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“La vida a veces se conecta de maneras imprevisibles”: la paradójica historia de Alejandro Gaviria, el ministro de Salud de Colombia, que se enfermó de cáncer


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Alejandro Gaviria ha sido muy abierto con su enfermedad, publicó un blog cuando lo diagnosticaron con cáncer y en su cuenta de Instagram publica frecuentemente fotos sobre las novedades. (Foto cortesía @agaviriau)

Doce horas bastaron para que la vida de Alejandro Gaviria cambiara drásticamente. Lo que en la mañana era una sensación de hastío e indigestión que él le atribuyó al exceso de la noche anterior, de repente se convirtió en un cáncer linfático.

Una enfermedad, con toda la crudeza que la palabra trae en su letras, que en su caso era, además de triste y preocupante, bastante paradójica.

Alejandro Gaviria es desde hace casi seis años el ministro de Salud y de Protección Social de Colombia, así que de gerente de la salud pasó en una mañana a convertirse en el paciente.

Un paciente de un sistema de salud controvertido, en un país que él mismo describe como “muy desigual”.

Pero hay otra serie de eventos, de decisiones previas que tomó como funcionario público, de políticas que lideró desde su posición, que ahondan la perplejidad de lo que le pasó.

El también autor del libro “Alguien tiene que llevar la contraria”, reeditado recientemente, está invitado al Hay Festival de Cartagena, a la ciudad colombiana, este fin de semana para compartir su historia y sus polémicas posiciones sobre lo que él considera derechos fundamentales, aunque algunos las califiquen como políticas demasiado liberales.

BBC Mundo conversó con él.

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Gaviria hablando en la Organización Mundial de la Salud, antes de ser diagnosticado con cáncer. (Foto cortesía @agaviriau)

En su libro “Alguien tiene que llevar la contraria” hay una frase que incluyó en un discurso de grado universitario: “De todas las vidas que pudieron haber vivido, tendrán sólo una para contar”.

Esa frase que utilicé en el discurso la había leído por ahí en un cuento que siempre me quedó grabado del novelista y cuentista americano Ethan Canin, del cuento The Palace Thief (“El ladrón del palacio”, en español), que terminaba con esa frase, y yo creo que así me he tratado de definir yo de alguna manera. La importancia de enlazar en nuestras vidas. Que aunque de alguna manera todo lo que me pasó tenía probabilidad cero de que pasara, me pasó.

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Una foto de archivo de Gaviria promocionando su libro “Alguien tiene que llevar la contraria”. (Foto cortesía @agaviriau)

Yo había estudiado ingeniería. Después fui decano de economía, y sin haberlo pensado, con una probabilidad muy pequeña, terminé en este cargo de ministro de Salud.

Luego me tropecé con otra circunstancia, también fortuita, de terminar enfermo de cáncer. Pero no sólo eso.

Hay algunas conexiones que son absolutamente extrañas. No son místicas, porque yo no creo en el destino, no creo en la divina providencia, pero sí creo que la vida a veces se conecta de maneras imprevisibles y esto hace que las vidas, las de todos, sean interesantes de contar”.

¿Cómo empezó el capítulo del cáncer en su vida?

Después de una mañana de reuniones en las que estuve con dolor de estómago toda la mañana, llegué torcido del dolor a la clínica. Pensé que podía tener algo normal, como cálculos en la vesícula o apendicitis, por el dolor tan insoportable.

Hasta que me dicen: “Hay que hacerle una ecografía”. Y ahí viene como el primer momento de terror, en el que me doy cuenta que tengo algo más grave.

Cuando veo la cara que hace el radiólogo que me está haciendo la ecografía y yo comienzo a preguntar insistentemente “¿Hay algo grave?” y el tipo se queda callado, y yo insisto “¿Hay algo para preocuparme?” y el tipo sigue callado… hasta que dice “Sí, hay un tema preocupante. Usted tiene muchos ganglios muy inflamados y tiene que quedarse hospitalizado”.

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Gaviria ha dado cuenta de la evolución de su enfermedad a través de las redes sociales. (Foto cortesía @agaviriau)

Al lado mío estaba hospitalizado quien había sido el jefe de la clínica, que había tenido un linfoma y casualmente estaba en recuperación. Él es el que entra y me dice: “Mire, esto parece un linfoma, tenemos que esperar a que le hagan una biopsia pero yo creo que la evidencia va hacia allá”.

Y ahí ya empieza todo esto. Eso fue el primero de junio del año pasado.

¿Qué cáncer tiene?

Exactamente es un “linfoma no Hodgkin de célula B grande c-MYC positivo”. Es en el sistema linfático. Yo lo tenía en la región retroperitoneal y tenía muchas masitas pequeñas y una en el lado izquierdo grande, de aproximadamente 7 centímetros.

¿Y ese diagnóstico tuvo que ver con que había comido mucho la noche anterior y por eso se sintió mal, o estaba de todas formas destinado a saberse?

Es una buena pregunta. Yo creo que tuve una suerte que fue la siguiente: uno de los ganglios que estaban creciendo se necrosó. Soltó un líquido y eso produjo lo que se llama una peritonitis química. Y de ahí vino el dolor.

Si eso no hubiera pasado, no tenía ningún síntoma, porque esto era completamente asintomático, y lo que pudo haber pasado es que dos, tres, cuatro, cinco meses después se me apareciera como una bola en el cuello y ya completamente invadido.

¿Qué fue lo primero que hizo cuando lo diagnosticaron?

Yo salí un poco como confundido y recuerdo que en el camino del oncólogo a mi oficina puse a buscar en Google y ahí empecé a ver que era complicado.

Ese mismo sábado me tocó llamar al presidente (Juan Manuel Santos). Me dijo “Pues si puede seguir de ministro y si su salud se lo permite, quédese, yo le pido que se quede”.

La forma más antipática de las desigualdades de nuestra sociedad son las desigualdades en salud”.

Alejandro Gaviria

Esperé el diagnostico claro y al final decidí quedarme para también estar ocupado. Aunque muchas veces me pregunté durante este tiempo si me excedí con esa decisión.

Durante su gestión usted había dado duras batallas por sacar adelante ciertas políticas que de una u otra manera tienen una relación directa con su enfermedad…

En este tema es justo donde vienen las conexiones extrañas con mi enfermedad, con mi cáncer.

Empiezo con la primera. Una de las tareas más difíciles que me tocó a mí en el ministerio desde el comienzo fue ponerle orden al desorden de los medicamentos. Por razones de un mal diseño institucional el sistema de salud de Colombia estaba al borde de la catástrofe financiera porque se pagaban los medicamentos a cualquier precio. Me tocó controlar los precios de los medicamentos que es muy complejo.

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“La gran mayoría (de los pacientes de cáncer) quiere compartir esta experiencia. Se genera una solidaridad inmediata”, afirma Gaviria. (Foto cortesía @agaviriau)

En esas primeras medidas que se tomaron en el ministerio por allá en el año 2013, había un medicamento que era como el paradigma representativo de toda esta lucha que se llamaba rituximab, producido por la farmacéutica Roche.

Cuando a mí me da el cáncer y me van a aplicar el medicamento y me describen el coctel de quimioterapia que me van a poner me dicen que se llama R-EPOCH, y yo digo “¿Esa R qué significa”. Y me dicen: “Es el medicamento rituximab”.

Es decir mi medicamente era el mismo cuyo precio logramos regular tiempo atrás.

¿Cuál es la siguiente casualidad?

Hay una segunda cosa que me parece también interesante que tiene que ver con la prohibición de las aspersiones aéreas con glifosato.

Me toco ese debate por allá hace dos año. En marzo de 2015, la Agencia Internacional de Estudios sobre Cáncer había sacado una monografía diciendo que había evidencia de una probable conexión entre el glifosato como sustancia y el cáncer.

Yo me acuerdo haber leído el estudio y después recordé que el cáncer que se mencionaba en esa monografía era el linfoma no Hodgkin, de nuevo, el cáncer que yo tengo. En su momento para mí era una enfermedad desconocida, jamás había oído hablar de ella, tenía incluso un nombre extraño, misterioso y ahí estuvo.

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Gaviria fue diagnosticado con linfoma no Hodgkin. (Foto cortesía @agaviriau)

La tercera ya es mucho más anecdótica y es el cannabis y los derivados del cannabis. El cannabis medicinal que esa fue otra pelea que tuvimos aquí donde lo reglamentamos. Colombia fue el país, después de Uruguay que más avanzó en América Latina en la reglamentación de los derivados del cannabis.

Yo me ocupé primero de los temas. Pero en esos debates me di cuenta que yo tenía tener los argumentos de salud pública y leí muchos artículos, incluso leí un libro publicado en Estados Unidos hace dos años que resumía toda la evidencia científica sobre los derivados del cannabis.

Leía mucho sobre el tema, apuntando en una libretica y lo repetía en los debates. Pero cuando me vino mi quimioterapia y en algún momento las nauseas eran muy fuertes, como ya había tenido contacto con todos estos señores que estaban haciendo algo, o que tenían estos intereses de empezar a producir derivados del cannabis y ya se les habían dado las licencias, pues muchos me dijeron “Mira, aquí, nosotros tenemos estas gotitas y te las podemos enviar”. Y utilicé yo el cannabis medicinal.

Eran dos gotitas sublinguales y yo pues me apliqué cinco. Y recuerdo que en la clínica había una televisión apagada en frente mío, y detrás estaban las cosas de quimioterapia que eran cuatro bolsas negras que se reflejaban en la pantalla. Yo las veía ahí, después de haberme aplicado las gotitas yo miro la pantalla y veo que hay como cuatro, cinco patos verdes bailando sobre la pantalla.

Dígame algo cotidiano que lo haya puesto triste visto desde la perspectiva de su enfermedad

Yo creo que Carolina (esposa) y Tomás (hijo) siempre fueron optimistas. Yo creo que la actitud era “usted no se puede morir y no se va a morir”. Pero yo tenía momentos difíciles, a veces cuando salía temprano de la oficina y llegaba antes que llegara Tomás del colegio. Oía los pasos rápidos que venían a saludarme y me daba como una tristeza… Cerraba los ojos y pensaba “Hijueputa, ¿por qué me está pasando esto?”.

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“Tu tiempo es limitado”: el tatuaje del ministro Gaviria. (Foto cortesía @agaviriau)

¿Cómo ha sido su experiencia compartiendo con otros pacientes con cáncer cuando tiene quimioterapia o radioterapia?

Una cosa que aprendí de los pacientes oncológicos es que a todos se nos exacerba el existencialismo. Todos además somos habladores, muy locuaces. La gran mayoría quiere compartir esta experiencia. Se genera una solidaridad inmediata. Todos queremos contarnos la historia. Le sirve a uno mucho contar las historias.

¿Usted cree, por ejemplo, que una experiencia de estas le aumenta al empatía?

A mí me ha llamado la atención el tema de la empatía, por supuesto, pero un poco más allá de la empatía, es ver la forma más antipática de las desigualdades de nuestra sociedad, que son las desigualdades en salud.

Yo terminé la quimioterapia en el mes de diciembre. Generalmente llegaba 7:00 – 7:30 AM. Me gustaba llegar, sentarme en la salita a esperar con los pacientes y oír sus historia. Entender las dificultades. Me di cuenta que el sistema de salud logra hacer algunas igualdades de acceso pero hay tantas desigualdades en las vidas de todos y somos un país tan desigual, que el sistema no puede corregirlas todas.

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Gaviria terminó la quimioterapia en diciembre pasado. (Foto cortesía @agaviriau)

Yo llegaba a la clínica que quedaba a pocas cuadras de mi casa, pero había una persona que había viajado cuatro horas para poder estar ahí sentada también al lado mío.

Y entrábamos los dos al mismo tiempo, hay dos máquinas de radioterapia, una a un lado y la otra del otro, y muchas veces nos llamaban al mismo momento y estábamos recibiendo el mismo tratamiento. Pero nuestras circunstancias eran distintas.

Hay otras cosas bonitas que me ha dejado la enfermedad. Volví a conectar con gente que no veía y de la que no sabía en años, ¿no? Me reconecté con mi vida. Como que uno lazos tenues con mi vida pasada, de un momento a otro, se llenaron de todo, como que esa red creció y se engordó.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombiana entre el 25 y el 28 de enero.



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El mexicano que encuentra y devuelve las medallas perdidas y robadas de la Segunda Guerra Mundial


Medallas

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Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética entregó más de 12.5 millones de reconocimientos, más que cualquier otro país.

“Oye, amigo, mira aquí. ¡Bonita estrella! Cómprala, no te arrepentirás”, le dijo a Eduardo Cruz un hombre que vendía pequeños pendientes baratos en la frontera de Estados Unidos. Ese fue el momento en que Cruz vio, por primera vez, una medalla con la Estrella Roja Soviética.

Cruz, joyero mexicano, se pasea de vez en cuando por los mercados de pulgas locales, donde a menudo puede encontrar algunas verdaderas joyas entre los cachivaches.

Con 40 ºC, Cruz viste una camisa blanca de manga larga y una chaqueta negra. El hombre está listo para reunirse con un diplomático. Un par de guantes blancos sobresalen de un bolsillo, son parte de las herramientas de un joyero.

Se podría pensar que el tema de conversación será el arte, la moda o la política. Pero es algo muy diferente.

Un dolor y una tristeza terribles

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Eduardo Cruz compró su primera medalla de guerra hace 16 años.

“Compré mi primera medalla de guerra hace 16 años. Una estrella roja estaba en medio de un conjunto de insignias de alguacil estadounidense. Pero inmediatamente me di cuenta de que era una especie de medalla militar, porque se podía ver que se habían usado metales preciosos para hacerla”, dice Cruz.

Adquirió la medalla por US$100 y se dirigió a su casa para averiguar lo que había comprado. Resultó que la estrella podía ser revendida por cerca de cinco veces el precio que había pagado: había sido otorgada a un soldado soviético en la Segunda Guerra Mundial.

Ni Cruz ni su familia están relacionados con Rusia, la URSS o la Segunda Guerra Mundial. Pero decidió que no vendería la medalla.

“Cuando descubrí que era una insignia militar, sentí un dolor y una tristeza terribles. Decidí encontrar al soldado al que pertenecía y devolvérsela”, dice Cruz.

La búsqueda resultó ser mucho más difícil de lo que el mexicano jamás imaginó. Solo y sin saber ruso, comenzó a buscar personas que pudieran ayudarlo a encontrar al dueño.

Así, el joyero conoció a una decena de personas en todo el mundo que respondieron a su solicitud.

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En promedio, una Orden de la Estrella Roja original, con documentos, puede valer más de US$50, mientras que la Orden de la Gloria puede alcanzar los US$70. La Orden de Lenin, hecha de oro y platino puede venderse por US$1.200 en el mercado negro.

Ahora, ellos compran -a sus expensas- insignias y medallas de los soldados soviéticos galardonados en la Segunda Guerra Mundial, luego buscan a sus familiares y les devuelven las medallas.

A veces tardan años en la búsqueda de los familiares.

Vendiendo hazañas heroicas

Es imposible decir exactamente cuántas condecoraciones de la Segunda Guerra Mundial están ahora en colecciones privadas, pero deben ser miles.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética entregó más de 12,5 millones de reconocimientos, más que cualquier otro país.

“Una gran cantidad de condecoraciones se subastaron en los ‘febriles años 90’. A menudo los veteranos vendían sus medallas para sobrevivir. Es terrible: sobrevivieron a la guerra y luego vendieron sus condecoraciones simplemente porque no había nada para comer”, dice Igor Nakhodkin, jefe de una organización de voluntarios cuyos miembros ayudan a excavar los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial en busca de soldados caídos.

Desde hace varios años, Nakhodkin ha ayudado a Cruz a devolver medallas a Rusia.

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Es imposible decir exactamente cuántas condecoraciones de la Segunda Guerra Mundial están ahora en colecciones privadas, pero deben ser miles.

“Lamentablemente, ahora el robo de insignias no es poco común. Los estafadores se acercan a los veteranos pretendiendo ser trabajadores sociales. Mientras uno de ellos habla con el veterano, el otro se lleva las insignias y medallas. Así es como las medallas entran en las colecciones privadas, y luego se revenden en todo el mundo”, señala Nakhodkin.

En promedio, una Orden de la Estrella Roja original, con documentos, puede valer más de US$50, mientras que la Orden de la Gloria puede alcanzar los US$70. La Orden de Lenin, hecha de oro y platino puede venderse por US$1.200 en el mercado negro.

Coleccionistas de Estados Unidos, China y Europa suelen ofrecer los precios más altos por las insignias soviéticas.

Hay foros dedicados a discutir cómo se obtienen condecoraciones de los antiguos países soviéticos y de Europa occidental sin ser detectados. Los oficiales de las aduanas rusas confiscan anualmente cerca de 400 condecoraciones que alguien trató de llevarse ilegalmente al extranjero.

Pero el flujo de insignias militares soviéticas en las subastas en Shanghái, París y San Francisco no ha cesado.

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Retrato de Alexander Smirnov junto a su medalla que recibió en 1950.

“Mira, encontramos esta insignia en una subasta en California. Dice en la descripción que la condecoración le fue otorgada a un soldado soviético que sobrevivió después de que un francotirador alemán le acertó en la cabeza”, dice Cruz, removiendo cuidadosamente la Orden de la Guerra Patria de su maleta.

Con la ayuda de algunos conocidos de Rusia, Cruz envió una solicitud al Archivo Central del Ministerio de Defensa de ese país, donde se almacenan los datos sobre los militares del ejército soviético que recibieron reconocimientos.

Resultó que la insignia pertenecía a un soldado del Ejército Rojo llamado Alexander Smirnov.

“Herido de gravedad por una bala durante un ataque el 23 de agosto de 1942… El diagnóstico es una herida de bala en ambas mejillas -la bala pasó directamente a través de ambas mejillas- con la mandíbula rota. Operación de la lengua y pérdida de dientes”, dice el formulario de ingreso.

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El soldado del Ejército Rojo Alexander Smirnov antes de partir a la guerra.

Después de que Smirnov fuera gravemente herido, fue tratado durante casi un año en el hospital.

En 1943, regresó al pueblo de Uglevo, en la región de Kostroma, a 500 km al noreste de Moscú.

A pesar de la grave herida en la cabeza, volvió a trabajar, atendiendo a su ganado.

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Antes de la guerra, dos hijos habían nacido en la familia Aleksandrov. Después de la guerra, llegaron cuatro hijas más.

Antes de la guerra, dos hijos habían nacido en la familia Aleksandrov. Después de la guerra, llegaron cuatro hijas más.

A Smirnov le otorgaron la Orden de la Guerra Patria en 1950.

“Papá siempre trató esta insignia como algo realmente especial. Nunca nos dijo nada sobre la guerra y solo usaba sus condecoraciones en días festivos. Luego se quitó todas las medallas de su chaqueta, excepto esta insignia. Y pidió que le tomaran fotos con ella”, recuerda su hija Galina Rotanova.

Negocios sin terminar

La condecoración de la familia de Smirnov desapareció a fines de los años 80. Las hijas del soldado sospechan que sus parientes robaron la medalla, pero no saben realmente qué pasó.

“Nosotros culpamos a un tío lejano nuestro. Papá solía revisar el pequeño cajón donde guardaba la medalla. Después de que el tío se fue, fue a revisarla. Y no había ninguna medalla. Simplemente gritaba. Lo tratamos de consolar. Él sospechó inmediatamente de nuestro tío”, recuerda Galina.

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Galina Rotanova, una de las hijas de Alexander Smirnov.

Sin embargo, ambas hijas admiten que nunca hicieron un esfuerzo especial por encontrar la insignia.

“Ni siquiera informamos a la policía”, dice la hija de Smirnov, con los ojos llenos de lágrimas. “¿Y quién demonios iba a saber cómo buscarla en nuestro pueblo?”.

Alexander Smirnov murió en 1988. Nunca volvió a ver su medalla, pero antes de fallecer, le pidió a su familia que en su tumba exhibieran la foto en que él sale usando su medalla.

Más de 30 años después, en la lejana Guadalajara, el joyero Eduardo Cruz, que la compró en una subasta en California, la envuelve cuidadosamente en un plástico de burbujas.

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Más de 30 años después de la muerte del soldado, en la lejana Guadalajara, el joyero Eduardo Cruz envuelve cuidadosamente la condecoración en un plástico de burbujas.

Cruz buscó a los familiares de Alexander Smirnov durante tres meses. Pero incluso cuando los encontró, devolverles la medalla no fue fácil.

Durante meses, Galina Rotanova no tuvo tiempo de ir a la notaría para confirmar su relación con el soldado. Cuando es época de cosecha en el pueblo, hay poco tiempo para otras cosas, y ciertamente no para la recolección de medallas de guerra.

Luego, en el verano de 2018, el esposo de Rotanova murió y ella tuvo que aceptar su pérdida, y las noticias sobre el hallazgo en México de la medalla perdida de su padre claramente la pillaron desprevenida.

Si no es posible encontrar a los familiares del soldado en cuestión o si se niegan a recuperar las condecoraciones, Eduardo Cruz las entrega a museos.

En diciembre de 2018, donó cinco insignias de combate al Museo Central de las Fuerzas Armadas de Rusia.

La medalla de Alexander Smirnov podría haber terminado allí.

Pero tras cuatro meses de reflexión y después de hablar con familiares y periodistas, Galina Rotanova logró reunir los papeles para hacer posible el envío de la medalla de vuelta a Rusia.

“¿Puedes caminar hasta el cementerio sin congelarte?”

Junto con los documentos que confirman su relación, las hijas de Alexander Smirnov, Galina y Zoya, enviaron a Cruz un documento notariado en el que juraban proteger la medalla de su padre y pasarla de generación en generación como una reliquia.

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La medalla fue enviada a Moscú desde México por valija diplomática.

“Para mí, esto es un signo de su lealtad. Creemos en las familias rusas, creemos en su honor. Creemos que no tenemos derecho a juzgar lo que sucedió y lo que sucederá. Todo esto está en manos de Dios”, dice Cruz.

El mexicano mira con interés el retrato de Smirnov: “Tiene un aspecto… casi sonríe. Como si supiera que la medalla se dirige a su casa”.

Cruz coloca con cuidado la medalla en una caja para entregarla al cónsul honorario ruso en Guadalajara, quien se encargará de enviarla por valija diplomática.

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El invierno es duro en el pueblo ruso donde vive la familia de Alexander Smirnov.

“¿Hace mucho frío en Rusia en invierno? ¿Puedes caminar al cementerio sin congelarte?”, pregunta de repente el joyero. Nunca ha visto la nieve en su vida.

“Espero realmente que la hija de Alexander vaya a su tumba y le muestre la insignia, dice.

Cruz firma una caja sellada con la medalla y se la pasa al diplomático ruso. Sonriendo, regresa a su taller de joyería.

Papá querido

En el centro cultural del pueblo, el suelo se limpió antes de la llegada de los funcionarios y periodistas de la ciudad.

Carámbanos de un metro de largo cuelgan del techo del club.

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Las hijas del soldado recibieron la medalla en el centro cultural de la villa de Pronino.

Cerca de 40 personas han llegado hasta el club. Parece que todos están un poco incómodos y quieren irse a casa.

Pero cuando la medalla es removida de la caja, la atmósfera cambia.

Al recibirla, las manos de Galina Rotanova tiemblan. De repente comienza a sollozar incontrolablemente, abrazada por su hermana, que está de pie junto a ella. Presionan la insignia de su padre contra el pecho.

En el pasillo el silencio es total.

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Las dos hijas de Alexander Smirnov, Galina y Zoya, recibieron emocionadas la condecoración de su padre.

“¡Muchas gracias a este mexicano! ¡Es un milagro que haya personas tan amables y comprensivas en el mundo!” dice Zoya Alexandrovna, incapaz de contener las lágrimas.

Agarrando la medalla, las hijas del soldado del Ejército Rojo se ponen rápidamente sus abrigos.

Apenas 20 minutos más tarde, se dirigen a la tumba de su padre con los tobillos bajo la nieve.

“Papá querido, te hemos traído tu medalla. Lloraste tanto en ese entonces… Deja que tu alma ahora descanse en paz”.

Las hijas colocan la medalla en su tumba, lloran de nuevo y miran con amor el retrato de Smirnov.

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La tumba del soldado Smirnov tiene su foto con su medalla.

Cuando Cruz recibió la foto de la familia del soldado en un cementerio cubierto de nieve, envió una carita alegre en respuesta.

“¡Mi corazón está lleno de felicidad! Me da fortaleza. Tenemos cinco medallas más que hemos guardado. Esperamos dárselas a sus familiares en mayo y el resto durante este año”, agrega.

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¿Confiarías en esta rana para decirte si estás embazada?



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La sangrienta historia de las primeras traducciones de la Biblia


John Wycliffe traduciendo

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No parece una ocupación muy peligrosa. Lo que John Wycliffe está haciendo es sólo traducir la Biblia del latín al inglés…

En 1427, el papa Martín V ordenó que los huesos de John Wycliffe fueran exhumados de su tumba, quemados y arrojados a un río. Wycliffe había estado muerto por 40 años, pero la furia que causó su ofensa seguía viva.

John Wycliffe (circa 1330-1384) era un destacado pensador inglés en el siglo XIV.

Teólogo de profesión, fue llamado para asesorar al Parlamento en sus negociaciones con Roma.

En ese tiempo, la iglesia era todopoderosa, y cuanto más contacto tenía Wycliffe con Roma, más indignado se sentía. El papado -pensaba- apestaba a corrupción e interés propio. Y él estaba decidido a hacer algo al respecto.

Wycliffe comenzó a publicar folletos argumentando que, en lugar de buscar riqueza y poder, la iglesia debería preocuparse por los pobres.

En una ocasión, describió al Papa como “el anticristo, el orgulloso sacerdote mundano de Roma y el más maldito de los esquiladores”.

En 1377, el obispo de Londres exigió que Wycliffe compareciera ante su corte para explicar las “asombrosas cosas que habían brotado de su boca”.

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El juicio contra John Wycliffe en la catedral St Paul de Londres tuvo lugar el 3 de febrero de 1377.

La audiencia fue una farsa.

Comenzó con una pelea violenta sobre si Wycliffe debería sentarse o no. Juan de Gaunt, hijo del rey y aliado de Wycliffe, insistió en que los acusados ​​permanecieran sentados; el obispo le exigió que se pusiera de pie.

Cuando el Papa se enteró del fiasco, emitió una bula papal [una carta o documento papal oficial] en el que acusó a Wycliffe de “vomitar de la mazmorra sucia de su corazón las más perversas y condenables herejías“.

Wycliffe fue acusado de herejía y puesto bajo arresto domiciliario y más tarde se vio obligado a retirarse de su puesto como Maestro del Colegio Balliol, Oxford.

La Biblia para la emancipación

Wycliffe creía firmemente que la Biblia debería estar disponible para todos. Veía la alfabetización como la clave para la emancipación de los pobres.

Aunque partes de la Biblia se habían traducido previamente al inglés, todavía no había una traducción completa.

La gente común, que ni hablaba latín ni podía leer, solo podía aprender del clero. Y gran parte de lo que creían saber, ideas como el fuego del infierno y el purgatorio, ni siquiera formaban parte de las Escrituras.

Así que, con la ayuda de sus asistentes, Wycliffe produjo una Biblia en inglés, durante un período de 13 años a partir de 1382.

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“Al principio, Dios creó los cielos y la tierra” y demás, en inglés, en la Biblia de Wycliffe.

Era inevitable que esto produjera una reacción violenta: en 1391, antes de que se completara la traducción de la Biblia, se presentó un proyecto de ley ante el Parlamento para prohibir la Biblia en inglés y encarcelar a cualquiera que poseyera una copia.

El proyecto de ley no fue aprobado, John de Gaunt se encargó de eso en el parlamento, pero la iglesia reanudó su persecución contra Wycliffe, a pesar de que había muerto hacía 7 años, en 1384.

Sin otras alternativas, lo mejor que podían hacer era quemar sus huesos [en 1427], así fuera sólo para asegurarse de que su lugar de descanso no fuera venerado.

El Arzobispo de Canterbury explicó que Wycliffe había sido “ese desgraciado pestilente, de condenable memoria, sí, el precursor y discípulo del anticristo que, como complemento de su maldad, inventó una nueva traducción de las Escrituras a su lengua materna”.

Jan Hus

En 1402, el sacerdote checo recién ordenado, Jan Hus, fue designado a un púlpito en Praga para ministrar en la iglesia.

Inspirado por los escritos de Wycliffe, que ahora circulaban en Europa, Hus usó su púlpito para hacer campaña en favor de una reforma administrativa y contra la corrupción de la iglesia.

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Jan Hus (1369-1415) era un reformador de la iglesia y seguidor de John Wycliffe. Además fue un defensor de la Independencia de Bohemia y por lo tanto contra el Imperio de Alemania. Grabado coloreado, Alemania siglo XVI.

Al igual que Wycliffe, Hus creía que la reforma social sólo podía lograrse mediante la alfabetización.

Darle a la gente una Biblia escrita en el idioma checo, en lugar del latín, era un imperativo.

Hus reunió a un equipo de eruditos y en 1416 apareció la primera Biblia checa.

Fue un desafío directo para aquellos a quienes llamó “los discípulos del anticristo” y la consecuencia era previsible: Hus fue arrestado por herejía.

El juicio de Jan Hus, que tuvo lugar en la ciudad de Constanza, es uno de los más espectaculares de la historia.

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La crema y nata de la sociedad -y quienes les servían- acudió al juicio.

Fue más parecido a un carnaval: casi todos los peces gordos de Europa asistieron.

Llegó un arzobispo con 600 caballos; 700 prostitutas ofrecieron sus servicios; 500 personas se ahogaron en el lago; y el Papa se cayó de su carruaje y aterrizó en un montón de nieve.

El ambiente era tan estimulante que la eventual convicción de Hus y su brutal ejecución debieron parecer un anticlímax.

El condenado fue quemado en la hoguera.

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Hus murió como todo un hereje, condenado por el Concilio de Constanza en 1415.

Su muerte galvanizó a sus partidarios en la revuelta. Sacerdotes e iglesias fueron atacados, las autoridades tomaron represalias. En pocos años, Bohemia entró en guerra civil.

Todo porque Jan Hus tuvo el descaro de traducir la Biblia.

William Tyndale

En lo que respecta a la Biblia en inglés, el traductor de más alto perfil que perdió la vida por ese crimen fue William Tyndale.

Corría el siglo XVI y Enrique VIII estaba en el trono.

La traducción de Wycliffe aún estaba prohibida y, aunque las copias de los manuscritos estaban disponibles en el mercado negro, eran difíciles de encontrar y costosas de adquirir. La mayoría de las personas todavía no tenía ni idea de lo que realmente decía la Biblia.

Pero la impresión en papel se estaba convirtiendo en algo más común, y Tyndale pensó que era el momento adecuado para una traducción accesible y actualizada.

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Se le dijo.

Sabía que podía crear una. Todo lo que necesitaba era la financiación y la bendición de la iglesia.

No obstante, rápidamente se dio cuenta de que nadie en Londres estaba dispuesto ayudarlo. Ni siquiera su amigo, el obispo de Londres, Cuthbert Tunstall. La política de la iglesia se aseguró de eso.

El clima religioso parecía menos opresivo en Alemania.

Lutero ya había traducido la Biblia al alemán; la Reforma protestante se estaba acelerando y Tyndale creyó que tendría más chance de realizar su proyecto allá. Así que viajó a Colonia y comenzó a imprimir.

Esto resultó ser un error. Colonia todavía estaba bajo el control de un arzobispo leal a Roma.

Cuando estaba en medio de la impresión del evangelio de Mateo se enteró que estaban a punto de allanar la imprenta. Agarró sus papeles y huyó.

Esa historia se repetiría varias veces. Tyndale pasó los años siguientes esquivando espías ingleses y agentes romanos.

Pero logró completar su Biblia y las copias pronto inundaron Inglaterra, ilegalmente, por supuesto.

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Grabado que muestra cómo las copias de la Biblia vernácula de Tyndale llegaba a Inglaterra escondida en fardos de diversos bienes.

El proyecto estaba completo, pero Tyndale era un hombre marcado… y no era el único.

El cardenal Wolsey estaba realizando una campaña contra la Biblia de Tyndale. Nadie relacionado con Tyndale o su traducción estaba a salvo.

Thomas Hitton, un sacerdote que había conocido a Tyndale en Europa, confesó haber contrabandeado dos copias de la Biblia a Inglaterra. Fue acusado de herejía y quemado vivo.

Thomas Bilney, un abogado cuya conexión con Tyndale era tangencial a lo sumo, también fue arrojado a las llamas en 1531.

Richard Bayfield, un monje que había sido uno de los primeros partidarios de Tyndale, fue torturado incesantemente antes de ser atado a la estaca. Y un grupo de estudiantes en Oxford fueron dejados en un calabozo que se usaba para almacenar pescado salado hasta que se pudrieron.

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Todo por esto: la Biblia traducida al inglés de Tyndale.

El final de Tyndale no fue menos trágico.

Fue traicionado en 1535 por Henry Phillips, un joven aristócrata disoluto que había robado el dinero de su padre y lo había perdido en apuestas.

Tyndale estaba escondido en Amberes, bajo la protección casi diplomática de la comunidad mercantil inglesa. Phillips se hizo amigo de Tyndale y lo invitó a cenar. Cuando salieron juntos de la casa del comerciante inglés, Phillips le hizo señas a un par de matones que atraparon de Tyndale.

Fue el último momento libre de su vida.

Tyndale fue acusado de herejía en agosto de 1536 y quemado en la hoguera unas semanas después.

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“Dios ábrele los ojos al rey de Inglaterra”, ruega Tyndale antes de que prendieran el fuego que lo consumió.

En Amberes, la ciudad donde Tyndale creía que estaba a salvo, Jacob van Liesveldt produjo una Biblia en holandés.

Como tantas traducciones del siglo XVI, su acto fue tanto político como religioso.

Su Biblia fue ilustrada con grabados en madera: en la quinta edición, representó a Satanás con la apariencia de un monje católico, con pies de cabra y un rosario.

Fue un paso demasiado lejos.

Van Liesveldt fue arrestado, acusado de herejía y condenado a muerte.

Una era asesina

El siglo XVI fue, de lejos, la época más sangrienta para los traductores de la Biblia.

Pero las traducciones de la Biblia siempre han generado emociones fuertes y continúan haciéndolo.

En 1960, la Reserva de la Fuerza Aérea de Estados Unidos advirtió a los reclutas contra el uso de la Versión Estándar Revisada recientemente publicada porque, según afirmaron, 30 personas en su comité de traducción habían sido “afiliadas a los frentes comunistas”.

En 1961, el estadounidense T.S. Eliot, uno de los principales poetas del siglo XX, se opuso a la Nueva Biblia en inglés y escribió que “asombra en su combinación de lo vulgar, lo trivial y lo pedante“.

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Hasta el poeta estadounidense TS Eliot tuvo algo que ver en esta historia.

Y los traductores de la Biblia todavía están siendo asesinados. No necesariamente por el hecho de traducir la Biblia, sino por ser una de las cosas que hacen los misioneros cristianos.

En 1993, Edmund Fabian fue asesinado en Papua Nueva Guinea, por un hombre local que lo había estado ayudando a traducir la Biblia.

En marzo de 2016, cuatro traductores de la Biblia que trabajaban para una organización evangélica estadounidense fueron asesinados por militantes en un lugar no revelado en el Medio Oriente.

Traducir la Biblia puede parecer una actividad inofensiva, pero la historia muestra que es cualquier cosa menos eso.

*El escritor británico Harry Freedman se especializa en historia de religión y cultura y es autor de The Murderous History of Bible Translations (Bloomsbury, 2016).

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