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Una nueva película sobre los 80 en Gran Bretaña retrata al EE.UU. que estamos perdiendo


Nota del editor: S. Mitra Kalita es la vicepresidente de noticias, opinión y programación de CNN Digital. Autora de dos libros, incluido uno sobre inmigrantes indios en Nueva Jersey.

(CNN) — En una escena en la nueva película Blinded by the Light, unos manifestantes británicos persiguen y asaltan a una familia paquistaní que se dirigía a una boda. Su hijo adolescente no está por ningún lado. Está comprando boletos para Springsteen.

La vi transcurrir y comencé a sollozar. No por el racismo, por terrible que fuera, si no por identificarme con el adolescente que se hace de la vista gorda ante todo el sufrimiento de sus padres, en busca de la felicidad. Como dice el tema de la película “Mamá siempre me dijo que no mirara directamente el sol. Oh, pero mamá, ahí es donde está la diversión”.

No sorprende que la película de Gurinder Chadha evoque tal identificación en mi generación, nacida de inmigrantes posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que ahora llega a la mediana edad y que está criando a sus propios hijos. Esta cinta se une a un género en ascenso de películas asiáticoestadounidenses con el contrapunto entre el mundo moderno y el viejo como tema: The Farewell, Meet the Patels, Crazy Rich Asians, Always Be My Maybe y la joya del propio Chadha Bend it Like Beckham.

Sin embargo, la oportunidad lo es todo, y espero que una audiencia más amplia vea esta película, filmada casi por completo en Gran Bretaña, por lo que realmente es: una oda a EE.UU.. Vi la película la semana en que el presidente Trump hizo sus comentarios de “go back” (regresen), y ésta contextualiza tanto su punto de vista como el dolor con el que fue recibido.

Blinded by the Light cuenta la historia de Javed, hijo de inmigrantes paquistaníes. Su madre trabaja como costurera y su padre pierde el empleo en una fábrica de automóviles. Javed recurre a la poesía para capturar y escapar de su mundo británico suburbano de 1987; su ciudad natal de Luton, escribe, “es una palabrota de cuatro letras”.

En la película, un compañero de clase sij le presenta a Javed a Bruce Springsteen.

Alrededor de Javed, las tensiones estallan. Los “cabezas rapadas” lo acosan en el camino de la escuela a la casa y de telón de fondo, el complejo contexto político durante el intento de reelección de la primera ministra Margaret Thatcher. La Dama de Hierro no era conocida por extender una alfombra de bienvenida a los antiguos residentes del Commonwealth. Ella explicó una vez: “La gente realmente teme que este país pueda verse inundado por personas con una cultura diferente”.

Es un compañero de clase sij quien pone en manos de Javed una cinta de cassette de Bruce Springsteen. Javed se engancha, como si el Jefe -un continente y varias culturas aparte- entendiera de manera única su dolor. Javed se obsesiona con las letras sobre la lucha de clases y la identidad, muy lejos de las expectativas de la sociedad paquistaní y británica. Y así emerge el retrato del duro sueño americano, junto con el anhelo de Javed de ser parte de él.

Conocemos la sensación de estar atrapados en el medio

En 1988, un año después del momento que refleja esta película, me mudé a Nueva Jersey, lugar natal de Springsteen. Este estado es una presencia frecuente en sus canciones, como musa o telón de fondo. Y con razón. Mis padres emigraron de la India a EE. UU. a principios de la década de 1970 y he vivido en todas partes: Puerto Rico, Nueva Delhi, Nueva York, Los Ángeles, Washington.

Puedo dar fe de que Nueva Jersey es el lugar más estadounidense de la Tierra.

Nueva Jersey es el anestésico de un trabajador despedido que intenta encontrar su lugar, de un inmigrante que escapó de la disfunción familiar y la violencia política, y de un adolescente que piensa que Jersey también es una palabrota de cuatro letras. Su densidad genera diversidad, pues en Nueva Jersey hay espacio para cualquiera. Como ocurre en el 53% de EE.UU., el estado es mayoritariamente suburbano, al mismo tiempo que lo clasifican como el paraíso de los viajeros y la bisagra de EE.UU., porque no posee la identidad de Nueva York ni la de Filadelfia.

Conocemos la sensación de estar en el medio, atrapados como traductores. Después de enero de 2018, cuando el presidente Trump se refirió a algunas tierras de inmigrantes como “países de mierda”, traté desesperadamente de proteger a mis padres de las noticias. A mis hijos también. El insulto fue secundario con respecto a mis temores más profundos: que ellos ya no se sintieran pertenecientes al hogar de donde habían venido, ni completamente asimilados al que habían llegado.

Hemos pasado por eso antes. En 2017 escribí acerca del momento en el que presencié cómo un hombre le decía a mis vecinos que regresaran de donde habían venido. En aquel momento tampoco quise decírselo a mi padre, nerviosa de que ello podría contaminar la idea del que había sido su hogar durante 50 años, un lugar que nos ha dado tanto.

Pasajeros desembarcan de un tren en la terminal de Hoboken, Nueva Jersey.

Olvidé que papá sabe más, ha visto más.

“Siempre existirán esas personas. Pero son la minoría en EE.UU.”, le dijo a mis hijas. “Tienen que creer eso”.

Él no es ingenuo. Nunca fue golpeado como el padre de Javed, pero su nombre se acortó, se burlaban de su acento y sus compañeros despreciaron su otredad. Nuestros padres llegaron en un momento en que estos comentarios y creencias eran comunes. Combatieron estos prejuicios a través del trabajo duro y manteniendo la cabeza baja.

En la película, el padre de Javed aconseja a su hijo que haga lo mismo. Estudia economía, no escritura, dice. A lo que Javed grita: “¡No quiero ser tu hijo! ¡Quiero ser más que eso!”.

De hecho, nuestra generación tenía grandes esperanzas. Si bien mi propia educación en los noventa estuvo llena de burlas en el patio de la escuela, también forzó e inspiró un cambio. Las clases de inglés nos presentaron a Toni Morrison y Zora Neale Hurston, Gabriel García Márquez y Amy Tan. Los textos escolares fueron revisados para incluir términos como nativo americano, para mencionar que George Washington tenía esclavos. En ciencias sociales, tuve que memorizar los cinco pilares del Islam.

La década de los ochenta fue tensa e incierta, sin duda, pero mantuvimos viva la esperanza, en ecos y logros del movimiento de los derechos civiles. Nuestros padres mantuvieron la cabeza baja, nosotros no tuvimos que hacerlo.

Ahora nos preguntamos cada mañana, qué EE.UU. nos acogerá

Desde las elecciones de 2016, se han revertido décadas de progreso. Los crímenes de odio aumentaron un 17% en 2017, en comparación con el año anterior. Y así sucesivamente. Nuestros comportamientos están cambiando. Me sorprendo a mí misma dudando de hablar nuestro asamés nativo en tiendas o en aviones. Veo videos de actos racistas en el metro que se vuelven virales y me pregunto si debería esconderlos de mis hijas o exponerlas y ofrecerles consejos sobre cómo mantenerse a salvo.

Me pregunto si quiero que intervengan si ven a otros siendo víctimas o si simplemente quiero que bajen la cabeza.

Hoy, nos preparamos por la mañana para el trabajo y para la escuela, nos preguntamos qué EE.UU. nos recibirá. Como ironía final, el miedo y la incertidumbre también impulsan a algunos votantes de Trump.

Un solicitante espera tomar el juramento para convertirse en ciudadano estadounidense el 10 de abril de 2019 en Salt Lake City.

El centro de investigaciones Pew reportó en 2016 que aproximadamente un tercio de los votantes blancos, tanto rurales como suburbanos, se sienten pesimistas sobre el futuro financiero de sus hijos. Este sentimiento divide y une a las personas de “países de mierda” y este otro, también: el temor de que nuestros hijos lo tengan peor que nosotros. Y eso, es lo menos estadounidense que existe.

Es irónico que un adolescente paquistaní que anhela escapar del racismo en Gran Bretaña recale en un EE.UU. idealizado que ya no existe. Pero Springsteen nos recuerda que siempre ha habido una brecha entre el ideal estadounidense inclusivo y la realidad más dura y complicada.

“Cuenta tus historias. Pero no olvides las nuestras”, le dice su padre a Javed. Y lleva razón.

Esta película hace eso. Ofrece lo que en este momento parece inalcanzable: una representación en la que un defensor de Trump despedido, un sindicalista de izquierda y un hijo adolescente de inmigrantes se ven a sí mismos. Todos ellos podrían encontrar un terreno común en la mayoría de las ideas de Springsteen, “nacer para correr”, y decidirse por un país que tenga espacio para todos ellos.

Esta mezcla de personas que sienten que no pertenecen, que escaparon y exigen la grandeza de esta tierra, es en realidad lo que hace que EE.UU. sea grandioso. Yo debo creer esto.

Por mis padres, ellos corrieron. Yo, no tengo a dónde ir.



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Lo que dice una masacre en una boda sobre el plan de Trump de abandonar Afganistán


Londres (CNN) — El contrato de matrimonio acababa de firmarse y las festividades estaban en pleno apogeo. Pero justo cuando los parientes cercanos de los recién casados salían de una habitación del piso de arriba para unirse a cientos de amigos y familiares en un salón de bodas en Kabul, alguien no invitado se adelantó. Lo que debería haber sido un momento de celebración se convirtió en una escena de carnicería inimaginable, cuando un terrorista suicida de ISIS se inmoló frente a la banda tocando en la sección de hombres del lugar.

Las autoridades dicen que al menos 63 murieron, los novios sobrevivieron, pero los familiares creen que la cifra de muertos puede ser mayor. La muerte violenta es un hecho cotidiano en Kabul, pero este ataque sorprendió a muchos con su salvajismo. “Antes de la explosión estábamos tan felices, toda nuestra familia, parientes y amigos estaban en el salón y estábamos disfrutando de la boda”, dijo a CNN Basir Jan, un hermano del novio. “Cuando ocurrió la explosión, vi los cadáveres de mis familiares y amigos. Ocho de mis amigos más cercanos murieron en la explosión. Era una escena que siempre recordaré”.

La devastación representa una tragedia personal de las familias que fueron atacadas en Kabul el fin de semana. Pero también proporcionó un telón de fondo sangriento para las etapas finales de las conversaciones de paz que se están celebrando ahora entre los talibanes y Estados Unidos.

A wedding hall is devastated after a suicide bomber targeted a ceremony in Kabul.

El principal negociador de Estados Unidos, el representante especial Zalmay Khalilzad, tuiteó poco después de que el atacante entró en la celebración: “Debemos acelerar el Proceso #AfghanPeace, incluidas las negociaciones intraafganas. El éxito aquí pondrá a los afganos en una posición mucho más fuerte para derrotar a ISIS”.

Es un tuit que se las arregla para ser sorprendentemente oportunista, defectuoso pero en gran medida preciso al mismo tiempo. Preciso, ya que un acuerdo de paz entre EE.UU. y los talibanes permitiría a ambos centrarse en ISIS, una parte relativamente pequeña pero brutal de la insurgencia que se desata en Afganistán ahora. Defectuoso, porque un acuerdo de paz no garantizaría que los talibanes no persiguieran a su principal enemigo, el Gobierno afgano primero, antes de llegar a ISIS. Oportunista, ya que el tuit también expuso la actitud de “acuerdo a toda costa” detrás de las conversaciones ahora: la masacre es un reflejo de lo mucho que ha colapsado Afganistán, no de qué tan bien podría arreglarlo el acuerdo de paz propuesto. Trump quiere salir de Afganistán, eso está claro, a pesar de decir el año pasado que ganaría. Pero, ¿qué tanto de un final sin gloria en la guerra más larga de EE.UU. está dispuesto a tolerar para que eso suceda?

Para recapitular: hace unos meses, Estados Unidos hizo una concesión clave con los talibanes, acordó dirigir conversaciones que excluían al Gobierno afgano de la mesa, algo que los insurgentes siempre quisieron.

Fuentes cercanas a las conversaciones dicen que están 99% resueltas en torno a un acuerdo entre EE.UU. y los talibanes que implicaría una reducción de las tropas estadounidenses y, lo que es más importante, un alto el fuego entre estos dos combatientes.

LEE: Trump se reunirá con funcionarios de seguridad en Afganistán a medida que aumentan las preocupaciones sobre la retirada de Estados Unidos

Ese alto el fuego no necesariamente pondría fin a la lucha entre los talibanes y las fuerzas del Gobierno afgano, solo eliminaría el poder aéreo de EE.UU. del campo de batalla. El Gobierno afgano y los talibanes comenzarían entonces conversaciones de paz separadas, dicen las fuentes. Los críticos afganos del plan temen que, a medida que esas conversaciones de paz inevitablemente tropiecen, el Gobierno de Kabul comenzará a perder territorio ante los talibanes, abandonado por Washington y con la potencia de fuego estadounidense inactiva.

Afghans carry the body of a victim of a wedding hall bombing during a mass funeral in Kabul.

Afganos cargan el cuerpo de una víctima de la masacre en una boda en un funeral masivo en Kabul.

La contranarrativa de esta sombría evaluación es triple. Primero, los talibanes saben que deben unir fuerzas con un Gobierno reconocido internacionalmente para calificar por ayuda extranjera, por lo que es poco probable que se vuelva al atavismo de la década de 1990. Además, EE. UU. eventualmente debe abandonar Afganistán de una forma u otra, o al menos reducir sus gastos allí. Y, finalmente, que la violencia ha disparado el progreso de estas conversaciones, ambas partes tratando de afirmar el dominio en el campo de batalla, y que la paz y la reducción de la violencia tienen que ser la única prioridad.

Esta conclusión es válida, pero pierde un punto: la razón por la cual Estados Unidos se fue a Afganistán en primer lugar. Al Qaeda no ha desaparecido. De hecho, cuando el antiguo líder talibán Mullah Omar murió, su sucesor, Mullah Habitullah, hizo al líder de Al Qaeda en la insurgencia afgana, Sarraj Haqqani, el comandante de sus operaciones militares. Según los informes, el hijo de Habitullah también se convirtió en un terrorista suicida en Helmand en 2017. Esto no representa una dilución moderada de los talibanes, como algunos de sus discursos quisieran sugerir. Y Al Qaeda puede estar en un momento bajo, pero todavía están en el campo. Fueron los hombres detrás del 11 de septiembre, por cierto.

Los detalles del acuerdo aparecerán la próxima semana más o menos. Parece probable que implicará una reducción en los niveles de tropas de Estados Unidos y limitará lo que Estados Unidos puede hacer en el campo de batalla, mientras que el Gobierno afgano y los que están detrás de la insurgencia hacen lo que pueden. También se enfrentará a elecciones presidenciales en Afganistán, por lo general un asunto comprometido y escaso, que serán el 28 de septiembre. Los afganos elegirán a un presidente justo cuando se ve un tambaleante acuerdo de paz.

El presidente Trump puede venderlo como un acuerdo histórico. Pero solo en los próximos meses sabremos si le da a Al Qaeda más espacio para crecer y lo que significa para los cientos de miles de afganos que lucharon por los estadounidenses y por la forma de vida que Estados Unidos les ofreció.

LEE: Trump: Podría ganar la guerra en Afganistán “en 1 semana, pero no quiero matar a 10 millones de personas”

Para los afganos, es una cuestión de vida o muerte, una propuesta mucho más seria que la que arriesga Estados Unidos: la posibilidad de que su guerra más larga termine con una traición, y la posibilidad de que el enemigo que intentaron vencer vuelva a florecer.

“Quiero paz para mi país”, dice Basir Jan, el hermano del novio del ataque de bodas. “Pero nunca lo entendemos”.

Ehsan Popalzai contribuyó reportando desde Kabul.



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Lo que dice una masacre en una boda sobre el plan de Trump de abandonar Afganistán


Londres (CNN) — El contrato de matrimonio acababa de firmarse y las festividades estaban en pleno apogeo. Pero justo cuando los parientes cercanos de los recién casados salían de una habitación del piso de arriba para unirse a cientos de amigos y familiares en un salón de bodas en Kabul, alguien no invitado se adelantó. Lo que debería haber sido un momento de celebración se convirtió en una escena de carnicería inimaginable, cuando un terrorista suicida de ISIS se inmoló frente a la banda tocando en la sección de hombres del lugar.

Las autoridades dicen que al menos 63 murieron, los novios sobrevivieron, pero los familiares creen que la cifra de muertos puede ser mayor. La muerte violenta es un hecho cotidiano en Kabul, pero este ataque sorprendió a muchos con su salvajismo. “Antes de la explosión estábamos tan felices, toda nuestra familia, parientes y amigos estaban en el salón y estábamos disfrutando de la boda”, dijo a CNN Basir Jan, un hermano del novio. “Cuando ocurrió la explosión, vi los cadáveres de mis familiares y amigos. Ocho de mis amigos más cercanos murieron en la explosión. Era una escena que siempre recordaré”.

La devastación representa una tragedia personal de las familias que fueron atacadas en Kabul el fin de semana. Pero también proporcionó un telón de fondo sangriento para las etapas finales de las conversaciones de paz que se están celebrando ahora entre los talibanes y Estados Unidos.

A wedding hall is devastated after a suicide bomber targeted a ceremony in Kabul.

El principal negociador de Estados Unidos, el representante especial Zalmay Khalilzad, tuiteó poco después de que el atacante entró en la celebración: “Debemos acelerar el Proceso #AfghanPeace, incluidas las negociaciones intraafganas. El éxito aquí pondrá a los afganos en una posición mucho más fuerte para derrotar a ISIS”.

Es un tuit que se las arregla para ser sorprendentemente oportunista, defectuoso pero en gran medida preciso al mismo tiempo. Preciso, ya que un acuerdo de paz entre EE.UU. y los talibanes permitiría a ambos centrarse en ISIS, una parte relativamente pequeña pero brutal de la insurgencia que se desata en Afganistán ahora. Defectuoso, porque un acuerdo de paz no garantizaría que los talibanes no persiguieran a su principal enemigo, el Gobierno afgano primero, antes de llegar a ISIS. Oportunista, ya que el tuit también expuso la actitud de “acuerdo a toda costa” detrás de las conversaciones ahora: la masacre es un reflejo de lo mucho que ha colapsado Afganistán, no de qué tan bien podría arreglarlo el acuerdo de paz propuesto. Trump quiere salir de Afganistán, eso está claro, a pesar de decir el año pasado que ganaría. Pero, ¿qué tanto de un final sin gloria en la guerra más larga de EE.UU. está dispuesto a tolerar para que eso suceda?

Para recapitular: hace unos meses, Estados Unidos hizo una concesión clave con los talibanes, acordó dirigir conversaciones que excluían al Gobierno afgano de la mesa, algo que los insurgentes siempre quisieron.

Fuentes cercanas a las conversaciones dicen que están 99% resueltas en torno a un acuerdo entre EE.UU. y los talibanes que implicaría una reducción de las tropas estadounidenses y, lo que es más importante, un alto el fuego entre estos dos combatientes.

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Ese alto el fuego no necesariamente pondría fin a la lucha entre los talibanes y las fuerzas del Gobierno afgano, solo eliminaría el poder aéreo de EE.UU. del campo de batalla. El Gobierno afgano y los talibanes comenzarían entonces conversaciones de paz separadas, dicen las fuentes. Los críticos afganos del plan temen que, a medida que esas conversaciones de paz inevitablemente tropiecen, el Gobierno de Kabul comenzará a perder territorio ante los talibanes, abandonado por Washington y con la potencia de fuego estadounidense inactiva.

Afghans carry the body of a victim of a wedding hall bombing during a mass funeral in Kabul.

Afganos cargan el cuerpo de una víctima de la masacre en una boda en un funeral masivo en Kabul.

La contranarrativa de esta sombría evaluación es triple. Primero, los talibanes saben que deben unir fuerzas con un Gobierno reconocido internacionalmente para calificar por ayuda extranjera, por lo que es poco probable que se vuelva al atavismo de la década de 1990. Además, EE. UU. eventualmente debe abandonar Afganistán de una forma u otra, o al menos reducir sus gastos allí. Y, finalmente, que la violencia ha disparado el progreso de estas conversaciones, ambas partes tratando de afirmar el dominio en el campo de batalla, y que la paz y la reducción de la violencia tienen que ser la única prioridad.

Esta conclusión es válida, pero pierde un punto: la razón por la cual Estados Unidos se fue a Afganistán en primer lugar. Al Qaeda no ha desaparecido. De hecho, cuando el antiguo líder talibán Mullah Omar murió, su sucesor, Mullah Habitullah, hizo al líder de Al Qaeda en la insurgencia afgana, Sarraj Haqqani, el comandante de sus operaciones militares. Según los informes, el hijo de Habitullah también se convirtió en un terrorista suicida en Helmand en 2017. Esto no representa una dilución moderada de los talibanes, como algunos de sus discursos quisieran sugerir. Y Al Qaeda puede estar en un momento bajo, pero todavía están en el campo. Fueron los hombres detrás del 11 de septiembre, por cierto.

Los detalles del acuerdo aparecerán la próxima semana más o menos. Parece probable que implicará una reducción en los niveles de tropas de Estados Unidos y limitará lo que Estados Unidos puede hacer en el campo de batalla, mientras que el Gobierno afgano y los que están detrás de la insurgencia hacen lo que pueden. También se enfrentará a elecciones presidenciales en Afganistán, por lo general un asunto comprometido y escaso, que serán el 28 de septiembre. Los afganos elegirán a un presidente justo cuando se ve un tambaleante acuerdo de paz.

El presidente Trump puede venderlo como un acuerdo histórico. Pero solo en los próximos meses sabremos si le da a Al Qaeda más espacio para crecer y lo que significa para los cientos de miles de afganos que lucharon por los estadounidenses y por la forma de vida que Estados Unidos les ofreció.

LEE: Trump: Podría ganar la guerra en Afganistán “en 1 semana, pero no quiero matar a 10 millones de personas”

Para los afganos, es una cuestión de vida o muerte, una propuesta mucho más seria que la que arriesga Estados Unidos: la posibilidad de que su guerra más larga termine con una traición, y la posibilidad de que el enemigo que intentaron vencer vuelva a florecer.

“Quiero paz para mi país”, dice Basir Jan, el hermano del novio del ataque de bodas. “Pero nunca lo entendemos”.

Ehsan Popalzai contribuyó reportando desde Kabul.



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Asesor de Trump visita Guatemala e insiste que el acuerdo firmado no es de un tercer país seguro


(CNN Español) — El acuerdo firmado a finales de julio entre Guatemala y EE.UU., en el despacho del presidente Donald Trump, y que inicialmente fue confirmado por las autoridades estadounidenses, como un “acuerdo del tercer país seguro”, es un “convenio de cooperación y asilo”, según confirmó este lunes, en reunión con periodistas Mauricio Claver-Carone, asistente especial para el presidente Donald Trump y director senior para Asuntos Hemisféricos de Occidente y Consejo Nacional de Seguridad.

Claver-Carone dijo en la residencia de la Embajada estadounidense en Ciudad de Guatemala que este es un acuerdo limitado y a corto plazo, que busca otorgar asilo político a un número limitado de personas que son perseguidas por razones que encuadran dentro de los convenios internacionales. El funcionario aseveró que lo firmado entre ambos países se basa en la Convención de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), y que este es únicamente para apoyar a salvadoreños y hondureños.

El propósito de este convenio, según Claver-Carone, es definir los casos en los que estos centroamericanos sufren de persecución política, religiosa o de algún otro tipo. Pero, según el funcionario, este convenio no cubre a quienes huyen de su país por razones económicas: “Es peligroso e injusto que por razones económicas (los migrantes), quieran ir a Estados Unidos (pero) no pueden ir, por un proceso que no están haciendo”.

Claver-Carone aseguró que lo firmado entre los dos países ayudará a largo plazo a los guatemaltecos, porque el gobierno estadounidense triplicará el programa H2A, que se traduce en visas destinadas a trabajadores agrícolas de Guatemala. Este acuerdo fue firmado en Guatemala entre ambos países cuatro días después de la firma del convenio en la sala Oval de la Casa Blanca el pasado 26 de julio.

Durante el tiempo de espera y mientras EE.UU. procesa la información para determinar si esa persona (salvadoreña u hondureña) es apta para formar parte del programa de asilados, en Guatemala “habría un sitio donde tuvieran que estar (los migrantes) y también para aquellos que no cumplan esos requisitos para poder devolverlos a su país”.

Estados Unidos todavía no aclara cuál será el lugar o la forma en la que se resguardarán a los centroamericanos mientras esperan su proceso de asilo. “Depende de la capacidad necesaria y eso, se está midiendo. Actualmente ya hay proceso de evolución. Ya hay un proceso y se va midiendo, se va acogiendo y acoplando a las circunstancias”, dijo Claver-Carone.

El asistente especial del mandatario estadounidense aseguró que en los próximos días Guatemala firmará un acuerdo con la agencia de la ONU para los Refugiados. Así mismo el funcionario estadounidense afirmó que Estados Unidos estará a cargo de la parte económica pero será ACNUR y el gobierno de Guatemala quienes estarán a cargo del procesamiento y desarrollo del mismo.

Aunque Mauricio Claver-Carone recordó que este convenio es limitado, también indicó que se contempla que dentro de su creación este acuerdo de cooperación y asilo para salvadoreños y hondureños, se pueda extender si las circunstancias lo ameritan.

 



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