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EL PAÍS

Más mujeres, más cultura



La cultura como uno de los frentes obligatorios de lucha de las mujeres para conseguir el cambio político y social. Esta es la premisa de la decimocuarta edición del festival Ellas Crean que arranca este jueves y que se extiende hasta el 7 de abril en el centro cultural Conde Duque. La muestra reúne música, danza, teatro y cine, obra de artistas ya consolidadas como de aquellas emergentes. La flamenca Carmen Linares representa a las primeras. Interpretará Verso a verso, el disco en el que canta al poeta Miguel Hernández ( 7 de marzo 20.00, entrada libre hasta completar aforo). El pistoletazo de salida lo marca la bailaora, María Pagés. Inaugura la muestra este jueves con su espectáculo Óyeme con los ojos (10 euros).

La propuesta transgresora la trae el colectivo Mujeres 17/27, un grupo de 30 mujeres de ocho países. Se inspiran en las palabras de la rapera feminista fallecida, Gata Cattana: “Mi libertad no cabe ni en jaulas de plata blanca. No reconozco autoridad más allá de mi cuerpo”. A través de la danza, del movimiento, exploran el hogar compartido para todas las mujeres: su propio cuerpo (10 de marzo, 20.00). En las tablas se representará Una guarida con luz, una obra autobiográfica de un estado de coma que escribe y dirige Paloma Pedrero. Los intérpretes son personas en riesgo de exclusión social de la ONG Caídos del Cielo (23 y 24 de marzo 20.00).

En la gran pantalla se proyectará Pago Justo (Made in Dagenham), un largometraje sobre la lucha de las mujeres trabajadoras de la planta Ford en Inglaterra en 1968. El ciclo Mujeres poderosas, que acoge el Instituto Goethe para celebrar el centenario del derecho al voto femenino en Alemania, reflexionará sobre mujeres de la talla de la filósofa Hannah Arendt ( Del 5 al 19 de marzo).

El punto exótico lo sirve la cantante, guitarrista y compositora, Emel Mathlouthi. La artista tunecina creó la canción Kelmti Horra (Mi Palabra es Libre) que acabó siendo himno de todo su pueblo en la Primavera Árabe. La mezcla de lo tradicional con la música electrónica pondrán la guinda final al festival con su concierto (7 de abril a las 20.00). 

Toda la información del festival puede encontrarse en la web.



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EL PAÍS

Seis hábitos para reducir el riesgo de tener alzhéimer



Los años se hacen agotadores para quienes tienen familiares afectados por alguna demencia, y también para aquellos que piensan que pueden heredarla de sus padres y abuelos. Pero los casos genéticamente determinados, que son los que se consideran hereditarios, son minoritarios y casi siempre se presentan a temprana edad (los primeros síntomas suelen comenzar antes de los 60 años, algunos incluso en los cuarenta). En la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, menos del 1% son de este tipo. “Esto significa que el 99% son casos esporádicos en los que, por lo que se sabe hasta ahora, la enfermedad se origina por una interacción entre una predisposición genética y factores ambientales como nuestro estilo de vida”, explica la portavoz del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología, Sagrario Manzano. Y que, hasta cierto punto, se pueden prevenir.

Por eso los científicos, mientras buscan una cura para la demencia, están investigando qué podríamos hacer para esquivarla, qué estamos haciendo mal para que se produzcan tantos casos (la Organización Mundial de la Salud estima que se producen 10 millones de nuevos diagnósticos al año) y cómo se podría frenar su aparición, o, por lo menos, retrasarla lo máximo posible. Ya han identificado maneras de hacerlo, según expuso uno de los participantes en la última Conferencia Internacional de la Asociación de Alzheimer (AAIC, por sus siglas en inglés), que tuvo lugar el mes pasado en Los Ángeles (Estados Unidos). Allí se presentó un estudio de la Universidad de Exeter, publicado en la revista JAMA, que concluye, con cifras y datos más exactos de los que ya se conocían, que los factores de riesgo genético y el estilo de vida influyen de manera independiente sobre el deterioro cognitivo. Según el trabajo, unos buenos hábitos de vida disminuyen el riesgo de padecer demencia independientemente de la carga genética con la que se haya nacido, reforzando la idea de que la adherencia a un estilo de vida saludable previene el deterioro cognitivo.

¿Por qué no comer grasas trans afecta al cerebro?

El estudio hizo un seguimiento de 8 años a cerca de 200.000 personas de entre 60 a 74 años, en Reino Unido. Los datos sobre su estilo de vida se evaluaron principalmente con relación a cuatro aspectos: tabaquismo, actividad física, consumo de alcohol y dieta. Los investigadores hicieron el análisis a través de muestras de sangre y de un perfil genético, que determinó si los participantes tenían un riesgo alto o bajo de padecer la enfermedad de Alzheimer. La investigación encontró que las probabilidades de desarrollar demencia eran un 32% más bajo en personas con un alto riesgo genético si habían seguido un estilo de vida saludable, en comparación con aquellos que no (los científicos definieron como peor estilo de vida el de los fumadores, bebedores habituales que no practicaban ejercicio y que no seguían una dieta equilibrada). Si ahora te viene a la mente algún familiar o amigo que no probó una gota de alcohol, que no fumó un cigarrillo en su vida, que caminaba a diario y que comía poco y sano, pero a quien tristemente le alcanzó la enfermedad, el autor principal del estudio, David Llewellyn, advierte en el artículo: “No hay garantías, algunas personas hicieron todo lo correcto y aún así desarrollaron demencia. Pero lo que sugieren nuestros hallazgos es que puede ser posible reducir su riesgo en aproximadamente un tercio viviendo un estilo de vida saludable, independientemente de su riesgo genético”.

¿Pero cuál es exactamente el vínculo entre estilo de vida y nuestro sistema cognitivo? Por ejemplo, ¿por qué no comer grasas trans va a afectar a mi cerebro? Pues resulta que hay enfermedades neurodegenerativas que se caracterizan por un procesamiento anormal de proteínas cerebrales, procesos que, por otra parte, aún no se conocen bien y que se producen por la conjunción de factores genéticos, cardiovasculares, inflamatorios, nutricionales y psicológico-sociales. “La nutrición, la mejora en nuestras habilidades sociales y una reducción en la exposición a tóxicos modificarían estos procesos, lo que se engloba en el término de envejecimiento cerebral saludable”, explica el neurólogo del Hospital Universitario Ramón y Cajal Guillermo García Rivas.

El médico explica en qué consisten la resistencia y la resiliencia, los dos conceptos que se dan en las enfermedades neurodegenerativas. “Por resistencia se entiende la ausencia de enfermedad en el cerebro, y por resiliencia se entiende la capacidad que tenemos de amoldarnos a su presencia sin que presentemos un deterioro cognitivo. Este último concepto tiene que ver con la reserva cognitiva y con las observaciones de la poca correlación que existe entre la carga lesional presente en un cerebro determinado y el grado de deterioro cognitivo. Esto quiere decir que hay personas que tienen alteraciones patológicas cerebrales y sin embargo apenas tienen deterioro”. Entonces, ¿puede decirse que posiblemente la adopción de hábitos de vida saludable aumente más nuestra resiliencia que nuestra resistencia? “Efectivamente, es posible que la adopción de hábitos de vida saludables y una modificación en nuestros hábitos nutricionales faciliten una mayor conectividad neuronal o aumenten la capacidad de nuestra reserva cognitiva, que estarían más relacionados con un incremento de la resiliencia que el disminuir o evitar la agregación de proteínas anormales, que tendría más que ver con la resistencia”, explica Rivas.

¿Y qué ocurre con otro tipo de demencias? ¿Se puede aplicar este planteamiento a los enfermos que padecen demencia vascular, frontotempral o por cuerpos de Lewy? “Es cierto que la gran mayoría de los estudios que se han realizado a la hora de intentar identificar los factores de riesgo y encontrar posibles factores protectores que ayuden a prevenir demencias se han centrado, sobre todo, en la enfermedad de Alzheimer, al ser la que afecta a más personas. Pero, en todo caso, estos factores de riesgo que se han identificado también tienen gran impacto en la probabilidad de desarrollar cualquier otro tipo de demencia”, explica Sagrario Manzano. “Es fundamental que en materia de prevención actuemos sobre los factores de riesgo que ya conocemos, y eso implica que cualquier individuo debe adoptar una posición protagonista sobre su estado de salud. Si no cuidamos nuestro cerebro tendremos más probabilidades de desarrollar demencia, sobre todo enfermedad de Alzheimer, en edades avanzadas de la vida”, continúa la especialista.

Las claves para prevenir la demencia

La prevención consiste en llevar un estilo de vida saludable para conseguir envejecer mejor, y no se trata de atajar un solo factor de riesgo (dejar de fumar, por ejemplo), sino todos ellos juntos. La portavoz del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología, Sagrario Manzano, enumera lo que podemos comenzar a hacer ya mismo para prevenir la enfermedad.

Ejercicio físico, una costumbre vital

Muchos estudios avalan que un ejercicio físico regular y no explosivo se asocia a un mantenimiento de la función cognitiva, y a un retraso del comienzo de la enfermedad de Alzheimer. Un estudio que reunió los resultados de 29 ensayos clínicos desveló que el ejercicio aeróbico puede mejorar a corto plazo el rendimiento de adultos sanos en su memoria, atención y velocidad de procesamiento en comparación con la práctica de otro ejercicio no aeróbico, como los estiramientos o la tonificación.

La importancia de las relaciones sociales

Está demostrado que los sentimientos de autoeficacia y de autoestima, que conforman la denominada “actividad social”, se relacionan con el mantenimiento de la función mental. Los estudios muestran que la integración social más activa serviría para neutralizar el estrés de la vida cotidiana y su efecto neuroquímico (hormonal), que no resulta demasiado bueno para el cerebro.

La estimulación mental no acaba en el colegio

Hay estudios que indican que el incremento de los niveles de educación se asocia a una mayor probabilidad de mantener el buen funcionamiento cerebral en el tiempo. La pregunta sería si nos referimos a la educación en edad infantil y juvenil, o a una educación más prolongada en el tiempo; es decir, a cualquier edad, de tal manera que mantuviéramos una estimulación mental continua. “Se han analizado tareas como leer libros, asistir a conferencias, participar en juegos de mesa, entre otras, y hay evidencia de un menor riesgo de deterioro cognitivo y de demencia si se realizan con asiduidad. Por tanto, podríamos aplicarnos la frase: más vale tarde que nunca”, detalla la neuróloga.

La prevención se extiende al terreno cardiovascular

Su papel es crucial en el deterioro mental asociado a la edad. Y, además, la gravedad de los síntomas cognitivos en personas con enfermedad de Alzheimer se incrementa sustancialmente por la existencia de factores de riesgo vasculares. Dichos factores son: hipertensión arterial, hipercolesterolemia, diabetes, enfermedades cardíacas y tabaquismo, siendo la diabetes el fundamental.

La salud entra por la boca

Algunos estudios apuntan que la ingesta de pescado al menos una vez por semana podría producir una reducción del 60% del riesgo de alzhéimer, así como un enlentecimiento del deterioro cognitivo. Mientras el consumo elevado de grasas saturadas y de cobre incrementaría sinérgicamente el deterioro cognitivo, los ácidos grasos omega 3 podrían relacionarse con un menor incremento de la enfermedad. La dieta mediterránea también se ha asociado a un menor riesgo de padecer la enfermedad, al incluir antioxidantes, vitamina C y E, y omega 3. “En ningún caso se trata de tratamientos curativos, ni los mencionados ni el famoso ginkgo biloba (que no ha demostrado eficacia en la demencia tipo alzhéimer), pero sí serían recomendables en las fases iniciales a fin de retrasar el comienzo de la demencia”, explica la especialista.

La importancia de la motivación

Hay que procurar ser felices, tener ilusión por vivir, por disfrutar de todo lo que te rodea, porque la propensión a la aflicción se ha relacionado con una aceleración del deterioro cognitivo. Enfermedades mentales como la depresión se han vinculado a una mayor atrofia (pérdida de neuronas) en una región del cerebro denominada hipocampo (“puerta de entrada de las memorias”) y otras regiones cerebrales. Cuidado también con la apatía, que a menudo se ignora o se confunde con depresión, pues la pérdida de interés y emociones es algo que está presente en casi la mitad de las personas con demencia. En la investigación dirigida por la Universidad de Exeter, presentado en la Conferencia Internacional de la Asociación de Alzheimer en Los Ángeles, analizó a 4.320 personas con Alzheimer y un 45% de ellos la padecía.

Estatinas protectoras

Se considera que las estatinas pueden tener efectos protectores contra la demencia. Son tratamientos efectivos para la hipercolesterolemia (aumento de colesterol en la sangre), un factor de riesgo posible para la demencia vascular y la enfermedad de Alzheimer. Se asocia a la aterosclerosis, que supone un problema de las arterias y que da lugar a problemas de circulación cerebral. “De nuevo, hay que aclarar que no se trata de un tratamiento curativo, pero que reduciría el riesgo de desarrollar una demencia o retrasaría su aparición”, explica la portavoz del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología Sagrario Manzano los enumera.

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EL PAÍS

Que ahora no quiero (ni puedo) tener hijos



Iba a escribir que todo empezó el 2 de marzo, disfrazadas mis hermanas y yo de los personajes de Super Mario Bros, en medio de la plaza de mi pueblo y rodeadas de medusas, Jon Snows, Chupa Chups, Donalds Trumps y demás fauna, reguetón a todo trapo de fondo y vaso en mano. Resultó que el de dos de ellas era solo tónica; resultó que estaban embarazadas, a la vez. Lloré un poco, de la emoción y de las cuatro copas que yo sí me había bebido. Pero no, la cosa no comenzó en ese momento, ahí solo se disparó la tormenta mental que había empezado tres años antes, cuando llegaron los 30, los 30 y los hijos, los 30 y el curro, los 30 y lo que tiene que venir, lo que se supone que tiene que venir, lo que quieres que venga, sobre el cuerpo, el trabajo, las relaciones y, obvio, la maternidad.

Con ocho años me sentaba con mi mejor amiga, Ángela La Guacha, a adivinar sobre una servilleta cuántos novios íbamos a tener antes de casarnos. A los 14 me preocupaba salir y beber, el futuro de mi útero más bien poco: estaba establecido, en algún momento sería madre. Entrados los 22, Madrid ya me ofrecía desde hacía cinco años cosas mejores que tener descendencia y casarme ya no entraba en el plan. En los 25 lo vi claro: ni lo uno ni lo otro. A los 30 lo volví a ver claro: no tenía claro nada.

Había pasado ya la época de bodas, esa en la que tu infancia pasa de estar en una foto llena de criaturas y las casas colgadas de Cuenca de fondo, a estar en otra con corbatas, vestidos largos y, puros. Por suerte, piensas, en tu vida social, en Madrid, hay un montón de gente como tú: sin ganas de perpetuar el patrón del siglo XX.

Pero terminada, o casi, esa era de soltar dinero en sobres cuatro veces al año, empieza la de las barrigas. Y esa no tiene tanto que ver con el círculo de la infancia sino con las prisas o el límite de apurar la biología —que también nos va a la contra— de mujeres que habían pensado que los bebés mejor sobrinos que hijos. De repente, con un montón de ecografías en tu WhatsApp, un día empiezas a ponderar variables, porque de repente un día ya no sabes si no quieres o no puedes.

Calculas ahorros, sueldo y horario laboral, alquiler en el centro, kilómetros a los que está tu madre y previsión de cosas que por fin puedes hacer con 33 y que te gustaría seguir haciendo cuando has conseguido que la situación laboral te dé algo de margen para vivir más que para sobrevivir. Y los cálculos no salen. Guarderías a 600 euros, cuidadoras a 1.000, mudarse porque un bebé no cabe donde solo cabes tú… No, no salen. No en Madrid, no viviendo en la almendra central, no con tu madre a 300 kilómetros, no con un trabajo que amas pero que absorbe mañanas, tardes y algunas noches, no sin un colchón de euros.

Después de muchos números, decides que si no te mudas al pueblo, ser madre cuando decidas ser madre tendrá que esperar tanto más cuanto la vida nos haya hecho esperar a nosotras.

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¿Políticas contra la obesidad?


La prosperidad es el objetivo lógico de cualquier sociedad, pero también trae sus propios riesgos. Uno de ellos es la obesidad. La población con sobrepeso se ha incrementado prácticamente al mismo tiempo que disminuía la desnutrición. Por eso, porque la obesidad es prima hermana de la abundancia, América Latina en pleno -pero, sobre todo, sus países más ricos- es hoy más obesa que nunca.

¿Políticas contra la obesidad?



Las tasas de obesidad de las grandes naciones latinoamericanas todavía no han alcanzado los peligrosos índices de sus vecinos del norte. Pero hacia allá se encaminan. La bella paradoja es que por una vez el retraso en la prosperidad ofrece una ventaja para los que llegan tarde: la oportunidad de aprender de los errores de los que cayeron primero en el problema de los ricos.

¿Políticas contra la obesidad?



Lo primero que hay que tener en cuenta es que no toda abundancia tiene el mismo efecto. Ciertos alimentos contribuyen más al que es el principal mecanismo para producir obesidad: los productos ultra-procesados (aquellos que son profundamente transformados desde su forma original, con sustanciales añadidos de otros ingredientes, normalmente grasa, azúcar y sal) han sido identificados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como determinantes en la extensión de la obesidad en el continente.

¿Políticas contra la obesidad?



Bebidas azucaradas, galletas, panes industriales… existe evidencia sólida de que todos ellos fomentan el consumo excesivo de calorías. Igualmente, cada vez tenemos más datos de que la cantidad de ejercicio que necesitaríamos hacer para compensar dicho consumo sin reducirlo es más bien inalcanzable. Por todo ello, a la hora de buscar políticas para frenar el crecimiento de la obesidad parece una buena idea empezar por preguntarnos cómo podemos embridar a los ultraprocesados.

¿Basta con más información?

Quizás lo que necesita la ciudadanía es más información. Y, si la obtiene, tal vez comience a tomar decisiones más acordes con su bienestar a largo plazo. Más específicamente, si obligamos a las empresas a informar de manera clara, comprensible y accesible del contenido de sus alimentos

Esta es la lógica que ha llevado a todo un movimiento (o, más bien, a una serie de iniciativas) para demandar un etiquetado más claro y visible en los supermercados. Según la mayoría de estas propuestas, la información a mostrar quedaría en el frente del envase para que se pudiera observar de un vistazo. Incluiría precisamente la cantidad de calorías; azúcares añadidos; sodio y grasas, particularmente las saturadas. Y lo que es más importante: no se trata de representar estas cantidades de manera exacta tanto como de que cualquier persona entienda si está adquiriendo un producto que entraña algún riesgo para su salud. Aquí existen varias alternativas: desde la conocida como técnica del semáforo (verde para niveles razonables de calorías, grasa, azúcares o sodio; amarillo y rojo para los progresivamente elevados) hasta, sencillamente, indicar “alto” o “bajo” en cada uno de los componentes. Tal ha sido, por ejemplo, la propuesta defendida en Colombia (derrotada en el Legislativo).

No quedarse sencillamente en las cantidades es una buena idea: cabe esperar que la mayoría de personas no tenga una noción clara de qué es una cantidad saludable de cualquiera de esos elementos en una persona promedio. Los datos de una encuesta pública realizada en México confirman la impresión con creces.

¿Políticas contra la obesidad?



Ahora bien, esa misma encuesta arroja unos datos que invitan a pensar que añadir información en el mercado es condición necesaria, pero no suficiente, para reducir significativamente la obesidad. Resulta que una abrumadora mayoría de los mexicanos decía conocer la etiqueta, pero una porción casi igual de importante afirmaba no leerla ni tomar decisiones de compra por ella. Y aunque varios citaban la falta de claridad o visibilidad como una de las causas para esta falta de efecto, la verdad es que eran menos de un 10% quienes solo se referían a este tipo de problemas, frente a un tercio que admitían falta de interés o tiempo sin referirse a las cuestiones operativas.

¿Políticas contra la obesidad?



Estos datos no descartan, ni mucho menos, la conveniencia de un mejor etiquetado. La información siempre será una herramienta poderosa para aquellos consumidores que disponen del tiempo y los códigos para interpretarla, así como los recursos para actuar en consecuencia. El sistema semáforo por ejemplo, demostró en varios estudios que ayudaba a identificar adecuadamente los productos más saludables. Pero una cosa es hacernos saber lo que debemos hacer y otra distinta es que lo hagamos. Recomendaciones ampliamente difundidas como la campaña del Servicio Nacional de Salud británico que recomendaba el consumo mínimo de cinco piezas de fruta o verdura al día fueron conocidas incluso fuera de las fronteras del Reino Unido. Sin embargo, la evidencia de su capacidad para poner más vegetales en las cestas de la compra es desigual y poco concluyente. Se acotan así las esperanzas, señalando que no puede ser la única política en el menú contra la obesidad.

Poner difícil lo malo

Hablábamos de tiempo, códigos y recursos para hacer uso de la información. Pero habría que añadir otra dimensión más: la voluntad. Que las personas seamos agentes más o menos racionales no quiere decir que no estemos sometidos a tentaciones, sesgos, convenientes olvidos. Trampas, incluso. A veces autoimpuestas y en otras ocasiones, provenientes del contexto.

Ese contexto muchas veces toma la forma de una especie de pantano alimenticio (en inglés los llaman food swamps): grandes áreas en las que la comida accesible por defecto para sus residentes es en su mayoría ultraprocesada. Al menos para los EE UU, estas densidades de lo nocivo predicen [tasas de obesidad más altas]. Normalmente, además, se presentan en entornos de menor poder adquisitivo. Ahora bien: lo fácil es identificarlos. Lo complicado, hacerlos desaparecer.

Drenar completamente estos pantanos de comida nociva se antoja descomunal, difícilmente canalizable para Estados completos. Aquí es conveniente pensar más bien en escala urbana. Por ejemplo: la ciudad de Nueva York decidió hacer más accesible la comida sana, con políticas que hacían hincapié en los vecindarios con menor nivel medio de ingresos. Los efectos existen, pero son más bien modestos: una década apenas añadió un punto porcentual más de personas que consumían alguna fruta o verdura. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en un 1% de Nueva York caben decenas de miles de personas. En cualquier caso, más profundos y duraderos parecen los programas centrados en convertir la comida sana en una opción por defecto dentro lugares donde la intervención pública de gran escala sí es posible: principalmente, en los colegios.

“Si quieres que alguien empiece a hacer algo, pónselo más fácil” es una paráfrasis del psicólogo Daniel Kahneman que resume bastante bien el espíritu de este tipo de intervenciones. Pero de esa aserción a la otra, necesaria cara de la moneda media un segundo de reflexión: si quieres que alguien deje de hacer algo, pónselo difícil. O menos fácil.

Excluyendo la prohibición completa, es aquí donde entra en juego la que quizás sea la medida con mayor potencial, y también más cargada de polémica. Los impuestos sobre alimentos nocivos, en particular bebidas con azúcar añadida, están en la mira de muchos países latinoamericanos. Y en el cuerpo legislativo de más de uno. Chile, México y Perú cuentan con el suyo. También las islas caribeñas de Dominica y Barbados. En Colombia la propuesta ha sido tumbada varias veces. Pero el asunto es que funciona.

Funciona si el objetivo es reducir el consumo de bebidas azucaradas, en cualquier caso. En México las estimaciones apuntan a una caída relevante en la compra de estos productos. Pero es demasiado pronto para saber si está teniendo algún efecto duradero en el problema último: la obesidad. No sabemos si las calorías que se dejan de consumir por esta vía se están reemplazando con otras, por ejemplo. Ni tenemos apenas experiencia con sistemas impositivos más completos, que tasen directamente el elemento (grasa, azúcar). El intento más completo lo llevó a cabo Dinamarca hace casi una década. Un impuesto sobre la carne, los productos lácteos y las grasas para cocinar (aceites incluidos) cuyos efectos muchos (pero no todos) consideran hoy un fracaso. Entre otras cosas, y sirva de esto como lección de la imprevisibilidad del comportamiento humano, porque una cantidad significativa de daneses (país pequeño, profundamente integrado con sus vecinos con los que mantiene fronteras casi invisibles en el marco de la Unión Europea) se iba a comprar esos mismos alimentos a, por ejemplo, Alemania.

Las herramientas políticas a nuestra disposición para luchar contra la obesidad, en suma, existen y funcionan, pero también que tienen efectos limitados, a veces inciertos, y que no salen gratis: con cada una de ellas estamos restringiendo un poco la capacidad de decisión inmediata de las personas. Pero si asumimos todos esos riesgos, si decidimos atarnos las manos hoy para mejorar nuestra situación mañana como ya lo hicimos con el tabaco, la cuestión no será cuántos años de vida estamos dispuestos a pagar por cada grado adicional de libertad. Así lo plantean algunos a la derecha del espectro ideológico, ignorando que la propia decisión de poner coto a nuestras decisiones y a las acciones de quienes se benefician de ellas también es un ejercicio pleno de esta misma libertad. La autonomía no empieza ni termina en un supermercado.



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