, códigos y recursos para hacer uso de la información. Pero habría que añadir otra dimensión más: la voluntad. Que las personas seamos agentes más o menos racionales no quiere decir que no estemos sometidos a tentaciones, sesgos, convenientes olvidos. Trampas, incluso. A veces autoimpuestas y en otras ocasiones, provenientes del contexto.

Ese contexto muchas veces toma la forma de una especie de pantano alimenticio (en inglés los llaman food swamps): grandes áreas en las que la comida accesible por defecto para sus residentes es en su mayoría ultraprocesada. Al menos para los EE UU, estas densidades de lo nocivo predicen [tasas de obesidad más altas]. Normalmente, además, se presentan en entornos de menor poder adquisitivo. Ahora bien: lo fácil es identificarlos. Lo complicado, hacerlos desaparecer.

Drenar completamente estos pantanos de comida nociva se antoja descomunal, difícilmente canalizable para Estados completos. Aquí es conveniente pensar más bien en escala urbana. Por ejemplo: la ciudad de Nueva York decidió hacer más accesible la comida sana, con políticas que hacían hincapié en los vecindarios con menor nivel medio de ingresos. Los efectos existen, pero son más bien modestos: una década apenas añadió un punto porcentual más de personas que consumían alguna fruta o verdura. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en un 1% de Nueva York caben decenas de miles de personas. En cualquier caso, más profundos y duraderos parecen los programas centrados en convertir la comida sana en una opción por defecto dentro lugares donde la intervención pública de gran escala sí es posible: principalmente, en los colegios.

“Si quieres que alguien empiece a hacer algo, pónselo más fácil” es una paráfrasis del psicólogo Daniel Kahneman que resume bastante bien el espíritu de este tipo de intervenciones. Pero de esa aserción a la otra, necesaria cara de la moneda media un segundo de reflexión: si quieres que alguien deje de hacer algo, pónselo difícil. O menos fácil.

Excluyendo la prohibición completa, es aquí donde entra en juego la que quizás sea la medida con mayor potencial, y también más cargada de polémica. Los impuestos sobre alimentos nocivos, en particular bebidas con azúcar añadida, están en la mira de muchos países latinoamericanos. Y en el cuerpo legislativo de más de uno. Chile, México y Perú cuentan con el suyo. También las islas caribeñas de Dominica y Barbados. En Colombia la propuesta ha sido tumbada varias veces. Pero el asunto es que funciona.

Funciona si el objetivo es reducir el consumo de bebidas azucaradas, en cualquier caso. En México las estimaciones apuntan a una caída relevante en la compra de estos productos. Pero es demasiado pronto para saber si está teniendo algún efecto duradero en el problema último: la obesidad. No sabemos si las calorías que se dejan de consumir por esta vía se están reemplazando con otras, por ejemplo. Ni tenemos apenas experiencia con sistemas impositivos más completos, que tasen directamente el elemento (grasa, azúcar). El intento más completo lo llevó a cabo Dinamarca hace casi una década. Un impuesto sobre la carne, los productos lácteos y las grasas para cocinar (aceites incluidos) cuyos efectos muchos (pero no todos) consideran hoy un fracaso. Entre otras cosas, y sirva de esto como lección de la imprevisibilidad del comportamiento humano, porque una cantidad significativa de daneses (país pequeño, profundamente integrado con sus vecinos con los que mantiene fronteras casi invisibles en el marco de la Unión Europea) se iba a comprar esos mismos alimentos a, por ejemplo, Alemania.

Las herramientas políticas a nuestra disposición para luchar contra la obesidad, en suma, existen y funcionan, pero también que tienen efectos limitados, a veces inciertos, y que no salen gratis: con cada una de ellas estamos restringiendo un poco la capacidad de decisión inmediata de las personas. Pero si asumimos todos esos riesgos, si decidimos atarnos las manos hoy para mejorar nuestra situación mañana como ya lo hicimos con el tabaco, la cuestión no será cuántos años de vida estamos dispuestos a pagar por cada grado adicional de libertad. Así lo plantean algunos a la derecha del espectro ideológico, ignorando que la propia decisión de poner coto a nuestras decisiones y a las acciones de quienes se benefician de ellas también es un ejercicio pleno de esta misma libertad. La autonomía no empieza ni termina en un supermercado.



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El estratega Kárpov (XIX)




Partida modélica sobre la lucha contra un peón aislado, uno de los temas posicionales más estudiados



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EL PAÍS

“Parece que va lento, pero se come la montaña entera”



El cementerio de Montaña Alta se convierte por una tarde en una especie de mirador de la muerte. Desde esa atalaya tétrica se divisa el incendio que amenaza un ecosistema que mezcla vegetación centenaria con especies introducidas durante el último siglo. La gama cromática pasa del verde al negro a gran velocidad ante el pasmo de los lugareños. El fuego se ve, se huele. Y hace ruido en un espacio habitualmente silencioso: el crepitar de los árboles causa un estruendo arrollador. “Parece que va lento, pero se come la montaña entera”, acierta a resumir Paca Déniz. Con las maletas en el coche, acaba de abandonar su casa: en el cementerio, a apenas medio kilómetro, observa petrificada cómo el fuego se va acercando a su vivienda. El incendio, el más grave en España desde 2013, ha quemado ya más de 10.000 hectáreas y ha obligado a desalojar a 9.000 personas.

A. M. lleva dos evacuaciones en una semana; ya tuvo que dejar su casa hace 10 días por el incendio que se inició en Artenara. Y volvió a ser evacuado el sábado por la tarde, esta vez porque las llamas venían a una velocidad nunca vista barranco abajo. En el momento en el que se inicia la conversación está en la más absoluta incertidumbre: “Ahora mismo no sabemos como está la vivienda, ni siquiera si sigue ahí”, arranca. Duerme en la casa de amigos; sus vecinos han sido acogidos por familiares y en una residencia escolar cercana. “Pasé por la ira y ahora ya estoy en la resignación y aceptación: el desastre ya está hecho, pero ahora mismo hay que estar sereno”, asegura como tratando de convencerse. Le mandan un audio por WhatsApp y se aleja: en los incendios forestales las alegrías y las penas se digieren en directo. Vuelve a la conversación con una sonrisa: su casa no se ha quemado. Al menos todavía no.

La incertidumbre de ese todavía no envuelve la mayoría de las conversaciones. Coralia González, que es pastora, apura una botella de agua para aguantar el calor, que a media tarde supera los 40 grados. Tiene una quesería en Lomo del Palo, Gáldar. Es su medio de vida como lo fue el de su madre y el de su abuela: los productos que elabora los abastece gracias a 111 ovejas y 17 cabras. Tuvo que huir de la quesería de forma preventiva; los animales están confinados y no sabe si están vivos o no. “Qué pena”, acierta a decir, “me gustaría entrar un momento, darles agua y comida y volver a salir”, dice al otro lado del cordón que impide el paso. Otro de los vecinos, Ferminito, aparece por allí con la misma petición: “Es solo darle agua; es lo mínimo, hombre”. Pero es difícil: el fuego se ceba con el monte. Entonces, el alcalde de la localidad, Pedro Rodríguez, permite a los dos vecinos acercarse a sus animales escoltados por Protección Civil. Otra vez las alegrías y las penas en directo.

A medida que avanza el día, el barrio se va vaciando sin que nadie lo haya ordenado. En el bar, un televisor escupe las últimas noticias: Ayacata, en Tejeda, es el enésimo núcleo urbano desalojado. Tejeda es noticia porque ha sufrido dos incendios forestales en 10 días; tanto los habitantes de su casco urbano como los de diversas barriadas han sido evacuados. Los ánimos están por los suelos. Las fiestas, que solían ser un imán para quienes emigraron hace tiempo a la ciudad, han sido canceladas. En principio, las casas se han salvado del fuego, pero los vecinos saben que el incendio es una suerte de bomba de relojería y que el peligro puede volver en cualquier momento.

Raúl García y su familia también son de Tejeda y están entre los evacuados. Se han instalado en el albergue de San Mateo, el pueblo vecino que ha desplegado un sistema de voluntariado organizado por su Ayuntamiento que está permitiendo no solo alojar, sino también alimentar y acompañar a decenas de personas. Raúl vio quemarse sus tierras —su forma de vida— en el primer incendio, hace unos días. Ahora, ya con resignación, sabe que el paisaje que veía a diario se ha convertido en ceniza.

A unos kilómetros de allí, Agaete también debería estar en fiestas. Se trata de un pueblo marinero y alegre que ha tenido que aparcar la feria y asiste atónito a los devastadores efectos del incendio, que ha ido empujando barranco abajo a los vecinos de El Hornillo y El Sao, y que amenaza a los de El Valle, San Pedro y otros pagos. El viento empuja con fuerza las llamas. El parque natural de Tamadaba, un pinar verde que se asoma al Atlántico, es la azotea de este pueblo: centenares de hectáreas están siendo devoradas. Familias enteras han pasado la noche en Agaete; lo que se dice dormir, según cuentan, no durmió nadie. Y tiene pinta de que hoy tampoco será posible. “La noche va a ser complicada”, le dice Fermina a su hija al teléfono. “No sé si volveremos a la casa”, anuncia poco antes de colgar y de alejarse con un lento y pegajoso caminar hacia la plaza en la que se reúnen los evacuados. Ese es el temor que comparte mucha gente: más allá del desastre medioambiental, se abre paso el desasosiego ante la posibilidad de perder la casa.



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