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María Teresa Campos, intervenida quirúrgicamente



La periodista y estrella de televisión María Teresa Campos, de 76 años, ha sido intervenida quirúrgicamente y se encuentra en observación con una evolución favorable, según ha informado la Clínica de la Luz de Madrid. El centro hospitalario asegura en un comunicado, que Campos ha sido intervenida “por un cuadro de suboclusión intestinal secundario a un cuadro adherencial por cirugía ginecológica previa”. La veterana periodista acudió este sábado de urgencia al hospital con un fuerte dolor abdominal.

El hospital ha emitido un comunicado a petición de la familia. El parte médico —firmado por José Luis Calleja, doctor en gastroenterología y hepatología y Carlos Durán Escriban, doctor en cirugía general y del aparato digestivo— detalla que la operación, realizada por vía laparoscópica, se ha desarrollado “sin ninguna incidencia”.

Su hija Terelu Campos explicaba este lunes por la tarde en el plató de Sálvame que los médicos tenían que repetirle las pruebas que le habían realizado para conocer la causa de la parada intestinal. Minutos después, abandonó el plató tras recibir una llamada de su hermana Carmen.

Terelu Campos hizo después de su llegada al hospital una llamada a la calma, por conexión telefónica y a través del programa de televisión, insistiendo en que estaban pendientes de la decisión médica y que no era una “cosa de gravedad”.

Campos sintió un dolor en el estómago alrededor de las cinco de la madrugada del pasado sábado y, por este motivo, fue hospitalizada. La propia presentadora entró por teléfono en Sábado Deluxe.“He pasado un mal ratillo esta mañana, pero ya lo veía venir desde hace bastante, cuando hizo un año que me quitaron la vesícula empecé a tener alguna molestia”, explicó la presentadora.



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Peor que malos: son maletas



Todo lo que podía salir mal salió peor. Hace un mes volví a México luego de pasar varios meses fuera por cuestiones profesionales. Volé con una reputada aerolínea, que forma parte de una no menos reputada alianza internacional. El viaje fue un desastre. El primer vuelo de mi trayecto se demoró cuarenta minutos, que eran cruciales para hacer una escala. Así que, ante la falta de alternativas, mi viaje se aplazó, de golpe, 24 horas. Allí estuvo el problema. Mi maleta, que fue documentada en el mostrador y bajó por la consabida banda de equipaje antes de que el personal de tierra se diera cuenta del retraso, desapareció del mapa.

Ya que saldríamos con 24 horas de retraso, me mandaron a reclamar a la oficina de equipaje extraviado del aeropuerto, puesto que, me dijeron, la línea ya no tenía acceso a la maleta. Tuve que formarme una hora y llenar un formulario descriptivo (pese a que llevaba conmigo la contraseña con las claves de etiquetado). Se me aseguró que esa misma tarde recibiría el equipaje en la dirección temporal en que me alojaría. Ya lo adivina usted: eso no llegó a suceder. Solo recibí un correo en que se me indicaba que, ya que la maleta no podría ser entregada a tiempo, sería remitida a mi dirección en México y entregada en la puerta de mi casa.

La maleta llegó al final, sí: un mes después. Y no a casa, sino al aeropuerto de mi ciudad. Un empleado de una aerolínea aliada con la mía tuvo la gentileza de enviar un correo para informarme que un equipaje con mi código había llegado a su bodega y que, si quería, pasara a ver. Lo llamé por teléfono. “¿No se suponía que entregarían la maleta en mi puerta?”, reclamé. “No tengo esa orden, amigazo”, respondió el hombre. ¿Qué sucedió durante ese mes de zozobras? Pues que sostuve una estrecha y asfixiante relación epistolar con la aerolínea, una sucesión de mensajes de queja que ellos respondían con amabilidad… y mentiras. Tres veces, durante ese periodo, me anunciaron que antes de 24 horas la maleta sería entregada. Y tres veces fallaron. Pedí cartearme con un supervisor. “Tienen que pasar 21 días para que pueda reportar el equipaje como perdido en la web de la empresa”, me comunicaron. A los 21 días reporté. Tuve que explicar de nuevo, punto por punto, el caso. “Le responderemos antes de 15 días hábiles”, replicó un mensaje automático. Era tanto tiempo que la maleta llegó antes de que el plazo se cumpliera. La pobre maleta. Ahí estaba, sí, en el aeropuerto de mi ciudad, al fondo de un estante en la oficina del hombre que me escribió. Sus cierres estaban rotos y había sido parchada con cinta canela para que las cosas no se le salieran. En su interior faltaban, desde luego, varias pertenencias. “A veces nos han dicho que la aduana desaparece objetos”, susurró el empleado de la compañía aliada de la mía como si me hiciera una gran revelación…

En 2018 se extraviaron en el mundo 24,8 millones de maletas. Europa, donde se perdió originalmente la mía, carga con el récord negativo: poco más de 7 de cada 1.000 piezas de equipaje no llegan a su destino, mucho más que las 2,85 que se pierden en América del Norte (suena a poco pero si pensamos en los millones de pasajeros diarios de la región, tenemos miles de afectados cada jornada). No, mi caso no es extraordinario. La aviación es un negocio que deja damnificados continuos por retrasos, sobreventas, malos tratos, por negligencia, pérdidas y robos. Un negocio que calcina el medio ambiente (la huella de carbono de cada vuelo es tremenda), nos cuesta carísimo y nos trata pésimamente. Mientras yo pasaba por este calvario, un colega periodista, el argentino Diego Fonseca, desataba una campaña en redes sociales para denunciar el extravío del equipaje de sus padres en un vuelo hacia Barcelona y la pésima gestión de la aerolínea que lo perdió. Se produjeron cientos de tuits y respuestas. Varios medios del mundo publicaron notas al respecto. ¿Y qué pasó? Nada. Que a Fonseca le fue peor que a mí. La maleta de sus padres nunca apareció, ni siquiera parchada y saqueada como la mía. Ambos andamos, ahora, perdiendo el tiempo con la esperanza de indemnizaciones que muy probablemente no lleguen a concretarse.

¿Cuál es la moraleja de la historia? Una muy sencilla. Que las aerolíneas nos toman el pelo. Y que, también en la manera en que viajamos, queda claro que el modelo económico en que vivimos es sádico, ineficaz e insostenible.

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Zahara de los Atunes, el paraíso escondido de los famosos


En Zahara de los Atunes, una entidad autónoma perteneciente a la localidad gaditana de Barbate, no hay puerto deportivo, ni grandes y lujosos yates atracados. Tampoco fiestas multitudinarias o festivales benéficos repletos de famosos que convoquen a cientos de paparazis cada verano. Playas kilométricas de arena blanca sustituyen a los campos de golf y polo y, desde hace una década, es el refugio perfecto para las caras conocidas de este país con gustos más indies que optan por pasar sus veranos en el anonimato, aquellos que prefieren la tabla de surf, los chiringuitos a pie de playa y la ausencia de ruido mediático.

Desde que en 2015 se hiciera público que personajes como el actor estadounidense Richard Gere o la exalcaldesa madrileña Manuela Carmena habían elegido Zahara de los Atunes para esconderse del mundanal ruido en los meses estivales, esta tierra de almadrabas de atún, aguas azules y silencio, ha saltado a la actualidad por ser el enclave donde es habitual cruzarte en verano con artistas como Dani Martín (exvocalista de El Canto del Loco), Hugo Silva, Imanol Arias, Pablo Carbonell, Aitana Sánchez-Gijón y Pepón Nieto. También la presentadora gaditana Paz Padilla, el comunicador Gran Gwyoming y otros personajes públicos como los cantantes Lolita, Ana Torroja, Antonio Carmona y su mujer Mariola Orellana. Un refugio natural en el que se alojan los que huyen del bullicio mediático que pueden ocasionar los tradicionales veraneos de la jet en localidades como la cercana Marbella (Málaga) o Ibiza, en las islas baleares.


Paz Padilla, en la playa de Zahara de los Atunes, en 2017.



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Paz Padilla, en la playa de Zahara de los Atunes, en 2017.

Perteneciente a Barbate, pueblo natal del legendario torero Francisco Rivera Paquirri, es habitual también encontrar por las playas de Zahara de los Atunes a su hijo Cayetano junto a su mujer, la presentadora sevillana Eva González; así como al también torero José Antonio Canales Rivera, barbateño de nacimiento como su tío. La playa de los alemanes, con impresionantes chalés blindados a la vista de cualquier curioso —ahí se camuflan las mansiones del empresario Javier Merino y el exministro Jaime Mayor Oreja, por ejemplo—, o la cotizada urbanización Atlanterra, son los enclaves preferidos por esta constelación de artistas que prefieren aparcar su condición pública durante los meses de julio y agosto.


El actor Hugo Silva, surfeando en las playas de Cádiz.



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El actor Hugo Silva, surfeando en las playas de Cádiz.

Zahara de los Atunes ha sido también el lugar elegido por algunos de ellos para ampliar sus negocios fuera de la industria artística. Es el caso de Aitana Sánchez-Gijón y Paz Padilla, que han despertado su vocación empresarial en la zona con la apertura de algunos de los chiringuitos de mayor concurrencia de la costa gaditana.

El chiringuito La Gata fue el pionero. Aunque conocido con este nombre ya no existe (cerró sus puertas en 2010), sigue abierto a pie de playa como El Pez Limón, y lo sigue regentando quien hizo este sitio emblemático: Eloy Sánchez Gijón, el hermano de la actriz Aitana Sánchez Gijón. Mojitos y conciertos de primer nivel siguen estando presentes en El Pez Limón. Estos recitales, sin embargo, no suelen programarse: se dan a conocer apenas días antes o incluso en las horas previas gracias al boca-oído de los veraneantes mejor informados. Es sitio fijo para El Gran Wyoming o Pablo Carbonell y su ubicación es también casi un misterio, puesto que no está señalizado.


Eva González y Cayetano Rivera Ordoñez, en Zahara, en 2012.



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Eva González y Cayetano Rivera Ordoñez, en Zahara, en 2012.

Por su parte, Paz Padilla, junto a su hermano, el conocido carnavalero Luis Padilla, ha abierto también un local a pie de playa. Se trata del chiringuito La Trompeta Beach, que funciona desde 2017.

El exfutbolista y empresario Aitor Ocio es otro de los vecinos pioneros que descubrió Zahara de los Atunes como refugio para el alma, pero también como enclave en el que ampliar sus negocios inmobiliarios. Tanta es la privacidad que ofrece este rincón, que Ocio ejerce de anfitrión de muchas primeras figuras futbolísticas de este país. Un caso conocido fue el de la pareja formada por Sergio Ramos y Pilar Rubio, invitados por Ocio en el verano de 2014, que protagonizaron un sonado percance en un restaurante de la localidad con una fotógrafa que quiso captar una imagen de la velada, algo absolutamente inusual en este entorno.


Pastora Vega, El Gran Wyoming y Pablo Carbonel, durante la manifestación en contra del cierre de los chiringuitos de Zahara de los Atunes, en 2006.



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Pastora Vega, El Gran Wyoming y Pablo Carbonel, durante la manifestación en contra del cierre de los chiringuitos de Zahara de los Atunes, en 2006.

Pero es que, además del anonimato y del enclave natural privilegiado, la diversión y el buen yantar —en un estilo mucho menos sofisticado y más hippy que los tradicionales destinos veraniegos de famosos—, ha ido en aumento en esta zona de la costa gaditana. No en vano, existe una teoría que defiende que el vocablo cachondeo se acuñó en Zahara de los Atunes. El motivo no es otro que el hecho de que el municipio está bañado por el río Cachón.

El actor Imanol Arias, en Zahara de los Atunes.


El actor Imanol Arias, en Zahara de los Atunes.

Según cuentan los propios habitantes de esta localidad, los pescadores se reunían en la ribera del río para divertirse una vez terminaba la jornada. Por allí pasó incluso Miguel de Cervantes, para conocer el arte milenario de la pesca del atún. Tal y como describe en la novela ejemplar La ilustre fregona a través de su protagonista, Carriazo: “En fin, en Carriazo vio el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterre de la picaresca”. Aquel ambiente que se prestaba al juego de azar, a más de una pelea, y cuando había dinero, a orgías de alcohol y bromas, es origen de ese término tan andaluz como es el cachondeo.



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Un chispazo de Odegaard tumba al Mallorca


El fútbol anda espeso a estas alturas de la temporada porque todos los futbolistas están frescos como lechugas recién cogidas en la huerta, las piernas responden de maravilla, y como en el comienzo de una gran vuelta por etapas, el pelotón todavía está compacto. En el césped eso se traduce en pocos espacios, en las sombras de los rivales que oscurecen a quienes tratan de controlar la pelota y pensar antes de soltarla, así que es o una cosa u otra; o pensar o soltarla, y como nadie quiere que se le tome por tonto cuando intenta hacerse el listo, entre las dos opciones, la de deshacerse de la pelota es la más elegida.

Mallorca

MLL

RSO

R. Sociedad

Mallorca

Manolo Reina, Lumor, Raíllo, Martin Valjent, Joan Sastre, Iddrisu Baba, Dani (Chavarría, min. 83), Lago Junior, Salva Sevilla, Ante Budimir (Álex Alegría, min. 70) y Aleix Febas (A. Trajkovski, min. 57).

R. Sociedad

Moyá, Zaldua, Robin Le Normand, Aihen Muñoz, Igor Zubeldia, Odegaard, Illarramendi, Merino (Zurutuza, min. 72), Januzaj (Portu, min. 62), Willian José (Isak, min. 62) y Oyarzabal.

Valentín Pizarro Gómez

Raíllo (min. 77),
Robin Le Normand (min. 56) y
Merino (min. 18).

Como aseguran en los anuncios de pasta de dientes sobre los dentistas, en el fútbol, nueve de cada diez especialistas escogen el pelotazo. Los otros dos; Salva Sevilla en el Mallorca y Odegaard en la Real, a contracorriente, intentaban pensar además de correr y soltar la pelota, pero casi nadie les acompañaba en Son Moix. La única emoción en la primera parte llegó en el primer minuto y en el último. Una vez en cada portería. Al inicio, con el remate de cabeza de Lago Junior, que muy solo en el área, golpeó la pelota a las manos de Moyá; al final, en un instante de clarividencia de Illarramendi, que encontró la conexión con Oyarzabal, que lanzó a portería para que Reina tocara con la punta de los dedos para desviarla al poste.

El relleno del pastel, durante los 45 minutos entre una acción y la otra fue una bazofia incomible, complicada de digerir. La Real hacía como que mandaba en el campo, con un insulso manejo del balón de un lado a otro. Cuando le llegaba parecía que podía pasar algo, pero nada pasó. El Mallorca pretendió jugar como una semana antes frente al Eibar, pero el fútbol de cadena de montaje no suele ser lo más adecuado para ganar un partido, que en la segunda parte se desordenó. El maltrato a la pelota alcanzó proporciones estratosféricas, aunque el choque se hizo más entretenido. A los 22 que pululaban por el campo se les olvidó que estaban allí para jugar al fútbol, y no para retozar por un césped bien cuidado, pero la pelota se paseaba más por las áreas. De todas formas, parecía que este despropósito podía beneficiar más a una Real que se manejaba mejor en el caos.

Un disparo al poste de Lumior, que casi sorprende a Moyá, fue la mejor opción local. Era el minuto 77, y la jugada animó al Mallorca, que adelantó las líneas. Esa confianza, sin embargo, fue letal para ellos. Martin Odegaard robó un balón en su campo e inició un contragolpe que Portu, experto en estos asuntos, negoció con solvencia. Vio llegar al futbolista noruego, que seguía la jugada, y que entró al área para controlar el balón y batir a Reina con la tranquilidad de un veterano. Fue el mejor chispazo de la calurosa tarde isleña, que daba los puntos a la Real Sociedad, porque lo intentó el Mallorca en los minutos finales, pero entonces apareció el mejor Moyá para amargarles la merienda a sus paisanos.

A Vicente Moreno no le salieron los planes. Sus jugadores se pasaron el partido apretando tornillos, pero acabaron pasándose de rosca.

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