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EL PAÍS

Portugal acaba con la discriminación en el divorcio entre mujeres y hombres



Si nada lo impide, el Parlamento portugués aprobara en su última sesión de la legislatura el fin de la discriminación de género para poder volver a casarse.

Desde 1966 el Código Civil hacía una distinción para que el hombre y la mujer que habían disuelto su matrimonio pudieran volver a casarse. El hombre tenía que esperar 180 días y la mujer, 300. La diferencia se justificaba por la presunción de paternidad –concepto jurídico que atribuye automáticamente al marido la paternidad del bebé–. De hecho, la mujer podía casarse en el mismo plazo que el hombre si presentaba un informe médico atestiguando que no estaba embarazada.

En un parecer enviado al Parlamento por la anterior fiscal general del Estado –en el largo trámite parlamentario ha habido relevo en el cargo–, Joana Marques Vidal señala que “actualmente existen mecanismos médicos legales que permiten la asignación rigurosa de la paternidad”. Para la jurista, “el plazo internupcial es discriminatorio y como tal injustificado e inadmisible”.

Desde hace dos años, el Partido Socialista más el Bloco de Esquerda intentaban modificar la ley, pero a la iniciativa no se sumaba el Partido Comunista (PC), fundamental para que la reforma siguiera adelante. También se oponían los grupos de centroderecha, Partido Social Demócrata (PSD) y Partido Popular (CDS). Finalmente, se ha llegado a un consenso con PC y el PSD y en el último pleno de la legislatura, el día 19, se pondrá fin a la discriminación de la mujer en este capítulo.

Para llegar al consenso de todos los partidos, excepto CDS, se han eliminado los plazos. Cualquiera de los dos miembros del matrimonio podrá volver a casarse un minuto después de haber firmado los papeles del divorcio. Es la solución inicial que había ofrecido el único diputado del PAN (Personas Animales Naturaleza), pues el Bloco proponía igualar el plazo en 180 días mientras que el PS lo igualaba en los 30.

Pese a la opinión de la exfiscal Marques Vidal, se mantiene en el texto la presunción de paternidad por exigencia del PC y así ampliar el consenso de la reforma del Código Civil, que puede entrar ya en vigor en septiembre.



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EL PAÍS

Pide protección a López Obrador y desaparece cinco días después


Alexander López al solicitarle apoyo al presidente Andrés Manuel López Obrador. Noticias Puerto Vallarta



Alexander López sabía que su vida corría riesgo. Llevaba meses recibiendo llamadas telefónicas cargadas de amenazas de muerte a causa de una disputa por unas tierras en el Estado de Nayarit, al oeste de México. La pelea por los terrenos en la zona se había vuelto insostenible por lo que, junto a un grupo de vecinos, decidió acudir al Gobierno federal. Durante una visita en mayo de Andrés Manuel López Obrador a Bahía de Banderas, en esa entidad, un puñado de habitantes de la región liderados por el joven atajaron la caravana presidencial para manifestarse y solicitar protección. “Te voy a ayudar, ve con el gobernador”, le dice el mandatario frente a la prensa local, “te va a atender mañana”. “Mañana yo voy”, responde él. La asistencia por parte del Gobierno estatal nunca llegó. A los cinco días de su conversación con el presidente, López, de 24 años, desapareció.

Todo sucedió entre el 12 y el 17 de mayo. Después del intercambio con López Obrador la tarde del domingo, López se acercó el lunes 13 junto a su madre y a su pareja a la oficina del gobernador del Estado, el conservador Antonio Echevarría. “Fue a pedir desesperadamente que lo ayudaran”, cuenta la abuela, Francis Vázquez, “y ahí le dijeron que no, que le daban cita para dentro de 15 días”. Durante esa semana, las intimidaciones continuaron, pero con más intensidad. “A los dos días me dijo ‘¿qué crees?, ya me amenazaron con que si intento acercarme al gobernador me van a matar”, recuerda que le dijo su nieto ese miércoles.

El secuestro ocurrió finalmente el viernes por la noche, cuando López volvía con su pareja y su sobrina, de 12 años, hacia Tepic, la capital del Estado. Dos camionetas con gente que vestía unos uniformes “parecidos al de los marinos” los esperaban al costado de la carretera, donde habían arrojado tachuelas para pinchar las ruedas del coche, según el relato de Vázquez. “Lo bajaron del carro, lo esposaron y lo metieron en la cajuela de una camioneta”. Pese a que en ese momento los secuestradores se llevaron a los tres, la mujer y la niña fueron liberadas el domingo 19. “A ellas las soltaron, pero a mi nieto no lo hemos vuelto a ver”.

La desaparición de López fue un golpe más a una familia que ha sido marcada por el conflicto territorial. La lucha por las tierras llevó a su padre, Ignacio López, a prisión en septiembre de 2018, por lo que ellos denuncian como “delitos fabricados”. En enero de este año, la madre y el tío del joven fueron secuestrados. A ella la liberaron después de ocho días, solo después de que su marido, ejidatario de San Clemente de Lima, firmara desde la cárcel la venta de unos terrenos. Mientras que al hombre nunca más volvieron a ver.

Pide protección a López Obrador y desaparece cinco días después


En el sur del Estado, donde se encuentra la Riviera Nayarit, las disputas territoriales se dan incluso con más violencia. El desarrollo turístico en una de las costas más atractivas de México ha provocado que el precio de los terrenos se eleve y profundice la disputa. La falta de regularización de las tierras ha desencadenado una serie de denuncias cruzadas entre grupos de vecinos, los presidentes de los ejidos y la Procuraduría agraria por amenazas, extorsión, secuestros y asesinatos. “Aquí te matan rapidito, te desaparecen y te entierran. La situación es riesgosa porque hay un maridaje entre Gobierno estatal y asociaciones delictivas”, señala Vargas, el abogado de la familia.

A casi dos meses del secuestro, el caso recobró vida la semana pasada, con el regreso de López Obrador a Nayarit. Durante una conferencia de prensa en la que el presidente anunciaba junto al gobernador Echevarría la baja de los homicidios en el Estado, una reportera le contó lo sucedido con López. “Se trata de la vida de un joven de 24 años que confió en usted”, le reprochó la periodista Patricia Aguilar ante la estupefacción del mandatario. “Y luego confió en el gobernador y el resultado fue su desaparición”. Sin mucho que replicar, López Obrador encargó al secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, asumir el asunto. “Vamos a atender tu denuncia, ahora mismo”, dijo, “que aparezca con vida, eso es lo más importante, lo demás ya se verá”.

Las acusaciones de la familia por el secuestro de López apuntan contra grupos criminales de la zona y las autoridades estatales. La abuela del joven recuerda que, a los pocos días del secuestro, un secretario particular del gobernador se comunicó con ellos para decirles que estaba a cargo de las negociaciones, cuenta Vázquez. “¿Por qué negocia la libertad de un secuestrado si es un funcionario público?”, reprocha el abogado de la familia, Jorge Vargas.

“¿Cómo se enteró él? No lo sé, pero habló con nosotros y nos dijo que mi nieto estaba vivo”, dice Vázquez. El pedido de rescate fue la cesión de unas tierras. La abuela del joven recuerda que después de que firmaron el traspaso, el funcionario estatal no quiso volver a hablar con ellos. “Le dijeron que con eso lo iban a soltar y fue puras mentiras”. Este periódico se puso en contacto con el Gobierno de Nayarit, quien decidió no dar declaraciones, y con el fiscal estatal, que prefirió no hablar para respetar la investigación.

Ese 12 de mayo, tras pedir protección al presidente, López se aleja de la caravana presidencial satisfecho. “Nos va a apoyar”, repite. Sin embargo, durante los siguientes 20 minutos que los medios locales lo registraron junto a otros vecinos, se lo ve exaltado y preocupado. “Hay muchos secuestros, hay muchas muertes y todo queda impune”, dice frente a la cámara.



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EL PAÍS

Del ingeniero nazi al traje de Playtex: los diseños imposibles que nos llevaron a la Luna


Cuando Kennedy dio su famoso discurso en 1962 prometiendo la llegada a la Luna antes del final de la década, los aparatos del momento solo permitían que los cálculos necesarios en los campos técnicos, tecnológicos y astronómicos estuvieran listos tras varias generaciones. Las computadoras eran demasiado lentas, los materiales necesarios demasiado costosos y la programación excesivamente laboriosa.

Por Estados Unidos nadie tenía ni idea de cuáles eran las condiciones del ser humano en el vacío hostil del espacio exterior, mucho menos se intuía qué ropa sería necesaria para protegerlo. Nadie sabía cómo conseguir que una radio retransmitiera con efectividad hacia la Tierra. Y lo más importante: no tenían el cohete, el motor o el combustible necesario para viajar.

Podemos ponernos en la piel de alguno de los ingenieros a cargo de la NASA escuchando su mensaje. Envueltos en escepticismo primero, desbordados ante el inconmensurable reto después. Así arrancó el Programa Apolo, con una cuenta atrás. En ocho años tendrían que ingeniárselas para superar a los rusos, y, como rezaría el famoso dicho de Gene Kranz, director de vuelo durante el Proyecto Gemini y el Proyecto Apolo, “failure is not an option” (el fracaso no es una opción).

El caso es que consiguieron materializar el que es posiblemente el evento más alucinante del siglo XX, tanto que, pese a haber ocurrido hace 50 años, nos sigue pareciendo una cosa del futuro. Tal vez por eso mismo, por lo increíble de la hazaña, la llegada a la Luna sea el evento más rebatido a base de conspiraciones de la historia de la humanidad. Estos son algunos de los avances que permitieron que el hombre llegara a la Luna en aquel momento y que responden a sus negacionistas.

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La Tierra vista desde la Luna el 1 de julio de 1969. |

Saturno V, el cohete que se mantiene imbatible

La decisión de ir a la Luna estuvo muy vinculada, como sabemos, a la estrategia política. Rusia iba ganando en la exploración espacial, dominando el vuelo en órbita baja, pero los asesores de Kennedy le dijeron que Estados Unidos tenía más de un 50% de probabilidades de alunizar antes que los soviéticos. Pese a que los cohetes rusos de principios de los sesenta eran más potentes que los estadounidenses, no contaban con la potencia de lanzamiento necesaria para llegar al astro vecino. El equipo liderado por Wernher von Braun, ingeniero alemán responsable de buena parte de la arquitectura del programa lunar, confiaba en que sí tenían los conocimientos para desarrollar esa aeronave todopoderosa.

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El cohete Saturno V tenía 100 metros de altura, el más alto construido hasta la fecha. |

El padre del cohete que nos llevó a la Luna fue el V-2, uno de los primeros misiles balísticos adaptados. Esta arma fue desarrollada por los nazis, von Braun incluido, durante los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial. Además de ser una máquina de muerte, fue el primer artefacto humano conocido que hizo un vuelo suborbital, es decir, a más de 100 km de altura de la Tierra, aunque no llegaba a circunvalarla en su totalidad. El origen de aquella tecnología era la lucha nuclear.

Por eso, como cuenta a ICON Design Mark Kidger, científico de soporte comunitario del Observatorio Herschel en la Agencia Espacial Europea (ESA), uno de los principales escollos fue convertir aquella ingeniería militar a otra válida para el vuelo tripulado. “En una guerra nuclear es aceptable que el 10% de los misiles no lleguen a despegarse, pero, por ejemplo, el Ariane 5—el cohete espacial europeo lanzado por primera vez en 1996—, con un 98% de fiabilidad, no se considera lo suficientemente fiable para lanzar a los astronautas.

“Ningún cohete pasado o presente se ha acercado a su extraordinaria capacidad”, dice un científico de la Agencia Espacial Europa. Se espera que solo los chinos tengan una tecnología equiparable para 2030

Viendo que la serie de cohetes Jupiter empezaba a ser un éxito, en 1957 se empezaron a fabricar los primeros Saturno. Aunque el plan predilecto de Von Braun habría sido crear el Saturno C-8, también conocido como Nova, y con el que la nave lunar habría sido una única pieza (y no dos, como finalmente ocurrió con el Saturno V).

Si las cifras del Saturno V son apoteósicas, las de Nova entraban en otra categoría. 4.000 toneladas de peso frente a las 2.700 de Saturno V, 210 toneladas directas de carga útil (la nave en sí) en lugar de las 140 que finalmente llegaron a la Luna, y todo ello movido mediante el pesado combustible sólido, en lugar del criogénico que escogieron en el programa Apolo. Habría sido el doble de caro y no habría estado disponible para antes del final de la década, por lo que se descartó su construcción.

Saturno V demostró ser más que suficiente. “Ningún cohete pasado o presente se ha acercado a su extraordinaria capacidad”, nos recuerda Kidger. Estuvo inmensamente adelantado a su tiempo, tanto que se espera que solo los chinos tengan una tecnología equiparable para 2030, cuando presenten el cohete Long March 9, que podría igualar el tonelaje de la obra estadounidense. Aunque SpaceX, la empresa aeroespacial fundada por Elon Musk, también ha publicado el plano conceptual de una nave que podría llevar una carga útil de 150 toneladas, los expertos no tienen nada clara la viabilidad de su proyecto.

Rocketdyne F-1, los motores que elevaron al gigante

Si el Saturno V es el embalaje de la nave Apolo, los motores Rocketdyne F-1 fueron la pieza seminal que lo impulsó todo, literalmente. A día de hoy siguen siendo unos de los propulsores más potentes que existen y se cree que no podríamos replicar al 100% su construcción, ya que muchos de los técnicos involucrados en su diseño han fallecido.

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El trabajo de los cinco propulsores a reacción se limitaba a mover la nave durante los dos minutos y treinta segundos del despegue. En ese tiempo consumían 770.000 litros de combustible (el depósito de 15 Boeing 747 juntos) y elevaban la nave a 50 kilómetros en el aire. |

El cohete tenía tres piezas, conocidas como etapas, que se iban desprendiendo a medida que el proyectil iba conquistando altura para después dejar a la nave Apolo propiamente dicha desnuda en el espacio. Para empujar toda aquella materia se usaron cinco de estos propulsores a reacción. Todo su trabajo se limitaba a mover la nave durante los dos minutos y treinta segundos del despegue, pero en ese tiempo se comían 770.000 litros de combustible (imagina todo el depósito de 15 Boeing 747 juntos) y elevaban todas aquellas toneladas 50 kilómetros en el aire, colocando al resto del proyectil a una velocidad final, antes del cambio de fase, cercana a los 9.000 kilómetros por hora.

Según los astronautas, hablamos de la misma emoción que estar en la última planta de un rascacielos en mitad de un enorme terremoto para que, de pronto, varias personas te presionen el pecho con todas sus fuerzas. Al llegar a Mach 7, la velocidad hipersónica, llega súbitamente la liberación. O al menos hasta volver a casa, ya que en la fase de reentrada atmosférica Armstrong, Aldrin y Collins llegaron al Mach 32.

Con los F-1 nos toca hablar de otro de los retos constantes del programa Apolo, el del almacenaje y la quema del combustible. “La temperatura dentro de la tobera alcanzaba los 3.100 grados, pero las bombas de combustible que alimentaban el motor tenían que ser capaces de suministrar tanto el oxígeno líquido a menos 184 grados como el queroseno a 820”, dice Kidger. ¿Cómo conseguir que la estructura resistiese unas temperaturas más próximas a las de la superficie solar que a otra cosa? ¿Cómo lograr que el cohete direccionase la energía para que el Saturno V se orientase correctamente y no acabase en un monumental incendio?

De ahí que fuese fundamental el diseño de la estructura de soporte de los motores, que distribuían el empuje de forma equilibrada sobre toda la base del cohete. También fueron cruciales las cuatro anclas creadas para mantener al cohete estable durante los 8,9 segundos entre el encendido de los motores y el despegue, mientras el empuje llegaba a plena potencia y se comprobaba que el conjunto del cohete estaba listo para despegar.

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Wernher von Braun junto a los motores F1 del Saturno V. Se cree que hoy no podríamos replical al 100% su construcción, pues gran parte de los ingenieros involucrados han fallecido. |

La estabilidad de la quema debía ser total, y estos monstruos inicialmente no lo eran. En una época en la que la rama de la ciencia necesaria para solventarlo (la dinámica de fluidos computacional) aún no existía, el problema se solventó con el viejo ensayo y error: los ingenieros hacían estallar pequeñas cargas explosivas en el exterior de la tobera del motor mientras quemaba e iban cambiando la configuración hasta que dieron con una configuración estable.

Módulo lunar, el primer vehículo humano astral

Terminadas las etapas saturnianas, entramos en las del Apolo. El módulo de mando (MM) Columbia era el receptáculo en el que se alojaban los astronautas la mayor parte del viaje, pero una vez llegados a la órbita lunar, Neil A. Armstrong y Edwin Aldrin bajaron a la superficie selenita desde el módulo lunar (LM), también conocido como Eagle, la primera nave ideada por el hombre —en este caso el ingeniero aeroespacial Thomas J. Kelly— para poder volar en otro planeta.

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El módulo lunar Eagle descendiendo a la superficie de la Luna, el 20 de julio de 1969. Dentor iban los astronautas Edwin ‘Buzz’ Aldrin y Neil Armstrong. El tercer hombre de la misión Apolo 11 Michael Collins se quedó en el módulo Columbia. |

En realidad, los protagonistas de la hazaña solo tuvieron que alunizar, ya que sus compañeros del Apolo 10 habían ensayado casi todo el trabajo, incluido el vuelo en órbita lunar baja, dos meses antes. Pero una de las cosas que cambiaron de cara al viaje histórico fue el diseño final de este Eagle. Los del Apolo 10 hicieron bien en no aterrizar, porque su módulo lunar tenía 40 kilos de sobrepeso, el cual habría reducido el margen de seguridad en el alunizaje (recordemos que Armstrong llegó de vuelta al Columbia con tan solo 15 segundos de combustible disponible).

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Armstrong realizando un descenso con el Eagle, en el periodo de pruebas previo al viaje a la Luna. |

Se esperaba que el LM fuera fino finísimo. No podía pesar un gramo de más, ya que era una de las partes donde más peso podían ahorrar de toda la estructura (y lo consiguieron: 1.100 kilos menos desde los primeros modelos en 1965). Como no tendría que lidiar con la resistencia aerodinámica, y solo importaba que pudiera llegar a la Luna, ni la forma de la nave ni su sostenibilidad en la Tierra eran importantes.

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Neil Armstrong hace una fotografía del Eagle el 20 de julio de 1969. Para la parte inferior tuvieron que usar las llamativas mantas de Kapton, un aislamiento de varias capas doradas, que ahorraron 50 kilos pero cuya complejidad y fragilidad dificultaban y encarecían enormemente el proceso de fabricación. |

De ahí que, por ejemplo, sus patas solo aguantasen la estructura con la gravedad de la Luna, o que para la parte inferior tuviesen que usar las llamativas mantas de Kapton, un aislamiento de varias capas doradas, que ahorraron 50 kilos pero cuya complejidad y fragilidad dificultaban y encarecían enormemente el proceso de fabricación. No salió barato: la fabricación del Eagle se llevó 2.241 millones de dólares de los de entonces y tuvo entretenidas durante años a 7.000 personas.

El A7L, el traje espacial

También fue enorme el salto de calidad entre los trajes primigenios y los de los lanzamientos previos al Apolo 11. Buena parte del cambio vino motivado por la trágica muerte de la tripulación del Apolo 1, cuando se descubrió que, de no haber muerto asfixiados y envenenados, habrían muerto igualmente por el fuego de la cabina. El nuevo traje extravehicular tendría que ser ignífugo, resistir a temperaturas de 120 grados al sol y de menos 100 grados a la sombra, ser flexible, saber absorber y dispersar el calor corporal y, finalmente, limpiar el dióxido de carbono del circuito de respiración.

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Edwin Aldrin fotografiado por Neil Armstrong, a quien se puede ver en el reflejo del casco. El traje, el A7L, era ignífugo y resistía a temperaturas de 120 grados al sol y de menos 100 grados a la sombra. |

“Tras experimentar con un sistema refrigerado por la circulación de gas, la NASA decidió por el sistema refrigerado por agua”, explica el científico. “Un traje interior movía agua por una red de tubos en forma de malla para mantener cómodo al astronauta. Inicialmente se exigía una autonomía para el traje de cuatro horas y una fiabilidad del 99,95% durante 12 horas de uso“. A esa capa de climatización le seguían otras tantas de nailon, Kapton, tela de fibra de vidrio, Mylar…

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El A7L era flexible y sabía absorber y dispersar el calor corporal. A una primera capa de climatización, le seguían otras tantas de nailon, Kapton, tela de fibra de vidrio, Mylar… La empresa responsable de fabricarlo fue la misma que hacía los sujetadores Playtex. |

También se usó neopreno, que facilitaba la parte táctil de los trabajos mecánicos y físicos de los astronautas. Pero el gran invento fue una tela especial llamada “tela beta” o betacloth, que consistía de microfibras de vidrio recubiertas de teflón. La capa externa del traje era de betacloth y era la garantía última de protección para el astronauta de la radiación y los micrometeoritos. Más allá del traje, a centímetros de su piel, se encontraba la muerte asegurada. Hubo que coser cada pieza a mano y la tolerancia del pespunte era de medio milímetro entre puntadas.

¿Y quién se encargó del proyecto? International Latex Corporation, más conocida en aquella época por sus sujetadores Playtex. Eran ellos quienes mejor que ningún otro tenían la experiencia necesaria para la compleja flexibilidad de estas prendas.

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La bota que imprimió la primera huella en la superficie lunar. La gran innovación en los trajes de los astronautas fue un material especial llamado “tela beta” o betacloth, que consistía de microfibras de vidrio recubiertas de teflón. La capa externa del traje era de betacloth y era la garantía última de protección para el astronauta de la radiación y los micrometeoritos. |

He aquí otro de los mitos clásicos: muchos creen que, gracias a las muchas medidas de precaución, se evitó el temido polvo lunar, presencia dañina que podría haber provocado cortocircuitos y otros errores fatales. La realidad es que, “pese a todos los esfuerzos, incluidos intentos de limpiarse con pequeñas aspiradoras, el polvo lunar se metió por todos lados. Los astronautas comentaron que la cabina del módulo lunar olía a polvera tras los paseos lunares. Toda la nave acabó realmente sucia tras el reacoplamiento en órbita lunar”.

El Apollo Guidance Computer, el padre de la computación moderna

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“Sin Apolo hoy no tendríamos portátiles”, sentencia Bernard Foing, líder científico de la primera misión lunar de la Agencia Espacial Europea. El Apollo Guidance Computer (AGC), diseñado por el laboratorio de instrumentación del MIT, tenía de 72 kilobytes de memoria y pesaba 35 kilos. Un prodigio para la tecnología de la época y una mala broma si se compara con nuestros smartphones de hoy.

“Sin Apolo hoy no tendríamos portátiles”, sentencia Bernard Foing, líder científico de la primera misión lunar de la ESA y director del Grupo Internacional de Exploración Lunar (ILEWG). “El trabajo de los ingenieros y la industria de la NASA en ese momento causó un cambio dramático en la electrónica y los sistemas informáticos, pero también en industrias de robótica, hardware y software de computadoras, nanotecnología, aeronáutica…”.

En la Tierra, en Houston, se trabajó con el mainframe de IBM System 360/75, mientras que para las naves se creó ex profeso el Apollo Guidance Computer (AGC), fabricado por Raytheon y diseñado por el laboratorio de instrumentación del MIT, una belleza de 72 kilobytes de memoria y 35 kilos de peso. Es decir, un prodigio de la tecnología para la época. Tanto el módulo lunar como el de mando llevaban el suyo, aunque el software de cada uno de ellos era diferente, pues necesitaban hacer distintas operaciones. Es conocido que fueron de los primeros en usar circuitos integrados.

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Aunque casi todos los cálculos se realizaban desde tierra, el AGC era capaz de hacer operaciones de forma autómata y en multitarea en algunos momentos cruciales del viaje.

Aunque mucho trabajo de cálculo lo hacían desde Tierra, estos aparatos debían ser capaces de realizar operaciones de forma autómata y en multitarea en algunos momentos cruciales del viaje, y, como cuenta ya la leyenda, el ordenador del módulo lunar se saturó en la fase de descenso, dejando a Armstrong incomunicado y solo ante el peligro durante un minuto de los 11 que duró la bajada.

Pese a que los AGC son una mala broma comparados con nuestros smartphones, eran mucho más seguros, y no les dejaron del todo tirados. Su capacidad para ejecutarse de forma asíncrona permitía que el ordenador supiese priorizar su trabajo, por eso cuando Armstrong asumió el control manual, las exigencias de procesamiento de la computadora descendieron significativamente y la máquina volvió a recuperar su estabilidad y a escupir sus cálculos. “Tal como demostró la experiencia del Apolo 11, les habría venido bien tener una mayor capacidad de computación a bordo, pero eso suponía más espacio y más peso”.

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En la Tierra, en Houston, se trabajó con el mainframe, la unidad central de procesamiento, de IBM System 360/75. |

Si en 1969 la llegada a la Luna fue la mayor aventura jamás contada, para 1971 todo se había vuelto tan rutinario y de tan poco interés que los espectadores mandaban cartas de protesta a las cadenas de televisión por quitar las reposiciones de capítulos de telenovelas del momento para retransmitir los viajes espaciales. “Creo, sinceramente, que no podremos apreciar realmente la escala del logro del Proyecto Apolo y su importancia hasta que regresemos a pisar la Luna. Solo cuando lo hagamos y nos quedemos en la superficie sin abandonarla seremos capaces de valorar la importancia de los alunizajes Apolo”, sentencia Mark Kidger.



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EL PAÍS

El sueño de la Luna


 A la Luna se puede viajar con el cuerpo o con la mente. El primero que puso allí el cuerpo fue Neil Armstrong, hace exactamente 50 años. Pero el primero que puso la mente fue uno de los padres de la ciencia, Johannes Kepler. A principios del siglo XVII, Kepler era el matemático oficial del emperador Rodolfo II del Sacro Imperio Romano Germánico. En una de sus reuniones cotidianas, el emperador preguntó a Kepler qué eran esas zonas oscuras que se veían en la Luna. “Seguramente, señor, son las sombras que proyectan las montañas lunares”. No lo eran, pero esa respuesta improvisada presagió, en efecto, la literatura de ciencia ficción. Y el primer viaje a la Luna de la historia de la humanidad. Con la mente, por supuesto.

Entonces, ¿en qué cambió nuestra percepción del mundo la misión del Apolo 11 que celebramos ahora? Es una buena pregunta. Al menos desde Kepler, todas las generaciones de científicos que habían nacido en cuatro siglos estaban seguros de que la hazaña de Armstrong, Collins y Aldrin era posible, y que la única cuestión pendiente era desarrollar la tecnología necesaria para ello. Hoy sabemos que tenían razón, pero también que costó siglos convertir el enorme salto conceptual de los pioneros de la carrera espacial —Copérnico, Kepler, Galileo, Newton— en un viaje real de un cuerpo humano a nuestro satélite. La cantidad de escollos técnicos que había que resolver resultó enorme, y aquellos hacedores de nuestro mundo murieron sin comprobar la certeza de sus ideas. Aunque también, seguramente, sin dudar de ellas.

Órbita

La primera persona que puso un objeto en órbita (con la mente) fue Newton, que concibió un experimento mental difícil de refutar. Si lanzas una bomba con un cañón, el impulso inicial hará que la bomba se mueva en horizontal, mientras que la gravedad la hará ir cayendo al suelo. El resultado es el famoso tiro parabólico que todos, incluidos los militares, estudiamos en el colegio. Pero, si el cañón es lo bastante poderoso, ocurre algo extraordinario. La bomba quiere caer al suelo, pero la curvatura de la Tierra se lo impide, porque aleja el suelo cada vez más. La bomba, calculó Newton, no tendría otra opción que ponerse en órbita alrededor de la Tierra. Esas bombas de Newton son nuestros cohetes, incluido el que llevó a Armstrong a la Luna.

El pie derecho de Neil Armstrong deja su huella en la Lunta el 20 de julio de 1969


El pie derecho de Neil Armstrong deja su huella en la Lunta el 20 de julio de 1969 NASA

Pero Newton ni había nacido cuando Kepler viajó a la Luna (también con la mente, desde luego). Allá atrás en 1609, cuando Rodolfo le preguntó por las manchas lunares, Kepler no estaba solo con el emperador. Asistía también a la reunión Wackher von Wackenfels, el asesor religioso del monarca, y fue él, más que Rodolfo y hasta más que Kepler, quien se quedó mesmerizado por la mera idea de que la Luna pudiera tener montañas, no hablemos ya de sus sombras. Wackenfels, como cualquier otro espécimen del género Homo, llevaba viendo la Luna todas las noches desde que nació, pero jamás había imaginado que aquel disco de luz que arrullaba a los amantes pudiera ser un mundo, con sus valles y montañas, sus días y sus noches y su historia particular e irrepetible.

Todos éramos Wackenfels hasta 1969, cuando el Eagle, el módulo lunar de la misión Apolo 11 que llevaba dentro a Armstrong y Aldrin, tocó suelo en el Mar de la Tranquilidad, un gran depósito basáltico generado por primitivas erupciones volcánicas en nuestro satélite. Los mares (o maria) lunares son esas zonas oscuras que se aprecian en la Luna a simple vista, y se llaman así porque los astrónomos antiguos los confundieron con mares auténticos. Hace 50 años, los ingenieros de la NASA sabían perfectamente que no lo eran, pero mandaron allí a los astronautas porque parecía una región bastante plana y uniforme. No lo era.

Cuando el Eagle se aproximó al suelo lunar, Armstrong percibió que aquello era un pedregal de mil demonios. El módulo lunar tenía cuatro patas, y cada una con un sensor avanzado para la época, pero con todo y con ello alunizar allí parecía una idea de bombero. Y Armstrong no lo era en absoluto. Los ingenieros que trataron con él conocen bien el acero frío de su mente racional.

Iba muy corto de combustible, al menos si quería volver a casa, pero tomó la decisión correcta de gastárselo casi entero en buscar un aeropuerto mejor y alunizar allí. “Houston, aquí Base Tranquilidad”, transmitió el astronauta a Tierra. Lo de la “base” se lo había inventado, pues ninguna había allí, pero el lapsus reveló seguramente el plan original de la NASA, que era construir una base lunar permanente. El programa se suspendió por falta de entusiasmo político, y la Base Tranquilidad sigue sin existir. Pero allí estaban aquellos dos tipos en la Luna, como hubiera soñado Kepler cuatro siglos antes.

La Tierra vista desde la Luna.


La Tierra vista desde la Luna.

Hasta ese momento, en efecto, todos éramos Wackenfels, gente que llevaba toda su vida viendo la Luna cada noche, pero incapaz de percibir lo que ese círculo luminoso significaba sobre nuestra posición en el cosmos, en el gran esquema de las cosas, en el plan del Old One, como llamaba Einstein a ese Dios en el que no creía. Sí, los astrónomos conocían las posiciones, los físicos las ecuaciones y los ingenieros las técnicas, pero mientras no vimos pasear por el suelo lunar a Armstrong y Aldrin todos seguíamos siendo Wackenfels, el asesor religioso del emperador Rodolfo.

Fresnedillas

Sobre la distancia que media entre el conocimiento teórico y la evidencia práctica —entre Kepler y Armstrong— no se me ocurre una mejor ilustración que una anécdota aportada por José Manuel Grandela, uno de los ingenieros de la NASA que recibieron las comunicaciones del Apolo 11 desde la estación madrileña de Fresnedillas de la Oliva, un pueblo al oeste de Madrid que en la época tenía 700 habitantes (hoy el doble) y una amplia y desenvuelta población de gallinas, vacas y otros semovientes que se revelaron como un peligro para los visitantes norteamericanos. Fresnedillas fue uno de los tres puntos con que la NASA cubrió el planeta a intervalos de 120º (los otros dos estaban en Estados Unidos y Australia) para tener la misión a la Luna en contacto permanente pese a la rotación de la Tierra. Y esto es lo que escucharon en los momentos críticos.

Aldrin no salió del módulo lunar inmediatamente tras Armstrong, sino 15 minutos después. Armstrong le preguntó por qué había tardado tanto, si tal vez había encontrado algún problema con la escotilla o la escalerilla. Y lo que respondió Aldrin dejó de piedra a los controladores de Fresnedillas. Justo mientras bajaba, Aldrin se dio cuenta de que la puerta del módulo lunar no tenía una manecilla por la parte de fuera.

Centro de control del centro spacial Kennedy, durante el despegue del 'Apolo 11'.


Centro de control del centro spacial Kennedy, durante el despegue del ‘Apolo 11’.

Entre las 29 toneladas de material de alta tecnología que cientos de ingenieros habían puesto en la nave espacial, a nadie se le había ocurrido adosar a la puerta del módulo un picaporte que podían haber comprado en una chatarrería. Gracias a Dios, en la Luna no hay corrientes de aire, puesto que no hay aire, pero la mera posibilidad de que se hubiera cerrado la puerta con los dos astronautas por la parte de fuera produce una mezcla de escalofrío y risa tonta que es difícil de parar.

Y esa es una eventualidad que no se le ocurrió a Kepler en su viaje mental. La crisis del picaporte ilustra bien la diferencia de textura narrativa que ofrecen los viajes reales y los imaginarios. Kepler publicó el suyo en la primera novela de ciencia ficción de la historia, Somnium (El sueño, o El sueño de la Luna en algunas versiones). Salió en 1634, con Kepler ya muerto y editada por su hijo, pero la historia se gestó, precisamente, a partir del asombro que Wackenfels había sentido al oír hablar a Kepler de las montañas de la Luna. Los dos asesores del emperador Rodolfo, el religioso y el matemático, se enzarzaron en una serie interminable de conversaciones nocturnas sobre la posibilidad de viajar a la Luna, sobre el descubrimiento de otros mundos y la naturaleza de sus habitantes. Y fue el religioso quien convenció al científico de que escribiera su novela.

Edwin Aldrin instala un sismógrafo en la Luna.


Edwin Aldrin instala un sismógrafo en la Luna.

Cincuenta años después de que El sueño de la Luna pasara a la estantería de no-ficción, cabe preguntarse en qué cambió el Apolo 11 nuestra cultura y nuestra concepción del mundo. Un primer efecto, paradójicamente, fue desincentivar la carrera espacial. Una vez que Estados Unidos había clavado su bandera en el Mar de la Tranquilidad —o la “Base de la Tranquilidad”, como dijo Armstrong desde allí en su célebre lapsus—, no sólo los soviéticos perdieron interés en llegar allí, sino que también lo perdieron los propios norteamericanos. Tras Armstrong y Aldrin, otros diez astronautas estadounidenses pisaron suelo lunar, pero esas misiones ya ni abrían los telediarios. La gente, y en particular los congresistas que financiaban a la NASA, se habían empezado a aburrir de todo eso. El programa fue suspendido, y la Luna solo está empezando en estos años a aflorar de nuevo en los sueños de los científicos y los discursos de los políticos.

Las consecuencias científicas y tecnológicas de las misiones Apolo han sido grandes -del conocimiento de la geología lunar al GPS- y otros artículos de este diario han dado buena cuenta de ellos. ¿Y los efectos culturales? ¿Ha perdido magia la Luna desde que Armstrong plantó la bota en su suelo? Hay un sentido en que sí: muchos intelectuales y activistas empezaron de inmediato a hacer frases del tipo “¿sabemos poner un hombre en la Luna y somos incapaces de arreglar esto o aquello en nuestro planeta?”, “si gastáramos todo ese dinero en paliar las desigualdades en casa…” y “Objetivo: la Tierra”. Esta discusión sigue hasta hoy y merece la pena seguirla. Sobre cómo asignar mejor unos presupuestos siempre escasos, nadie está en posesión de la verdad absoluta.

La novela de Kepler, en el fondo, acabó mucho peor que todo esto. Como los protagonistas eran el propio Kepler y su madre, y como esta última se revelaba en el relato como una especie de bruja —un recurso de guion necesario para hacer llegar la nave a la Luna con la pobre tecnología de la época—, Katharine Kepler fue acusada de brujería y condenada en 1620. Su hijo logró salvarla de la hoguera, pero solo para verla morir al poco de abandonar la cárcel. Fue la primera víctima del sueño de la Luna. Vendrán más. Está en nuestra naturaleza.



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